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Sabado 13 de junio 2026

Alberto Acosta lanza su disco "Gagarin"

Redacción 10/03/2022 - 08.00.hs

La pandemia del Covid-19 fue para algunos artistas el momento ideal para dedicarse de lleno a sus proyectos, y el caso de Alberto Acosta no fue la excepción. Encerrado en su casa del barrio Villa Alonso, el músico y escritor de 58 años se dedicó a estudiar el manejo de un software de grabación, lo que derivó en la creación de un disco de 10 canciones originales, grabadas en su totalidad con un verdadero arsenal de instrumentos que él mismo ejecutó.

 

Guitarra, piano, tablas, bajo acústico, violonchelo, sintetizadores, mandolina, guitarra de 12 cuerdas y la voz del músico le dan vida a "Gagarin", que será publicado en plataformas digitales a fin de mes.

 

La obra es el resultado de una búsqueda por demás original, y a todas luces fue creada por una persona que ha dedicado gran parte de su vida a estudiar música y a componer canciones. De esta manera, Acosta plasmó con valentía composiciones íntimas a través de las múltiples herramientas y conocimientos que fue adquiriendo en su vida: ya sea de su interminable background de influencias como el melómano que es, de sus tantas canciones, escritos y libros publicados, o de las incontables horas de estudio y dedicación al aprendizaje de nuevos instrumentos.

 

El cosmonauta.

 

El primer tema es el que le da nombre al disco (llamémoslo así, aunque sea enteramente digital). Se llama "La balada de Yuri Gagarin" y comienza con una progresión de acordes de bossa, sobre la cual el autor nos canta que "Yuri Gagarin no estaba mucho más solo que yo, viendo el planeta azulado por el retrovisor". Mientras tanto, un simpático Glockenspiel (similar al xilofón) acompaña este despegue inicial del disco, y cada tanto se oyen algunos sonidos espaciales de interferencia. Luego de un gracioso solo de yerbomatófono (a lo Les Luthier) llega el final. "No era yo el que vos esperabas... pero bien que te distraje un rato con mi show".

 

"Viento de sal", empieza un poco más melancólico, y su temática principal es la naturaleza, la vida y la muerte. Tranquilamente podría ser una producción para una película de Disney, tanto por su calidad musical como por la letra y el timbre de la voz de Acosta. Una tabla india acompaña toda la canción, al principio más a tierra, y luego más frenética, mientras la frase "y así yo puedo desaparecer, como un viento de sal", se repite.

 

En un momento Acosta tira "Chacharramen, dime que sí", un juego de palabras que quizás llame la atención a más de un pampeano.

 

Balada.

 

Al comienzo de "Todo" suena un sintetizador que emula una sirena, como anunciando cierto peligro, pero después llegan unos acordes de piano, con un grillito tranquilizador por detrás, que nos introducen a la canción, donde el autor, como cantándole a un hijo, desnuda su intimidad y brinda consejos y descripciones sobre la existencia terrenal. "Todo tiene color, todo tiene ritmo, todo late, todo vibra"... pero después "todo tiende a desaparecer".

 

Y sobre una bella melodía dice: "Ven a ver mi colección de cosas que murieron: una moneda, un peso argentino, un pensamiento reseco en un libro una mariposa disecada en vilo, un paso no dado, un beso partido".

 

Sambinha.

 

"Respiracion", es un samba brasileño que arranca con un acorde de séptima menor novena, que luego volveremos a escuchar en el disco. Si bien el tiempo es lento, una pandereta va detrás a tiempo doblado, pero el tema no deja de ser una canción de amor, con alguna parte cantada en portugués. "No voy a salir, voy a quedarme a sentir el calor de esa flor que perfuma desde tu rincón". Es interesante el juego que hacen los sintetizadores, que sutilmente aparecen con un timbre que descoloca un poco al oyente, y le aporta un condimento por demás de original al tema, poniéndose hasta hilarante al final.

 

Es lo que hay.

 

"Toay, detrás de la línea enemiga", es el sugerente título del tema 5. "Como un avión caído detrás de la línea enemiga, espero en Toay", expresa la letra. Y después: "Llevo en Toay un día de más, y el tren que no vuelve parece silbar a lo lejos".

 

Musicalmente Acosta nos mantiene los primeros dos minutos en suspenso, casi como si fuera una larga intro, hasta la llegada de una potente percusión que le da la forma definitiva y lo hace más dinámico. "Espero en Toay, es lo que hay". Por detrás un violonchelochelo acompaña a una melódica (instrumento de viento) y a un solo de voz patmetheniano. El final probablemente sorprenderá a más de uno.

 

La puna y el desierto.

 

"7898", es el tema seis, y es rockero de entrada, con un solitario pero poderoso riff de guitarra acústica, que luego se termina de afianzar rítmicamente con el ingreso de la percusión. Acosta nos brinda esta interesante imagen de entrada: "los brazos desnudos de los cactus, como candelabros, se levantan mudos para rogar al cielo por agua". Es una descripción de la puna, según se desprende de la letra, pero tranquilamente puede aplicar a nuestra provincia.

