Domingo 19 de mayo 2024

Un canotier en la pampa gaucha

Redaccion Avances 01/10/2023 - 09.00.hs

En esta entrega de La Maga, la columna literaria de Caldenia, Gisela Colombo presenta un relato del escritor y abogado José Ceballos, oriundo de Corrientes.

 

 

Gisela Colombo *

 

 

Un sombrero canotier, o boat, o gondolero. De esos que Coco Chanel lanzó a la moda antes de la Gran Guerra. De rafia. Ancha cinta de raso morado, con dos pequeñas y primorosas flores de organza, una de color bermellón y la otra de color aguamarina.

 

Simeón Caté (todavía conocido sólo como Simeón Chiflado, por el manso desbarajuste mental que se reflejaba en su cara hosca y ñata, de ceño cargado) le quitó las flores por tres años, tras el entrevero que terminó con las burlas. La gresca fue en un boliche de los suburbios de Buenavista. Un pendenciero de apellido Peralta había llegado algo borracho; Simeón observaba un truco que jugaban unos arrieros.

 

Se levantó recién al oír la tercera o cuarta mofa relativa al sombrero que tenía sobre su regazo, depositó el sombrero en el asiento y se abalanzó contra el tal Peralta, cuchillo en mano. El bolichero logró desarmarlo arrojándole un farol a querosén apagado, cuando Peralta ya sangraba por el pecho y un flanco y una pierna, heridas que felizmente no causaron daños profundos. Luego, varios parroquianos no conseguían sujetar a Simeón. La siguiente vez que se lo vio con el sombrero las florcitas ya no estaban.

 

Usó el canotier desde que lo halló, dos semanas después de que la inglesita Marie Rose Cookson dejara la estancia Carambola. Lo usaba ante cualquiera, incluso ante su patrón y su patrona, que conservaron la piadosa delicadeza de callar ante él ironías y bromas al respecto. Durante el período precautorio determinado por el incidente del boliche el sombrero perdió las flores, no la cinta, pero enseguida los solazos y el polvo convirtieron el morado en un negro aguachento. Esto no evitó que al poco tiempo el apodo en idioma guaraní (caté: distinguido, lujoso) se adhiriera al nombre del portador y acabara sustituyendo al Chiflado, lo que, según las evidencias, jamás molestaría a Simeón.

 

Y ya tenemos a Simeón Caté acostumbrándose a trajinar por el campo con aquel sombrero. Entre un rodeo, sobre un pingo tal vez medio chúcaro, puesto que se empeñaba en montar los caballos ni bien éstos pasaban por la doma, actividad que a menudo él mismo realizaba. Inclinado sobre la bichera de un ternero. Vertiginoso y desdibujado por el humo de las yerras. Sobando tientos en un galpón. Alumbrado por el fogón durante las mateadas. Y en boliches, en cuadreras, bailantas y demás esparcimientos: siempre el canotier en su cabeza, o pendiente entre sus omóplatos por un barbijo que él mismo fabricó con cuero trenzado y puntas acabadas en penachos, o en su regazo. Lo preservaba, eso sí, de las lluvias, cubriéndolo con un trozo de hule.

 

Pero conviene ya explicar cómo llegó a poseerlo. Retroceder hasta el día que la señorita Marie Rose Cookson, hija de un diplomático británico, amiga de la primogénita del patrón, arribó a Carambola. Con otra mocita gringa, su prima, para pasar unas vacaciones. Marie Rose, espiga luminosa. Cabellera cuyo oro competía con el sol y ojos tan azules que frecuentemente, cuando se hundían absortos en el mundo, volvían casi etéreos los rasgos suaves que los enmarcaban. Envuelta en melancolías sólo interrumpidas por gestos mesurados, risitas condescendientes, afabilidades puntuales, las cuales por lo general teñían su palidez con deliciosos rubores. Para enamorarse a Simeón le bastó depositar su mirada por primera vez sobre ella. Un amor que desordenó aún más su espíritu, irrevocablemente.

 

Entre los episodios que le permitieron atisbar a la inglesita dos habrán creado en él una ilusión de intimidad.

 

 

Marie Rose leía en un sillón de la galería abierta de la casona. Simeón andaba por una caballeriza cercana, tras desensillar la yegua que montaba el patrón. Fingía demorarse guardando los aperos para mantener aquella visión reducida por la distancia, imprecisa por el sitio sombrío donde estaba la joven y la reverberación del mediodía en el espacio que los separaba. Y entonces experimentó un sobresalto: ella lo miraba. Quizá la chica contemplaba algo más distante, o meditaba sin ver, pero el mencho Simeón huyó como si se sintiera sorprendido in fraganti en imperdonable delito.

