El dominio de la ruindad
Europa llegó a organizarse como sociedad y sus instituciones en tiempo tardío con relación a otras regiones del mundo. Era apenas un espacio poblado por nómades o comunidades asentadas pero muy primitivas, cuando los egipcios levantaban sus pirámides o los chinos constituían un poderoso imperio del lejano oriente.
No era imaginable en esos tiempos remotos, que siglos después los europeos asumieran el dominio del resto del globo. Más dominantes todavía cuando en el curso de los siglos XIX y XX su enclave en continente americano se erigió como formidable potencia diplomática, militar, económica y financiera.
Ni Europa ni su engendro trasatlántico primaron en el globo en virtud de un culto severo de los valores humanos. El facto decisivo para someter a los demás residió en que su "moral" desconocía el derecho de los demás y, como lo anotara un alto pensador, el "viejo mundo" se hizo dueño de todo el resto por una conducta en que la ruindad alcanzara valor supremo.
Su intrusión en América lejos estuvo -como lo pregonaban- de llevar la civilización a grupos semisalvajes. Los crímenes del saqueo, el genocidio, la esclavización implantadas allí no tuvieron límite.
Aunque centurias después, la irrupción de los rubios del norte al Africa central y austral trajo para los nativos una suerte no mejor a la padecida por los pueblos americanos precolombinos.
Aunque los tiempos han pasado y los pueblos de América, Africa y el sur y sureste de Asia han adquirido una mayor conciencia de su derecho, los europeos no pierden su pretensión de grandes patrones planetarios, y llegan con su prédica al extremo del ridículo cuando se presentan como los adalides de derecho y de la dignidad humana.
Por ejemplo, un juez hispano pidió años atrás la captura de un dictador asesino y ladrón de la tierra chilena, mientras tribunales españoles condenan a protagonistas del genocidio en Argentina. Pero cuando el mismo magistrado amaga investigar los crímenes que en su país perpetrara el régimen franquista, allí se levantan indignados los jueces peninsulares contra semejante pretensión.
Que se expone allí. Que a pesar de la presencia de elecciones y alguna libertad de expresión, en nuestra "madre patria" los sucesores de caudillo siguen imponiendo su voluntad.
Pero el solar hispano no es excepción. Sigue la línea de los intocables del continente privilegiado. Allí no se han juzgado ni penado los genocidios que en sus correrías por América, Africa o Asia perpetraran los mismos galaicos, los franceses, belgas, portugueses, holandeses y, principalmente, los ingleses; o ya en escala suprema y en los cinco continentes, por sus sobrinos americanos.
Ni siquiera hubo justicia para reivindicar a las víctimas europeas caídas por la bala o los hornos del hitlerismo alemán al promediar el siglo XX. Todo se satisfizo con la solución homeopática de Nürenberg, justicia que se agotó en la condena de una veintena de jerarcas del Tercer Reich.
Derechos humanos sí, pero muy fuera y muy lejos.
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