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Lunes 20 de abril 2026

Un libro que se llame “Amanecí muy bien”

Redacción 20/04/2026 - 00.06.hs

“¡Amanecí muy bien!”. Así debería llamarse el libro del veterano de Malvinas, Carlos Calmels. Tres simples palabras que escribía todos los días el pampeano en su diario donde relató -con muchos detalles- lo que vivió en la guerra. “Amanecí muy bien” significaba un día más de vida y un día menos para estar lejos de su familia. Durante la noche, los bombardeos fueron incontables, dormir era casi imposible, y a eso se le sumaba el frío y el hambre. Se sentía orgulloso de luchar por la patria, pero también tenía que sobrevivir, y el alivio llegó con la rendición de Argentina. “Al principio te daban miedo las bombas y después el silencio sepulcral del buque cuando regresábamos”, afirmó. Hoy, luego de 44 años de la Guerra de Malvinas, el pampeano cuenta su historia.

 

Carlos Calmels creció en General Pico junto a sus abuelos, sus dos hermanos y su hermana. Su papá falleció cuando él tenía 2 años y medio y, cuando estaba por cumplir nueve años, murió su mamá. La escuela primaria la terminó bien, pero el secundario estuvo “medio flojo” y terminó abandonando. Como la situación del entonces adolescente era “irregular”, su tío militar jubilado lo convenció para ingresar al Ejército. De esa manera, llegaría a tener otro tipo de vida e iba a conocer el país.

 

El ingreso.

 

“En el sorteo saqué el 93, era número bajo. Pero ya había iniciado los trámites para ingresar, hice el examen médico y psicofísico en Campo de Mayo (Buenos Aires) y a los dos o tres meses me llamaron que había rendido bien”, recordó en diálogo con LA ARENA. El 14 de febrero de 1981 se incorporó a la fuerza y durante el primer año aprendió sobre enfermería. Su tía trabajaba en la Clínica Argentina de General Pico, entonces tenía conocimiento sobre el tema.

 

Correr, limpiar, barrer. Así se resumió ese primer año. “Saltábamos todo el día, teníamos que comer rápido y de instrucción militar tuvimos poco y nada, lo básico. Ibamos al polígono dos o tres veces al año”, dijo. Para muchos -sin importar el rango-, Malvinas fue el “bautismo de fuego” porque en aquel momento no existían las misiones de paz, como es habitual en la actualidad.

 

Cabo en comisión. Ese era el cargo de Carlos. La guerra ya había iniciado, entonces el Ejército apresuró los egresos y el 7 de abril de 1982, el pampeano juró la bandera, armó su bolso y fue trasladado a Curuzú Cuatiá, Corrientes. Como era Semana Santa, en el regimiento había muy poca gente. “En el hospital el movimiento era nulo. No había ningún soldado, estaba vacío. Nos habían dicho que el cabo en comisión iba a realizar guardia porque los suboficiales se iban, pero se quedaron ellos y nos fuimos nosotros”, señaló.

 

En Malvinas.

 

Y así, una semana después, el adolescente de 19 años inició su viaje hacia Malvinas como parte del equipo de sanidad. Fue en tren hasta Paraná y en avión hasta Comodoro Rivadavia. A las islas llegó el 25 de abril, eran las 19 aproximadamente, ya de noche y lloviznaba. “Armamos las carpas cerca del aeropuerto, después nos corrimos unos cinco kilómetros para abajo y a los seis días, a la madrugada, llegó el bombardeo a la pista y todos los cajones con mercadería para armar el hospital de campaña voló. No quedó nada”, mencionó. Los únicos elementos de curación que tenían eran los apósitos que tenían guardados en los cascos.

 

Después fue derivado a distintos hospitales y, con el correr de los días, fueron entendiendo el desastre de la guerra. “No éramos conscientes de lo que se venía y al principio el ánimo estaba arriba porque llegábamos a un lugar donde estaba la bandera argentina flameando”, sostuvo orgulloso. Luego comenzaron a llegar las noticias poco alentadoras. Primero se enteraron que Perú estaba gestionando para firmar la paz y el 2 de mayo, a través de la radio uruguaya, escucharon que los ingleses habían hundido el Crucero General Belgrano.

 

“Vi cosas muy feas, por suerte no estuve en Monte Longdon. Los chicos correntinos sí y la pasaron muy mal. Muchos se escaparon de las primeras líneas por la presión, no tenían ni agua. Se metían a galpones para robar comida”, contó. “Los primeros días íbamos y veníamos con camiones a los distintos puntos para llevar municiones y comida, pero luego los ingleses detectaron los movimientos y disparaban”, señaló.

 

Carlos subrayó que siempre pensó el defender la patria. “Era defender pase lo que pase, combatir hasta el último momento. Por eso hay que agradecerles a los compañeros nuestros porque ellos murieron felices por defender la patria”, sostuvo y agregó: “Los ingleses peleaban por un sueldo y siempre resaltaron el valor de los argentinos por ese sentimiento nacionalista”.

 

Una historia escrita.

 

El relato del piquense es muy vívido, no solamente porque estuvo en la guerra hace 44 años sino también porque durante sus días en Malvinas escribió un diario. No recuerda de dónde sacó un bloc de notas, pero con una lapicera roja escribió más de 70 páginas relatando día a día lo que sucedía. Hoy las hojas están amarillentas, pero hace unos años una familiar las transcribió con máquina de escribir.