 

Tras una bajada cromática de estilo progresivo suena un gong que le da el pie a una secuencia de sonidos de sintetizador, psicodélicos, que le impregnan un aire místico y espacial al asunto. Lentamente vuelve el riff inicial, devolviéndole el paso rockero a la canción antes de terminar.

 

Tango spinettiano.

 

Podríamos decir que el tema 7, "La crueldad de las promesas", es un tango spinettiano, si es que eso existía con anterioridad, cantado sobre con una guitarra grave, gorda. Una base de bongó le da luego un aire de bolero, pero un sitar indio salido de la nada convierte al tema en una interesante fusión multicultural, a la cual se le suma el Glockenspiel con un arpegio ascendente, digamos cuasi onírico. "Ahórrame la crueldad de las promesas" pide el autor.

 

"Como una canción" es eso, una canción, linda y alegre, con ritmo de vals, pero saliéndose de vez en cuando de lo convencional en lo que respecta a la armonía. A veces con una disonancia, a veces con cambios de acordes de estilo beatlero, Acosta nos canta "siento que todo comienza de nuevo, como una canción: vida que se crea vida que se apaga, como una canción".

 

Una inspiración.

 

"Arpa de hierba" arranca alegre, con un juego de cuerdas con tres guitarras y hasta con un feliz xilofón arpegiando sobre un acorde mayor, pero de un momento a otro... todo se vuelve inquietante. La obra genera tensión, tanto por la melodía, la armonía y su progresión, y por el rol predominante que Acosta le da a la disonancia, que si bien después se resuelve con el regreso de los acordes mayores, que le dan reposo al oído, la secuencia vuelve a repetirse varias veces.

 

Digamos que "Arpa de hierba" es una búsqueda muy original, con cambios y cromatismos rara vez salidos de nuestros pagos. Y esto es porque los acordes, además de sensaciones físicas, pueden generarnos imágenes en nuestro subconsciente, y no solemos estar acostumbrados a que nos sorprendan con tanto cambio, que digamos no es algo fácil de lograr. "Hola duende triste, que inspira mi canto", dice Acosta, quizás revelando un posible coautor de esta enigmática obra.

 

Llegando a destino.

 

El último tema del disco se llama Espantapájaros y empieza con una poesía: "Yo también soy uno de ellos, fugitivo de los dioses y errante, porque confié en las locuras de la discordia, porque yo ya fui en un tiempo un niño y niña y árbol y ave y mudo pez". Arranca ahí nomás un arpegio harrisoniano, sobre el cual Acosta canta: "Soy un espantapájaros, mi ropa esta rellena de paja, en mi cabeza cuelga un cartel, está en inglés y dice nobody home (no hay nadie en casa)". Entra la percusión y la canción sigue, alegre y con mucha cuerda, y luego de algunos versos hay un juego de voces superpuestas, cantando a capella, que desembocan nuevamente en la rítmica del tema. Cabe destacar que éste va, durante los 3 minutos que dura, sobre dos únicos acordes, reafirmando así que tanto la sencillez como la complejidad de la música puede convertirse en algo bello.

 

El final del disco es inesperado, como si el cosmonauta hubiera llegado de repente a su destino.

 

"Búsqueda introspectiva".

 

"Lo hice totalmente en mi casa: son canciones mías y toqué todos los instrumentos. En general las composiciones son recientes, pero hay una cuya melodía la hice cuando tenía 15 años, o sea hace más de 40 años. Después la mezcla y el mastering lo hizo Mauricio Ponce, que fue como el post productor, y el di toda la libertad para que hiciera el laburo fino, sobre todo suprimiendo algunas cosas que estaban de más"

 

"Yo empecé a grabar porque me había comprado un programa de grabación (Logic Pro) y no lo sabía manejar, y ya que tenía tanto tiempo disponible me puse a aprender, y lo más lógico era grabar cosas mías. Y en un momento me dije 'esto capaz que termina siendo un disco', así que al tiempo le mostré las maquetas a Mauri. El me sugirió algunos agregados, algo que por ahí le faltaba a algunos temas. Y bueno, cuando estuvo todo listo él agarro y lo mezcló... para mí gusto quedó lindo".

 

"Las letras hablan básicamente del conflicto interno, de la ciudad. Un poco el planteo de 2001 odisea en el espacio, o de Solaris, pero está bastante la cuestión sentimental... es una búsqueda bastante introspectiva. Hay algunos temas que rozan la cuestión de La Pampa.

 

Por ejemplo hay un tema que se llama Toay, detrás de la línea enemiga. Otro que es 'Viento de sal', que también habla de La Pampa".

 

"Un Capitán Beto pero sin malvones".

 

"El dibujo de la portada de Gagarin lo diseñó la artista plástica Griselda Carassay. Se lo pedí en base a dos o tres ideas que yo tenía, pero en definitiva es una mezcla del Eternauta con el videoclip de Eleanor Rigby de Los Beatles. La idea es la de una especie de astronauta tipo 2001, perdido en el espacio, con algo de post-apocalíptico... como un Capitán Beto pero sin malvones", comentó el también autor de libros como "El monstruo en la laguna", "Vamos por partes" y "Estación de servicio".

 

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