Domingo 14 de abril 2024

Conejo Vendramini, un hombre de bien

Redacción 03/03/2024 - 00.08.hs

No todos consiguen proyectar un futuro después de tener que afrontar situaciones adversas. Se necesita coraje para poder salir adelante, y Conejo lo tuvo. Su último trabajo fue en el Banco de La Pampa.

 

MARIO VEGA

 

Hay etapas en la vida de la gente… Están los momentos para concretar proyectos, avanzar en determinados emprendimientos, y para concretar sueños en la medida de lo posible… siempre con la idea primera de vivir y ser feliz.

 

Porque la vida siempre va, y vamos en nuestro transcurrir enfrentando situaciones más o menos complicadas, y otras quizás un poco más manejables y tal vez más acogedoras.

 

Porque la vida va… “Habrá tormentas/Y también días de sol/…” canta mi amigo el Víctor Hugo Godoy. Y es tal cual. Suelo repetir –y lejos estoy de querer hacerme el filósofo, que no lo soy-- que la vida siempre va, y nos va llevando... A veces por caminos intrincados que nunca pensamos recorrer; poniéndonos obstáculos que, al cabo, son pruebas que se deben superar para tratar de llegar al sueño que siempre es el mismo… Y que tiene que ver con la pretensión de ser feliz. Nada más y nada menos.

 

La vida va...

 

Es verdad que no a todos se nos presentan las situaciones de la misma manera. Están los afortunados, los que parecieran tener el sendero allanado y a los que las cosas parecen resultarles –uno cree-- un poco más fáciles; y también los que van enfrentando dificultades que tienen que ir superando.

 

No obstante soy de los que creen que cada uno tiene su karma… y que está eso de que se siembra lo que se va a recoger al final del camino.

 

En esto de llevar adelante esta columna, me toca ir individualizando a quien puedo publicar cada domingo. Considero que “todos somos personajes para alguien”, pero cabe admitir que algunos lo son un poco más para la generalidad de la gente.

 

Y este que abordaremos hoy, me parece, tiene un poco de eso… Se llama Oscar Andrés Vendramini (75) –nacido el 9 de julio del ‘48”, precisa-- y ciertamente que es un tipo querible el “Conejo”, como casi todos lo mencionan.

 

Familia peronista.

 

Es una de las tantas personas que debieron soportar las consecuencias de dictaduras militares, desmintiendo aquella frase que pretendía imponer como cierto eso de que “La Pampa es una isla”. Si bien no sufrió la cárcel –aunque lo hayan tenido bien apuntado--, fue sí de esos pampeanos a los que les tocó ser perseguidos y cesanteados. Una situación que se repitió en su familia, porque antes le había tocado a su padre –reconocido docente--, despedido por su militancia después de la caída de Juan Domingo Perón en 1955. Una historia que muchos años más tarde involucraría a Oscar.

 

Y debe ser bravo tener que soportar la ofensa y el escarnio cuando hay una familia detrás… ser señalado y apartado simplemente porque se piensa de una determinada manera. También Conejo, muchos años después iba a sufrir la cesantía que lo dejaba prácticamente en la calle.

 

Operado por Favaloro.

 

Héctor Oscar era el padre de Oscar Andrés. Fue Director General de Educación (cargo que hoy equivaldría al de ministro), Inspector General de Escuelas, y docente en diversos establecimientos. Y dice Oscar hijo: “Papá estuvo en El Silencio, en el Oeste, una escuela hogar… allí conoció a mi madre que era de Telén, María Electra Pérez. Bueno... como docente que era lo trasladaban mucho, por eso es que me tocó vivir en Jacinto Aráuz. Claro, vine a nacer a Santa Rosa, en el sanatorio Cruz Alba en un parto atendido por el doctor Guillermo Furst”, peronista y conocido como “el médico de los pobres” porque nunca les fallaba.

 

Y agrega con cierta alegría: “Tengo el honor de haber sido operado de apendicitis por el gran René Favaloro”, cuando era médico rural precisamente radicado en Aráuz.

 

La familia.

 

Además de Oscar el matrimonio Vendramini tuvo dos hijas más, Cristina y Adriana (fallecida).

 

Conejo se casó con Guillermina Scheuber, con quien tiene cuatro hijos: Juliana que es empleada administrativa; Federico profesor de Educación Física; Ramiro que estudió de cheff pero se dedica a semillas y cactus; y Germán también profe. Después llegaron los nietos, Joaquín (6) hijo de Fede, y Emilia (2) de Germán.