 

El segundo episodio ocurrió un atardecer. Se bañaba en el tajamar de la invernada chica, como era su hábito. Solo, desnudo. El monte que abrazaba el abrevadero impedía que lo avistasen desde las casas. Ignoraba que las señoritas habían salido a cabalgar. Se volvió y la descubrió, sin compañía, estática, grave, sobre el petiso moro y con el canotier puesto. ¿Cuánto tiempo llevaba observándolo? ¿Lo había visto de cuerpo entero, al entrar al agua? Estas preguntas lo habrán atormentado interminablemente. La inglesita lo escrutó aún por unos segundos y luego taconeó al petiso y reanudó la marcha, despacio, ensimismada.

 

En algunas de las otras ocasiones en que la vio (pocas, desde lo del tajamar evitaba encontrarla) ella lucía el canotier.

 

Miss Cookson abandonó la estancia Carambola antes de lo previsto, porque por aquellos días su padre había enfermado gravemente en la capital. La prima partió con ella. No resulta difícil imaginar en qué estado quedó Simeón. La pena que transparentaba, los mutismos ahora abismales, su desinterés por las faenas a las que cotidianamente prodigaba sus bríos, habrán llamado la atención de más de un compañero de trabajo. Pero claro, los verdaderos gauchos no se hacen confidencias sobre sus asuntos sentimentales, así que Simeón sobrellevaba un quebranto multiplicado por el silencio.

 

Y mientras tanto, el canotier esperaba en el campo. Un viento se lo había robado a Miss Cookson durante algún paseo, arrastrándolo demasiado lejos de su dueña, o escondiéndoselo, o simplemente sin que ella lo percibiera. Lo cierto es que el sombrero se aposentó en aquella inmensidad y esperó y esperó, quizá con algunos desplazamientos al arbitrio de los vientos, quizá ante la perplejidad de los animales, un buey que lo olfatea, un tero que protesta por lo que presume un peligro para sus pichones, unas mulitas que se consultan sobre tan exótico intruso. Aplastado por soles furiosos, vibrantes los colores de sus ornatos, onírico bajo las grandes lunas, tal vez empapado por algún aguacero.

 

Incólume lo encontró Simeón, como si recién se hubiese volado de la inglesita. Y lo adoptó como su sombrero irremplazable ni bien comprobó que encajaba en su cabeza, no más justo de lo que podía corregirse reduciendo la pelambrera.

 

Y lo poseyó y lo exhibió hasta el día que se murió, dos décadas después, por una picadura de serpiente. En ese largo ínterin el canotier sumó cambios importantes. Las violencias del trabajo rural lo deformaron. En algún accidente se quebró para siempre su ala en un costado. La cinta no sólo se destiñó, también se deshilachó, hasta convertirse en un trapito miserable y con remiendos. Quizá para compensar los primeros deterioros, más que por considerar superado el riesgo de las burlas, Simeón Caté le devolvió las flores. Hubo un corto período en que el bermellón y el aguamarina parecían una insolencia en contraste con el desmedro del resto del sombrero. Y sin embargo, nadie recordaría otro acontecimiento como el provocado por aquel Peralta en un boliche.

 

El autor ignora si Simeón Caté se llevó el canotier a la sepultura. Sin duda, la historia, que se propagó incluso entre los pobladores de Buenavista, merece dicho final. Pero las historias de amor –se sabe– casi nunca tienen el final que se merecen. (De “Buenavista capital del sexo”, 2021)

 

 

José Gabriel Ceballos nació en 1955 en Corrientes. Es abogado. Publicó una decena de libros de cuentos. El último de ellos es “Buenavista capital del sexo” (2021), editado en Argentina y EEUU. Además escribió dos novelas, “Víspera negra” y “En la resaca”, y tres novelas breves: “Ivo el Emperador”, “Confesiones de un extraño demiurgo” y “La invasora”. Ha sido traducido al portugués y al inglés. Recibió diversos premios internacionales, entre los cuales están los españoles “Ciudad de Alcalá”, “Tiflos” y “Alfonso VIII”. En Argentina ganó el Premio Municipal de Buenos Aires 2008/2009. Recientemente publicó El caso Goudart, una novela sobre el ex presidente de Brasil que ocurre en territorio argentino en tiempos complejos.

 

 

* Docente y escritora. Compiladora

 

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