Una obra que marcó el camino
En el marco del Día del Libro, conmemorado el pasado 23 de abril, y también en días en que se lleva adelante la Feria Internacional de Buenos Aires, repasamos la importancia de “Una excursión a los indios ranqueles”, de Lucio V. Mansilla.
José Depetris *
Cuando comenzaba el programa, detenía el mundo para escuchar atentamente. Entonces, La Pampa se me dilataba en el relato que se internaba expandiéndose en la desmesura del viento por médanos bajos, por llanuras yermas, en breñales de desaliento o milagrerías del caldenar profundo en heredades indianas; en sus coposos cobijos y en sus gentes desprovistas de mayores alegrías, tan austeras como el paisaje que las definía.
Duraba la magia, hasta el punto final del capítulo diario del “Libro leído para usted”.
Memorable programa que Marcelino Boto desgranaba en la mítica LRA3, Radio Nacional de Santa Rosa en los primeros años 70 con eje en la lectura de obras clásicas de la literatura nacional.
Con la proyección que da el tiempo, hoy lo aprecio como un acto fraterno que enlazaba con la ancestral tradición del relato junto al fuego en cualquier tiempo, en cualquier cultura y en cualquier lugar. También en el lejano territorio íntimo de mi adolescencia.
El “Libro leído para Usted”, eran lecturas de capítulos diarios a la tardecita de libros clásicos de la literatura nacional del siglo XIX. Aguijoneados por la modulación, el tono y la maestría del narrador de la historia momentáneamente inconclusa, me invitaba a indagar en los tortuosos destinos de esos caudalosos itinerarios y trayectorias de vidas. Pero los personajes, parecía que discretamente se desvanecían con la despedida de Marcelino Boto, para ir a anidar silenciosamente en el interior de la radio colándose en silencio entre las rajas de baquelita hasta la próxima cita.
Fue aquella una apasionante y enconada búsqueda en días ya lejanos, que precedieron a mi primer tiempo de lecturas. Entraron a mi mundo íntimo casi como sentencia. O como herencia imprecisa de necesariamente abrevar en los creadores comarcanos que con el tiempo fui conociendo. Músicos, escritores y poetas pampeanos.
El puntapié.
Cada libro narrado, -aprehendido entonces por esa vía radial-, tuvo múltiples ventanas y entradas, miradas e interpretaciones según el prisma aplicado. También tuvo ramificaciones y senderos que derivaron en otras lecturas ya imparables, de otros libros.
Pero hubo uno de aquella fascinante constelación, que tuvo destacada centralidad en mis desvelos investigativos posteriores referente a nuestro pueblo originario, los ranqueles. O sea los primeros pampeanos, vamos.
Me refiero concretamente a “Una excursión a los indios ranqueles”, del escritor, militar y político Lucio V. Mansilla de su viaje realizado en 1870 al corazón del monte pampeano.
Cada nota gramatical, cultural, interpretativa, abrió un mirador distinto sobre el texto madre que se lee de un tirón. Porque leerlo apasiona, ciertamente pero mucho más aun desglosarlo, someterlo a revisión; en contraste y compulsa con fuentes documentales de toda índole.
Cotejadas e interrogadas mil veces en diferentes archivos y repositorios, incluyendo las orales. Surgidas estas de los pliegues de las memorias familiares vigentes hasta pocas décadas atrás en ancianos de La Pampa.
Destaco que en lo personal tuve posibilidad de acceder mínimamente y escribir en mi libreta de campo algunos resultados parciales publicados ya en diferentes momentos y circunstancias.
Algunos de ellos en “Gente de la Tierra. Los sobrevivientes a la Conquista” (2003) donde realicé tras veinte años de investigación personal en soledad un listado de dos mil personas, con sus nombres y apellidos con esta condición radicadas en La Pampa en 1900 y en “Crónicas Ranquelinas” (1998) en coautoría con Walter Cazenave y que ahora estaremos presentando la Segunda Edición en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y también del libro “ Los Rostros de la Tierra” en coautoría con Pedro Vigne y que en la misma feria presentaremos la Tercera Edición del mismo, ya convertido en un clásico.
Pero en consonancia con el Día del Libro que se conmemoró recientemente pretendo retomar el tema del viaje de 18 días que realizó Lucio V. Mansilla a los toldos ranquelinos en 1870, desde la polvorienta guarnición de Río Cuarto. Obra que como anoto más arriba fue definitoria en mi línea de estudio e investigación dando carnadura y norte, a la creación de proyectos editoriales en los cuales participé.