 

Quizás Carlos todavía no comprendió el valor de esas páginas, pero son muy interesantes de leer porque tuvo la viveza de relatar cada día, luego porque un soldado inglés no se las rompió cuando le revisó la ropa y porque las conservó durante muchos años.

 

DESTACADO: “22.5.82. Espero que Dios ilumine a quienes gobiernan para que no siga cayendo tanta gente por este problema”.

 

Ese 22 de mayo tenía que pasar a Bahía Fox en helicóptero. “Pero cuando los pilotos ven la cantidad de barcos cerca, volvieron a Puerto Argentino. Bajamos y todos nos abrazaban y había una alegría tremenda. Nosotros no entendíamos nada y nos dijeron que de los tres helicópteros que habían salido, solo había regresado el nuestro”, recordó.

 

Y en ese momento, la guerra se hizo cuesta arriba. “Empezamos a no aguantar, queríamos combatir, que pase lo que pase y que se termine de una buena vez. Era muy feo el desgaste. Teníamos hambre, frío y solo dos equipos de ropa. La campera que tiene lana de vidrio era muy calentita pero brotaba agua por los pozos y estábamos todo el día mojados. Como hacíamos guardia, no nos dejaban hacer fuego porque el enemigo lo detectaba”, señaló.

 

La letra de los escritos de Carlos fue cambiando a medida que avanzaban los días. El 31 de mayo de 1982 fue especial:

 

DESTACADO: “¡Mi cumpleaños! 20 años. Amanecí muy bien, anoche sentimos un bombazo muy cerca pero no pasó nada… Vi por primera vez nevar… ¡Hablé con casa! Qué alegría”.

 

Ese mismo día, el piquense contó que 10 o 12 oficiales y suboficiales regresaron al continente y que esperaban encontrarse pronto. “Yo parece que estuviese en otro mundo porque haberme comunicado con casa me ha levantado el ánimo”, escribió en su diario.

 

Cuando se decreta el cese del fuego, Carlos se encontraba haciendo guardia en un depósito de YPF de Puerto Argentino. “Teníamos que replegarnos al puerto, dejar el armamento y quedamos bajo las órdenes de los ingleses”, explicó en la entrevista.

 

DESTACADO: “15.6.82. Amanecí bien... Estamos todos en un galpón. Es impresionante la cantidad de cosas que van a quedar para ellos… Hubo gente que pasó hambre y ahora regalan todo porque los galpones están llenos”.

 

“Mirábamos del piso al techo y estaba lleno de comida. Yo me conseguí unos bocegos de la Marina, que me los robaron cuando llegué a Curuzú Cuatiá”, contó el piquense.

 

El regreso.

 

El 16 de junio se subieron al Canberra, el transatlántico británico que trasladó a los soldados argentinos. “Si el camarote era para dos, íbamos cuatro o seis. Pero fue un alivio porque teníamos para lavarnos y estaba alfombrado. No hubo maltrato”, aclaró y agregó: “En el buque a nuestros jefes les duraba el miedo, pero cuando se bajaron en Argentina eran los más malos”. Pero en ese momento el pampeano sintió paz. “Al principio te daban miedo las bombas y después el silencio sepulcral del buque cuando regresábamos”, subrayó.

 

Cuando llegaron a Campo de Mayo, los soldados tuvieron que firmar una declaración jurada. “Decía que teníamos no sé cuántos años para no contar lo que sucedió en la guerra porque los civiles y los familiares no sabían qué era una guerra y no teníamos que asustarlos”, señaló.

 

Ese “pacto de silencio” se rompió con el correr de los años, pero porque los mismos excombatientes tenían la necesidad de hablar. Es por ello que se empezaron a formar los centros de veteranos. “Teníamos una traba psicológica. Hice muy pocas sesiones con un psiquiatra, pero viste que en nuestra era hablar de psicólogo y psiquiatra era raro”, contó y lamentó el maltrato que recibieron de otros oficiales y suboficiales. “Nos decían que éramos unos asalariados y por eso habíamos perdido la guerra. Los que se quedaron dijeron que les hicieron la vida imposible”, aseguró.

 

Tras la guerra, los obligaron a participar del acto del 9 de julio de 1982 y luego pudieron reencontrarse con sus familiares. “Fue toda una revolución en General Pico”, aseguró. Carlos pidió la baja de la fuerza en septiembre de 1984. Regresó a su ciudad, comenzó a trabajar y terminó el secundario.

 

Conoció a su compañera de vida en 1986 y junto a Analía Burrieza tienen tres hijos: Mariam, Luciano y Agustina. En la actualidad vive en el barrio Aeropuerto de Santa Rosa y sus relatos siguen vivos en cada charla que brinda en los colegios. “Me gustaría volver a las islas, sería cerrar una etapa”, concluyó.

 

Una vida dedicada a Malvinas.

 

Familia.

 

En 1986, Carlos conoció a su esposa Analía Burrieza y luego formaron una familia. En 1992 nació Mariam, en 1995 Luciano y en 1997 Agustina. La familia siempre acompaña al veterano en cada acto que recuerda la gesta de abril de 1982.

 

Actos.

 

Calmels forma parte del Centro de Veteranos de Guerra de La Pampa y lleva la bandera de “malvinizar” a cada jornada conmemorativa. Recorre las distintas escuelas de la provincia para contar con voz propia lo que vivió hace 44 años.

 

Carrera.

 

Carlos participó días atrás de la Maratón Héroes de Malvinas que se realizó en la capital cordobesa. “Terminé emocionado cuando los chicos más jóvenes nos hicieron un pasillo para que pasemos los veteranos”, contó el veterano.

 

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