Elegir al Malo tiene consecuencias
A un año de la muerte del Papa Francisco, el mundo se apresta a recordar la figura revolucionaria que su apostolado significó para una iglesia que venía de largos papados conservadores y funcionales al status quo mundial. Los poderosos del mundo se acostumbraron pronto a que los papas cumplían el rol que necesitaban para frenar desde la fe cualquier intento de los oprimidos de rebelarse contra el orden mundial.
La Iglesia había logrado décadas atrás con Juan XXIII y en alguna medida con Paulo VI, una cierta sintonía con los movimientos liberadores que en todo el mundo expresaron su oposición al orden mundial capitalista. En esos años la Iglesia había parido documentos tan avanzados como los que se redactaron en el Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal de Cuernavaca que prepararon el camino para la histórica Conferencia de Medellín donde se sentaron las bases de la llamada Teología de la Liberación.
Francisco, nuestro Jorge Bergoglio, fue como una bocanada de aire fresco para una Iglesia que había dejado atrás ese legado y con Juan Pablo II se había convertido en una institución poderosa y ultraconservadora, atravesada por los escándalos de abusos y paralizada ante la irrupción de nuevas formas de representación de la fe que ganaban terreno con cultos menos burocratizados y más cercanos a la gente y sus problemas.
Desde su célebre “hagan lío”, dirigido a los jóvenes desde Brasil y repetida en su recordada gira por México y otros países del mundo, el Papa argentino cambió definitivamente esa lejanía que marcaba el boato artificial y alejaba a la Iglesia de los fieles. Francisco entendió su rol histórico y adoptó un estilo directo, franco, despojado de toda pretensión de divinidad que lo acercó como nunca antes a un obispo de Roma con su gente.
Pero todo eso que enorgullecería a cualquier argentino por la trascendencia innovadora que representaba el primer papa paisano nuestro, tuvo curiosamente un pertinaz ninguneo de buena parte de sus connacionales que lo asociaron al peronismo como si eso fuera una marca del diablo.
Más aún, la mayoría de los argentinos votaron en las últimas elecciones a un presidente que se presentó como su antípoda en el pensamiento social y económico. Un personaje que representaba y representa todo lo contrario a la prédica social, humana y pacifista de Francisco y se presentó con un discurso de crueldad, individualismo y ausencia de cualquier valor humano que en su paroxismo llegó a calificar al papa de “representante del diablo”.
Semejante insulto en un país mayoritariamente católico y cristiano, debió costarle caro en las elecciones. Pero no fue así. La mayoría de los argentinos se inclinó por ese personaje que hoy ha sumido al país en un aquelarre de injusticia social, hambre, pobreza y desesperación para las grandes mayorías de familias trabajadoras.
No es gratis esa elección que los argentinos hicieron de un personaje perverso de la política que hace gala de su maldad y su apego a todo lo malo que Bergoglio combatió con su palabra y su acción a lo largo de sus años de apostolado.
Es casi una parábola bíblica, como la del trigo y la cizaña, aquella que representa a los sembradores de buenas acciones y a los que siembran odio y maldad. En la Argentina, la opción por los sembradores de cizaña es la que hoy está dando esta cosecha de calamidades.
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