 

Le gusta volver en el tiempo y recordar: “Empecé la primaria en la Escuela 33 de Arauz; después con la Libertadora del ‘55 lo echan a mi viejo y nos vinimos a Toay. Ahí mi abuelo José, al que le decían ‘Pepín’; y mi abuela Anselma Gamberini tenían hotel y empresa fúnebre”, cuenta.

 

Y sigue: “Como mi viejo era amigo del Cleto Rodríguez Kessy estuve un año en la Escuela Hogar; y de ahí pasé a la Roger Valet 233, donde Eugenio Cosci era el director”, precisa.

 

Conejo, el de la Villa.

 

Ya con Arturo Frondizi en el gobierno nacional lo reincorporaron a su padre, y así Héctor fue designado director de la emblemática Escuela 180 de la Villa Santillán. “Había una casa en el lugar y ahí vivimos dos años. Tiempos felices porque imaginate... un patio inmenso, la pelota como juguete imprescindible y todos los amigos de barrio. Cómo no me voy a sentir de allí si de bien chico jugábamos con los pibes de la Villa. Y fue hermoso…”, dice y casi que se le enturbia la mirada.

 

Más tarde con un crédito del Banco Hipotecario –esas cosas pasaban antes, y muchas familias encaraban así la construcción de su vivienda-- la familia Vendramini se trasladó a Edison y Lope de Vega. Cerca de donde Oscar vive hoy con su esposa.

 

Colegio y deportes.

 

Evoca con nostalgia las épocas de la secundaria. “Eran tiempos de colegio, amigos y deportes… Hice el secundario en el Nacional, y como alumno diría que me las rebuscaba. Eso sí, el último año me propuse no llevarme ni una materia y lo conseguí”, agrega.

 

Tiene bien presentes a sus compañeros. “Me acuerdo de cada uno, pero te nombro al Flaco Lizárraga, Jorge Torroba, Omar Atenas, Mauricio Martín, Elba Benéitez, Mitaí Álvarez, Marta Díaz, Marta Juan, Marta Héctor, Jorge García, Jaime Sterin, Hugo Tuells, Arturo Pérez Manzano... Y no te menciono a todos porque éramos muchos”, acota.

 

Los amigos.

 

De esa época mantiene una gran amistad con Tito Rosales… “Es como un hermano, íbamos al Club All Boys y hacíamos saltos ornamentales. Él trabajaba en Entel, y jugaba al sóftbol”, me dice sin saber quizás que a Tito lo conozco también porque practicábamos juntos el deporte del bate. Y me agrega: “Viste que en mi casa tengo un bate que trajo un entrenador de Buenos Aires, Adolfo (Schaerer)… pero también hacía atletismo (100, 200 y 400 metros)… en la pista de General Belgrano (alrededor de la cancha de fútbol) y el entrenador era el Gaucho De La Sota, un queridísimo profe”, lo distingue.

 

Y habla también de otros amigos, como Beto Leguizamón y Mauricio Martín.

 

Momentos duros.

 

Después vino un tiempo de universidad. “Fuimos con el Flaco Lizárraga y Fabio Ibarra a Bahía Blanca, yo con la idea de hacer Geología, pero la verdad es que no estudié nada… A lo mejor tenía que haberle hecho caso al Jeta Gavazza, que me insistía para que estudiara Educación Fìsica”, un poco que se lamenta.

 

Y vuelve sobre su padre. “Cuando a él lo echaron podría decirse que perdí dos años y la posibilidad de estudiar. El viejo trabajaba de lo que viniera, y hasta fue mecánico con un tal Crespo de Toay… eran momentos críticos, pero por suerte teníamos la banca de los abuelos”, reconoce.

 

El fútbol en San Martín.

 

Conejo era muy buen deportista, y se destacaba en el fútbol, aunque una prematura lesión lo haría dejar siendo muy joven. “Participábamos en el baby fútbol de San Martín… y en el club tuvimos de entrenador a Camilo Van de Putte (había sido arquero de la Villa), que como yo era zurdo me enseñaba a patear una pelotita de pelota a paleta contra la pared. En la primera división estaban nenes como Pity Kramer, Carlos Gómez, Carlos Jalabert; y nosotros éramos más chicos esperando turno, con Pedro Zubillaga, Pedro Novak, Tulio, Marino Loyola, Coto Grandón, Cony D’Amico, Carlitos Arias y Jorge López. Pero me lesioné en un partido en General Acha y no pude seguir”, señala.

