Sabado 02 de julio 2022

Zamba de Juan Panadero: “Y daba esa flor del trigo”

Redaccion Avances 19/06/2022 - 00.06.hs

La Zamba de Juan Panadero, con letra de Manuel José Castilla y música de Cuchi Leguizamón, tiene su historia en la personalidad de Juan Riera.

 

Ernesto del Viso *

 

Aseguran y es dable certeza, que fue a Juan Riera quien le dictó Manuel José Castilla la letra de su Zamba de Juan Panadero.

 

La pergeñó madrugada tras madrugada, en la horneada del pan. La concibió en la misma “cuadra” de su panadería, tras el alboroto principal del chisperío de la leña, que incendiaba el ritual del cocimiento del amasijo.

 

Como el pan, la amasó mucho tiempo, como así tantas visitas que el poeta Castilla concretaba a su negocio.

 

Este oficio maravilloso de harina y sal, que ayuda a saciar el hambre de los hombres, mujeres y niños de la comarca, fue gestando lentamente, en mañanas aromadas de ese humito harinero vuelto sabroso pan, una poesía y sin ser don Juan, precisamente poeta.

 

La letra era cierta, pues nacía de un verdadero creador. Los griegos denominaban poesía a todo aquel gesto creador en el hombre que se disponía a hacer “poesía”, es decir “poiesis”. Olmos y Santillán Güemes nos señalan que de esa poética, nacían ánforas, espadas, templos y por qué no, decir nosotros que de esa poética nacía el pan en las manos de don Riera, quien daba entonces justa respuesta a esta propuesta milenaria: hacía el pan, hacía la poesía con sus manos. Ese acto de brindarse al semejante, dándole el pan a quien lo necesitaba, también era poesía.

 

Lo ha contado en innumerables veces el Cuchi Leguizamón, el armonizador de las palabras de Juan Riera y Castilla, que precisamente el “barba”, cierta vez se quedó sin puesto de trabajo en el periódico salteño “El Intransigente”. Esto, desde ya, provocó gran conmoción en Castilla, que lo llevó a la incómoda posición de haberse olvidado de pasar a buscar el pan por lo de don Riera. Sorpresa grande recibiría Manuel, pues rato después don Juan le aparecía por su domicilio con el pan y le diría a su distinguido cliente: “Cuando usted, Sr. Castilla, tenía trabajo, era bueno que pasara por mi panadería, pero ahora que usted no lo tiene, es muy bueno que yo se lo traiga a su casa”. Manuel en ese tiempo que sucede la anécdota, vivía en el Pasaje Sargento Cabral, a la vuelta de la calle Pellegrini, uno de los tantos sitios donde Riera tuvo su panadería.

 

Maravilloso gesto de don Riera. En ese pan que le trajo aquel día, ya venía parte de la letra de la zamba. El gesto de solidaridad, tan explícito en don Juan, portaba esa letra para acordarse no del gesto panadero, sino de lo que debe ser un hombre en la amplitud de su palabra.

 

Tal vez los tiempos que vivimos no están para replicar el ejemplo de Riera, que siempre dejaba la puerta abierta de su casa, en ademán cobijador al destemplado del clima exterior, pues allí podía hallar una cama y hasta un bocado de pan, el ocasional trashumante.

 

Esa misma puerta estuvo abierta al pobrerío honrado de la ciudad de Salta, como a relevantes figuras de la poesía y la revolución. Por allí pasaron León Felipe, aquel mismo que decía “El día que los pueblo fueran libres / la política será una canción”, que cierta vez, en los años 70´Jaime Dávalos, repicará esa versión en su “Canto al sueño Americano”, con Eduardo Falú.

 

También franqueó el pórtico de la panadería, el Dr. Ernesto Guevara Lynch, antes de erigirse en el “Che”; y toda la bohemia musical y poética de Salta que haría cantar a todo un país en los años 60´del S. XX: César Perdiguero, Ernesto Cabeza, E. Falú y por supuesto el Cuchi y Castilla.     

 

Quién fue Juan Riera.

 

Pero quién fue este favorecido por el cariño popular, primero en su lar de trabajo y luego entregado al conocimiento nacional a través de la zamba del Cuchi y Castilla.

 

Su origen es español, nacido bajo el signo de capricornio, que ya lo destinó a la entrega al otro, al semejante, lo signó como un corazón abierto, solidario y al darse sin objetarlo al igual.

