El sonámbulo y la Guerra Fría

Redaccion 20/10/2021 - 21.32.hs

Lo que no sabemos todavía, es si China y EEUU serán lo bastante inteligentes como para evitar que el conflicto que las divide continúe escalando, con consecuencias que, dada la complejidad del mundo, resultan inimaginables.
JOSE ALBARRACIN
Algunos historiadores han acuñado el término «síndrome del sonámbulo» para describir el proceso por el cual, pese a que todas las señales de conflicto latente eran evidentes para todos, Europa se encaminó, casi sin advertirlo, hacia la Primera Guerra Mundial que comenzó en 1914. La expresión ha vuelto a sonar estos días, cuando se debate si, a juzgar por distintos episodios que evocan un «deja-vu» del siglo pasado, el mundo no se dirige -con similar abulia- hacia una suerte de «Guerra Fría» entre Estados Unidos y China.

 

Signos.
Las señales no pueden ser más sugestivas para quienes vivieron o estudiaron los años de la posguerra y el conflicto sordo entre EEUU y la Unión Soviética (1945/1990).
A comienzos de este mes, y durante dos tensos días, un número récord de aviones de guerra chinos surcaron los cielos próximos a Taiwán, la isla vecina que comparte el idioma, la etnia y la cultura de China, pero que en lo económico es uno de los países más capitalistas del mundo. El gigante asiático ya había recuperado otro enclave occidental, Hong Kong, a fines del siglo pasado. La isla de Taiwán, potencia tecnológica, parece ser el próximo plan en lo que otrora se hubiera denominado un «conflicto de baja intensidad».
Del otro lado -y para gran ofuscación del excluido gobierno francés, que hasta convocó a sus embajadores en señal de repudio- EEUU y el Reino Unido acordaron con Australia la transferencia de tecnología en materia de submarinos nucleares, cuyo efecto más inmediato sería la posibilidad de que las naves australianas puedan navegar bajo el Pacífico -incluso en cercanías de China- sin ser detectadas.
En otro dato de color, se observa un reverdecer de la exploración espacial, que venía languideciendo por décadas desde su auge en los años sesenta del siglo pasado. EEUU tiene en marcha desde 2020 el proyecto «Perseverance Rover» para investigar la superficie de Marte, y acaba de lanzar otra misión científica camino al cinturón de asteroides. Por su parte, China ha lanzado su programa de exploración de la Luna, logrando aterrizar en su famoso «lado oscuro», y acaba de sumar tres astronautas más a su estación espacial propia.
El mes pasado, en tanto, se produjo un episodio que recuerda a los «intercambios de prisioneros» (normalmente, espías) de la Guerra Fría, cuando EEUU permitió la liberación de Meng Wanzhou, hija del fundador del gigante chino Huawei, presa desde 2018 en Canadá. Y lo hizo a cambio de la liberación de dos ciudadanos canadienses y dos norteamericanos detenidos en China. La empresaria liberada, se reporta, fue recibida como una heroína en Beijing.

 

Cambios.
Desde luego, los tiempos han cambiado, y los actores también. La Guerra Fría era básicamente un conflicto militar e ideológico, con dos superpotencias que se amenazaban mutuamente con sus arsenales nucleares, y a punto estuvieron de colisionar en la Crisis de los Misiles de Cuba. Eran dos modelos autoexcluyentes y virtualmente sin comunicación entre ambos bandos.
Muy por el contrario, el conflicto de EEUU con China, con todas sus implicancias geopolíticas, se da más bien en el campo económico y tecnológico, entre dos potencias cuyos lazos de interdependencia son múltiples e intensos. Las compañías tecnológicas norteamericanas tienen sus fábricas de productos en China. Los celulares de millones de yanquis están plagados de aplicaciones chinas como TikTok. China es el principal proveedor de bienes manufacturados de EEUU, el principal tenedor de bonos de su deuda, y el motor del crecimiento en la economía mundial.
No hay forma de excluir a China en la ecuación. Al decir de Milton Friedman, «estamos hablando de un país con mil cuatrocientos millones de habitantes, cuya desestabilización afectaría todo, desde el aire que respiramos, hasta el precio del calzado, hasta la tasa de interés de nuestras hipotecas».

 

Peligros.
Vale decir, que EEUU debe tener mucho cuidado por cómo maneja este complejo conflicto. No por nada el presidente Biden acaba de decir ante las Naciones Unidas que «no estamos buscando una nueva guerra fría, ni una división del mundo entre bloques rígidos». Pero la expresión «guerra fría» se cuela cada vez más en el discurso de sus funcionarios, y el peligro es que se transforme en una profecía autocumplida.
Por su parte, la dependencia económica de China respecto de EEUU no puede ser mayor. Incluso debe pensarlo dos veces antes de intensificar sus insinuaciones con Taiwán (el término «bullying» se menciona con frecuencia) ya que la pequeña isla le plantea no pocos dilemas. Sin ir mas lejos, allí se encuentra afincada la empresa más importante en la producción de semiconductores, los ladrillos sobre los que se edifica toda la tecnología moderna, de la que dependen las transacciones internacionales. A base de puro ingenio, pero también por sus fluidas relaciones con Occidente, la Taiwán Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) concentra el 50 por ciento del mercado mundial en este estratégico producto.
Está claro que ambas superpotencias han sido incapaces de cooperar en situaciones de interés común -y mundial- como el cambio climático y la pandemia del Covid-19. Lo que no sabemos todavía, es si serán lo bastante inteligentes como para evitar que el conflicto que las divide continúe escalando, con consecuencias que, dada la complejidad del mundo actual, resultan inimaginables.

 


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