 

Fue prescindido.

 

Cuando se volvió de Bahía Blanca tuvo que empezar a trabajar. “Mi viejo era amigo de un señor Roo, y me hizo entrar en la Chevrolet en la parte administrativa; pero también hacía de chofer y tocaba traer autos, camionetas y camiones desde Buenos Aires”, se remonta.

 

Cuando hubo un concurso en el Sempre –épocas de Elvio Nicolás Guozden gobernador y Fermín Eleta ministro de Bienestar Social-- ingresó a trabajar. “Estuve 11 años, y en ese interín vino el gobierno democrático de don José Regazzoli… Yo militaba y era delegado en el gremio de ATE con la Negra Alvarado y el Negro Hernández; y un poco que hacía de encargado de prensa. Pero después vino lo que vino… en 1976 me obligaron a renunciar”. La historia volvía a repetirse. Conejo Vendramini, como su padre Héctor, resultaría prescindido.

 

Lavacopas y mozo.

 

Pero Oscar no es de los que se rinden facilmente… “Cuando me echaron el Negro Hernández, que era amigo del dueño de café Isa (ubicado en la 9 de Julio, frente a los cajeros del Banco Pampa), me recomienda y empiezo ahí. Primero de lavacopas, después de mozo”, señala.

 

Es amiguero, conversador y buena gente... y en ese ambiente singular que es la noche, hizo muchas amistades que hoy recuerda con una sonrisa… “Iban los vagos buenos… ‘Colores’ Facio, Rubén Martín, Chiquito Sardiña, el Gato Villalba, Lito Etchar, Toto Funes, ‘Minuni’. Me acuerdo de Facio parado en la vereda de Isa, un poco entonado y diciendo: ‘Jugué en San Lorenzo... amigo del Bambino Veira, del Loco Doval, de Ringo (Bonavena), y mirame ahora, viendo corpiños y calzones...’, Claro, lo decía Colores mirando la vidriera de Gálver que estaba enfrente”. Y Conejo no puede disimular una sonrisa.

 

Un golpe de suerte (??).

 

“Puede decirse que sí… que fue un golpe de suerte. Pero con una ayudita”, confiesa Conejo con picardía.

 

“Al Café Isa iba un cordobés que tenía un caballo de carreras, un alazán. El pingo había corrido en Macachín y nada; fue a Lonquimay y peor... Parecía un matungo, pero un día el tipo nos dice al Negro Hernández y a mí: ‘Muchachos, ahora va para adelante. No tengan dudas y jueguensela toda… Le hicimos caso y era verdad: ganó lejos y nos hicimos de un dineral. Como será que con eso compré Tippers, un comercio que era de Tito Batisttoni y Perita García”.

 

Aparece Guillermina.

 

Se ríe con ganas cuando sigue contando: “¡Y me fue tan bien que me casé!”.

 

¿Cómo fue eso? “En esa actividad comercial conocí a Guillemina que entró a comprar al negocio y bueno... el Conejo encaró. Guille es una persona extraordinaria, que está siempre presente y es gran amiga de sus amigas. Y sino que lo digan Ana María Picca, Amelia Ré y Totona Martínez”, completa.

 

No se separaron más y conformaron la familia que es el centro de sus vidas .

 

Pero pensándolo bien Conejo, quizás no haya sido un golpe de suerte, sino y tal vez, una compensación que te dio la vida por algunas penurias que quedaron atrás. ¿Por qué no?

 

Los tiempos del Banco.

 

En 1979, por concurso, ingresó al Banco de La Pampa. “Pasaron más de tres décadas y me fui con una jubilación anticipada, en el 2014, con 30 años de aportes. Nos daban el 50% del sueldo y una plata… Fueron épocas muy lindas y la pasé muy bien… hice cursos para ascender, estuve en varias agencias móviles, en Ataliva, Quehué, Uriburu... Éramos un grupo de amigos con el Gordo Marcos, Cacho De Biase, Tito Tesso, Nelson Ranocchia, Jorge Pérez, Sopa Kier, Guillermo Navarro, Daniel Gómez, Canguro Casullo, Cacho Rechimont…”.