En la espectacularidad de la narración de Mansilla, el dandysmo de su pluma es también una afectación esgrimida con magistrales poses. Como lo fue la estudiada coreografía de su caminar escorado que una tarde en su ramada, el centenario Fusil Cabral que lo vio de niño en los toldos, remedó su andar ladeado de compadrito jactancioso diciéndome “así caminó el porteño”. Una fotografía lo muestra con kepi requintado y capa argelina tan exclusiva como su monóculo aflojado de exprofeso -para que colgara encima de las solapas- y el arrastrar del sable dejándolo caer del tahalí. Genio y figura calando hondo entre los silvestres padentranos.
Un excéntrico.
En su propio texto, Mansilla articula permanentemente como protagonista privilegiado con los habitantes de la toldería. Como agudo y tenaz observador de rostros y de almas con rasgos de sagacidad en sus conclusiones. Desde allí se instala con comodidad en la perspectiva del “otro”; del “salvaje” y relativiza de manera original la antinomia “civilización-barbarie” y la gama extensa de valores asociados al concepto en la época.
Pero Mansilla es -básicamente- un excéntrico. Con manifiesto fregolismo y ya devenido en flamígero parlamentario nacional, propondrá en una Sesión borrascosa enviar a sus “compadres ranqueles” a las zafras de los ingenios provinciales con un fusil en la espalda.
Propuesta aplaudida en la circularidad de fascinados cofrades de la Cámara, impactados por su retórica de causeur y la impunidad de clase bon vivant.
Los personajes descriptos en “ Una excursión…” suelen presentarse de improviso en el texto y son diseñados sus rasgos físicos en conjunción con los morales. Seguramente influenciado por novelistas europeos apoyó en las conclusiones de la frenología, -ciencia en boga en la época-, la tendencia a descubrir rasgos de vaga melancolía, aún en los rostros de entraña más oscura. Ya vendría poco más tarde Cesare Lombrosso a compaginar y ordenarlos en su teoría del “uomo criminale”.
Por supuesto que los retratos de Mansilla no se circunscriben solamente a los más encumbrados personajes del mundo ranquel, donde la reserva, la astucia o la desconfianza los codifica en módulos fijos. Hay perfiles de secundarios actores que ganan desde el primer momento, la atención del lector.
Los gauchos Camargo, Ayala y Nicolay refugiados políticos devenidos en silvestres cortesanos cacicales, cobran luminosidad cuando la pluma incontroladamente curiosa del coronel escritor penetra en sus emociones y las tamiza en concreto espionaje de funcionario castrense. La repudiada y aun por esos días, inconclusa guerra de la triple alianza contra el Paraguay exasperaba a sectores populares de las provincias. La revuelta de los “Colorados” en Mendoza, las rebeliones del puntano Juan Saa y el sangriento malón combinado entre la ya alicaída montonera criolla y los ranqueles de Epumer a la indefensa villa mendocina de La Paz, resultan hitos ineludibles para evaluar el motivo, el humor y la significación de esos desterrados cristianos en el peculiar aguantadero de Leuvucó por las represivas políticas porteñas a la argentina profunda.
Y emergen otras zigzagueantes siluetas, a saber: el cura domínico Moisés Burela, maltratado y casi escondido en el texto, que no explica el motivo de tanta inquina. El Dominico era llegado a las tolderías desde Mendoza al rescate de los cautivados en la Villa de La Paz. En serio conflicto de representatividad de Ordenes Eclesiásticas y Jurisdicciones con los dos franciscanos que acompañan oficialmente a Mansilla. Se desquitará prolijamente tiempo más tarde en una carta al lector por los diarios metropolitanos que deja mal parado a Mansilla, arrojándole sugestivas afirmaciones en su contra.
La China.
La China Carmen constituye otro buen ejemplo. Sobresalía entre todas por su singular belleza aquella “china magnífica”, según la describe. Adscripta por dones y dotes a una comisión indígena de tierra adentro que había llegado a Río Cuarto poco antes del célebre viaje. A partir de la circunstancia, se había hecho confidente y amiga estrechándose esos vínculos con el bautismo de una hijita mal habida, según Mansilla que la acompañaba y cuya ceremonia se hizo en el Río Cuarto con toda pompa.
Carmen Videla, tal el nombre de la “China”, pertenecía a la parcialidad de Ramón Cabral, reconocido cacique y platero. El dibujo que el autor deja de ella es trazado casi con esfumino y no da mayor relieve salvo por sugerentes y veladas menciones que indicarían -acaso-, que como años más tarde en París, entre la muerte de su primera mujer -“prima hermana embarazada urgente”- y su segundo casamiento, “amelcochado refugio” recomendado por Roca, Mansilla vive su momento libertino en París. “Mi gran desquite”, también haya tenido su pristino momento erótico y libertino en los montes de Carrilobo.
Claro que la inquietante presencia de la china Carmen, en los días pasados en tierra adentro se contrapone al retrato caudaloso de vida y aventuras del cacique Mariano Rosas. Y como este nunca fue fotografiado, nos deja en él la única descripción conocida con las particularidades de su reggio rostro y estampa.