 

La cuna de Riera fue Ibiza, España, donde nació un 16 de enero de 1896, hijo de Juan Riera y Eulalia Torres. El puerto de Buenos Aires lo recibió con apenas 14 años, traía en sus saberes la magia de la pastelería, pues se hizo panadero recién en Salta. La gran Ciudad (Capital Federal) celebraba el primer centenario de la Revolución de Mayo y Juancito, con todo el horizonte de La Pampa por delante, optó por un paisaje de azahares y cañaverales: Tucumán.

 

Su espíritu de lucha, inherente a esa “conciencia de clase” que nunca lo abandonó, lo llevó a organizar, rápidamente, a sus compañeros de trabajo, en una agrupación gremial en su ocasional paso por Salta, lugar al que después volvería para quedarse para siempre. Anarquista en potencia, lo impulsará a los abandonos de destinos lugareños.

 

El Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas lo cita con oficios tan disímiles como necesarios para su vivir. Antes del panadero final, sus manos le harán al trabajo rural y a la madera como carpintero en las obras del Ferrocarril Trasandino, aquel camino de acero del que nos contara y cantara César Fermín Perdiguero y su compañero de entonces Eduardo Falú en la canción “Huaytiquina”. Un cartel que rezaba “Huaytiquina Paga”, lo dejó en ese destino ferroviario por poco tiempo, el que fue determinado por sus actividades anarquistas y gremiales. Lo que nunca lo abandonaba era el hacer pan, masas y confites.   

 

Pero el azúcar y los ingenios lo regresaron a Orán, más precisamente a San Martín del Tabacal, en 1921, ingenio de grandes dimensiones que hasta cine tenía y que hacía solo 3 años había fundado el terrateniente salteño Robustiano Patrón Costa. Ingenio que en los años 90’ quedaría en manos de la empresa norteamericana Seabord Corporation.

 

Esta actividad, no lo alejaba de la agrupación “Despertar” de Salta, con cuya publicación suele colaborar con algún informe escrito.

 

Aquel ingenio donde se trabajaba hasta doce horas diarias y otras precariedades que la burguesía suele depositar en el obrero, le suelta la mano debido también a lo justo de su reclamo que por supuesto así no se lo percibía y se instalará definitivamente en Salta donde ya por 1923 se lo encuentra asociado a la Federación Obrera Regional Argentina y a la Federación Obrera Local local salteña en Orán, donde la patronal lo señala como uno de los “agitadores” en los ingenios azucareros de Salta.

 

En definitiva, su panadería se constituía en encuentro obligado de artesanos, empleadas domésticas, obreros, vendedores ambulantes; cada uno caía al negocio con sus cuitas de trabajadores, lo que inquietaron mucho a don Riera y lo instó a conformar en 1923 el Sindicato de Oficios Varios.

 

Su actitud ideológica y su actuar en consecuencia a ellas, en una sociedad marcadamente conservadora como la de Salta, sobre en todo en aquellos años, lograba don Juan, que no fuera visto por esa gente con buenos ojos. Cuna de los Saravia, Aráoz, Uriburu, Patrón Costa, lo oteaban a Riera como todo un riesgo de romper con “la paz social” establecida en dicha provincia.

 

Orán, Campo Quijano son claras postales de algunas de sus residencias temporarias forzadas por su conducta anarquista.

 

Ninguna lucha de la época lo sentirá ajeno. El 10 de agosto de 1927 fue detenido por participar en una de las movilizaciones que solicitaban la liberación de los militantes anarquistas Sacco y Vanzzetti. En otra ocasión dicen que llegó a cantar el himno anarquista Hijo del Pueblo, interrumpiendo la puesta en escena de una obra de teatro.

 

Pero aquello que magistralmente dice Castilla “...y daba esa flor del trigo / como quien entrega el alma”, solía hacerlo en las orillas de las cárceles, donde regalaba su obra panificada a los parientes que iban a visitar a algún preso y ese pan era envuelto con ejemplares del diario La Protesta y de esta manera el imputado, tenía acceso a la lectura de ese diario y enterarse de los sucesos más allá de las rejas.