 

Y en este punto se detiene. Porque no puede dejar de mencionar aquella muchachada que llevó adelante la aventura de hacer fútbol en el Club Banco Pampa. “Empezamos con pibes, pero al tiempo jugábamos en primera división para llegar a ganar el torneo de la Liga Cultural… Pero cuando falleció Cacho Rechimont ya fue distinto y el proyecto empezó a diluirse”, admite.

 

Puso “Las Cañitas”.

 

Con el dinero obtenido por su retiro del Banco –inquieto como es-- arrancó con un nuevo emprendimiento: “Hicimos ‘Las Cañitas’, ahí en la esquina de Ameghino y Leguizamón… El arquitecto Miguel García decidió que había que bajar el techo así que conseguimos cañas tacuara, las colocamos y al local gastronómico le pusimos ese nombre… trabajábamos con Guillermina y mis hijos; y teníamos una sola empleada… Ofrecíamos el menú diario y lomitos, pizzas y empanadas. Fue un laburo muy esclavo, y por eso lo terminé vendiendo al Negro Tejada”, narró.

 

Lo que vino.

 

Después de vender el negocio, con la vida armada, con los hijos haciendo lo suyo, con los nietos jugueteando por allí, Conejo se da el gusto de hacer algunas cosas que le hacen bien: “Pude viajar al exterior… como Guille tiene la ciudadanía Suiza fuimos para allá donde vive su prima Victoria. Ella nos prestó un auto y recorrimos toda Italia, hasta llegar al delta del río Pó, donde está la planta de energía que se llama ‘Vendramini’… sí, lleva el nombre de un familiar, porque eran de la zona”, indica.

 

Pero en realidad Oscar prefiere pasear por el país… “Por lo general maneja Guillermina porque a mí no me gusta. Conocemos bastante el sur, y también para el norte salvo Catamarca y La Rioja…”, puntualiza.

 

Seguir soñando.

 

Oscar es alguien que se interesa por el bien común, y por eso ahora mismo reconoce preocupación por este momento del país. “Y sobre todo por los jóvenes, por los que vienen; porque qué es esto de no respetar al laburante… mi formación tiene que ver con la clase trabajadora; y lo que vemos ahora es que todo se prepara para los poderosos…”, reflexiona no sin razón.

 

“¿Lo que espero? Por supuesto que mis hijos estén bien, y tener salud que es lo principal. No tengo nada que reclamar… soy de los que piensan que la vida es todos los días, levantarte bien, con ganas… ¡De qué me voy a quejar! Por el contrario debo ser agradecido… ¿Sabés que creo? Que a pesar de los problemas de todos los días nunca hay que dejar de soñar…”.

 

Conejo es un resiliente… De los que la pasaron mal pero pudieron salir. Con valentía, con esfuerzo, con trabajo. Sí, es Oscar Andrés Vendramini, un hombre de bien.

 

“Siempre se la jugó por los demás”.

 

“A lo mejor es un poco cascarrabias, pero porque sí... Pero es una persona muy solidaria... en épocas difíciles del banco era de andar por la calle y puerta por puerta ir buscando clientes”, lo retrata a Conejo Vendramini alguien que fue compañero de trabajo.

 

Y agregó otro que lo conoce desde muy joven: “Oscar perteneció a esa generación diezmada, porque sufrió persecución y fue cesanteado durante la última dictadura militar, aunque se sobrepuso y pudo salir airoso. Pero la pasó mal, como mucho antes le había sucedido a su padre… Conejo fue alguien que se la jugó por los demás cuando no era fácil. Había que tener mucho coraje y él lo tuvo… es un hombre de bien”, reafirmó el mismo testigo de esa historia.

 

El restaurador.

 

No todos saben que Oscar Vendramini tiene un hobby: la restauración. “Estudié tres años en la EPET, primero carpintería de mano, también con máquinas, pero me quedé con lo artesanal. Soy perfeccionista, y todo el tiempo estoy arreglando o haciendo algo”, confirma.

 

Pero además es muy buen jugador de sapo. Sí, ese juego que se practicaba en tiempos idos en los boliches. “Tengo uno en casa y he participado en campeonatos de adultos mayores… fui dos veces a Mar del Plata, también a Córdoba, San Juan, Pinamar y Bariloche. Aquí gané algún torneo para clasificar, y me fue bastante bien en esos torneos nacionales”, dice con entusiasmo.

 

En el final Conejo tiene un párrafo para el Club San Martín. “Estoy muy contento que se haya recuperado y se estén haciendo cosas, y ojalá siga así porque es una gran institución y de una gran historia”, cerró.

 

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