“… pertenece a la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado y una larga cabellera negra y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su despejada frente, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña, deprimida en la punta, de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestran los dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos pómulos saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor y unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su fisonomía, bronceada por la naturaleza...”.
Lucio V. Mansilla finaliza su viaje a mediados del mes de abril de 1870. A su regreso a Río Cuarto se encontró suspendido en el cargo de Comandante de Frontera. Allí se entera de que ha sido sumariado por haber mandado a fusilar anteriormente a un paisano a quien le había prometido un indulto. Luego lo destituyeron. Y volvió a Buenos Aires.
Novedad.
La irrefrenable necesidad de llamar sobre sí la atención pública, lo llevaron a la tarea de publicar en entregas cotidianas el relato del viaje en La Tribuna. El público porteño seguía apasionadamente el relato con el placer por lo exótico y extraordinario.
El director del periódico, Héctor Varela, reunió ese mismo año en un volumen los escritos y los publicó con unas palabras preliminares, un prólogo y seis retratos grabados por el artista español Lázaro Almada una edición ilustrada que no era común para la época y que significó una relativa novedad tipográfica que contribuyó al éxito comercial y consagración literaria de Mansilla.
Le siguieron a ésta, dos ediciones posteriores. La de 1877, año de la muerte de Mariano Rosas y la tercera, publicada en 1890. La excursión (….) se encuentra entre los libros del siglo XIX que más se editaron en el Siglo XX.
Con aquella edición ilustrada se origina el equívoco que hasta la actualidad desprevenidos editores o historiadores fritan y refritan con singular insistencia y mínima información cuando tratan de ponerle rostro a quien fuera personaje central de la obra -Mariano Rosas-, quien jamás posó para un fotógrafo.
Llamado el artista J. Bouchet a ilustrar la Tercera Edición, introdujo intercalado en el texto, algunos grabados de escenas o personajes relativos al relato y ademas creyó oportuno agregar algunos “retratos” -como se denominaba entonces a la fotografía- de los personajes indígenas de mayor relevancia. Con este propósito, trucó los de los dos más importantes y caracterizados: Epumer y Mariano Rosas.
Ambos, con modificaciones en la indumentaria pero manteniendo puntillosamente la fisonomía fueron tomados de una fotografía grupal realizada en Buenos Aires en 1885 por un cronista de “La Patria Argentina” a Namuncurá y su familia, entre quienes figura su hermano Carumanñque Curá.
Así, Namuncurá pasó a ser para la posteridad por una falacia iconográfica, el célebre Cacique Epumer, que para esos días moría como humilde peón en una estancia del Bragado. Y Carumanñque Curá por su asombroso parecido a la descripción dejada por Mansilla encarnó para los lectores al gran paisano ranquelino Mariano Rosas.
Es evidente que el rostro de Carumanñque Curá conservaba los más puros rasgos indígenas.
Poco tiempo después, residiendo en La Plata y devenido como tantos otros indios cautivos en ebrio consuetudinario, mísero y andrajoso poso para el artista Martorell, que realizó un magnífico retrato a la carbonilla.
En cuanto al imprescindible Capitán Martín Rivadavia, confidente y leal lugarteniente del coqueto Coronel, podemos agregar que era hijo de Bernardino Rivadavia que fuera el primer presidente argentino y padre del famoso Comodoro Rivadavia. El oficial Martín Rivadavia, subordinado de Mansilla en la comandancia de Río Cuarto fue el verdadero artífice de los guiños cacicales y hábil armador político para la posterior entrada a tierra adentro, viaje que inspiró a Mansilla para la escritura del libro. Instalado Rivadavia meses antes en Leuvucó, arma el itinerario, discute los términos en calma, convence y acuerda la relativa seguridad y estadía del coronel en las tolderías.
La presencia y labor política de Rivadavia con las más influyentes personalidades ranquelinas, sostenida en talmúdicos escarceos por “la letra chica” del tratado de paz, es sugestiva y maliciosamente solapada en el libro y solo aflora en ligerísimas menciones al pasar.
Asimismo, la ignorada figura de Solano Cardoso, un joven indiecito integrante del toldo del capitanejo Villarreal quien le salvara la vida a Mansilla cuando lo tiene a mal traer la indiada en el camino de entrada a Leuvucó. Un casual hallazgo de mi parte hace ya mucho tiempo atrás de una extensa carta noticiera escrita en 1910 relatando estos detalles y otros muchos más, lo sacan del anonimato al olvidado indiecito y ponen en evidencia intencionales “olvidos” de Mansilla en su texto.
Pero claro, esas son otras historias que recogemos en Crónicas Ranquelinas; en Gente de la Tierra y en Los Rostros de La Tierra, que mostramos los rostros reales de quienes trataron con el coronel escritor en los días de su calavereada militar en La Pampa.
* Investigador
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