 

Y allí estaban esas palomas blancas, un pan amasado en claro sentido de paz y muy libertario. Un poco jugando, como dice Castilla, otro tanto en serio como podríamos decir nosotros, la cochura originaria y verdadera, siempre decía el presente ante el pueblo. Ese pueblo que era incapaz de robarle, de ultrajar ese sagrado gesto de Riera para con los que menos tienen. En el año 80 escuché esa frase del estribillo de la zamba (¿Cómo le iban a robar?), en la voz de Carlos Pino de Los Trovadores, en la sede de nuestro Club Italiano de la calle Quintana. El verano estaba cerca para dar su zarpazo de calor y estío y ese sábado de diciembre de 1980, me dejó retumbando en mi cabeza aquel gesto de salteños honestos, de pobreza digna y cabal sentido de pertenencia a la grandiosidad del gesto del viejo luchador, don Juan Riera. Ampuloso y expresivo en la palabra de Manuel José, que daba por cierto el No hurto, al decir “Ni siquiera…”, por ninguna causa del mundo le despojarían a don Juan Riera.

 

La inquietud de Juancito.

 

Las ideas de Juan, que precedían cada acto de su vida, le valió persecuciones de todo tipo. En los años 30, gobierno nacional de Uriburu, tuvo que exiliarse a Bolivia junto con su compañera Augusta Caballerone, que además estaba embarazada de uno de sus hijos (Ermes) que finalmente nacerá en Tupiza (Bolivia). Augusta era salteña de ascendencia italiana, con la que conformará una familia con 10 hijos. La última dictadura militar también persiguió su paso, aunque don Juan ya había fallecido en 1974, representado en varios de sus hijos, sobre todo en Floreal, señalado en 1972, gobierno de Lanusse, y también en el 76. 

 

La inquietud en Juancito Riera, como algunos sectores de la izquierda lo llamaba, no tenía límites como nunca lo tuvo su talento creativo para sortear situaciones incómodas. El Portal “EDI – Salta 2022 – Anecdotario salteño”, recuerda, entre tantas, una historia que en la pluma del escritor Juan Ahuerma lo pinta de “cuerpo entero” en su lucha y lo que ella determina. Como aquella ordenanza de la Municipalidad de Salta, que coincidentemente, cuando don Riera vendería bizcochuelo en la celebración de la Fiesta del Señor del Milagro, un septiembre de hace muchísimos años, prohibía toda venta de calle, a no ser las infaltables cédulas. Prontamente llegó el reacomodarse en don Juan y entonces se presentó en la tradicional plaza salteña 9 de Julio, con su puestito y un cartel que rezaba “Iglesia nuestra señora de la libertad” y entonces se pone a vender cédulas con un premio: una porción de bizcochuelo, además lucía en un brazo la banda papal y en el otro, los colores anarquistas.

 

Cómo no acordarse de este personaje español de origen y noroestino por adopción, cantando su zamba… Desde 1975, la misma rumbea los distintos horizontes de Latinoamérica y todo se debe a que, como cierta vez expresara mi maestro Walter Cazenave en una charla brindada en la Editorial Voces de la CPE, todas estas cosas de lo cotidiano, que a nuestra mirada pueden suceder inadvertidas, expresión negativa del percibir, “... tocadas por un gran poeta cobran una vibración inusitada, adquieren un carisma, en el sentido más hondo de la palabra y lo trasmiten al lector”. Y observen si no ha sido de esta manera en el caso de don Juan Riera... “Qué lindo que yo me acuerde / de don Juan Riera cantando...”.

 

* Músico

 

Zamba de Juan Panadero

Autores: Manuel José Castilla / Gustavo Leguizamón

Qué lindo que yo me acuerde

 

De Don Juan Riera cantando

 

Que así le gustaba al hombre

 

Lo nombren de vez en cuando

 

Que así le gustaba al hombre

 

Lo nombren de vez en cuando

 

Panadero Don Juan Riera

 

Con el lucero amasaba

 

Y daba esa flor del trigo

 

Como quien entrega el alma

 

Y daba esa flor del trigo

 

Como quien entrega el alma

 

Estribillo

 

¿Cómo le iban a robar?

 

Ni queriendo, a Don Juan Riera

 

Si a los pobres les dejaba

 

De noche la puerta abierta

 

Si a los pobres les dejaba

 

De noche la puerta abierta

 

II

 

A veces hacía jugando

 

Un pan de palomas blancas

 

Y harina, su corazón

 

Al cielo se le volaba

 

Y harina, su corazón

 

Al cielo se le volaba

 

Por la amistad en el vino

 

Sin voz, queriendo aún cantaba

 

Y a su canción como al pan

 

La iban salando sus lágrimas

 

Y a su canción como al pan

 

La iban salando sus lágrimas

 

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