¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Estupidez natural

Redacción 08/11/2026 - 00.14.hs

Con todo lo impactante que fueron esos resultados, Donald Trump y su partido "republicano" no fueron los únicos derrotados el martes pasado, en las elecciones de medio término de EE.UU. En las mesas de votación, según el distrito, hubo muchas otras decisiones que el electorado debía tomar, como el impuesto a las grandes riquezas propuesto en el estado de California. Pero lo más sorprendente es el cachetazo que se llevó la arrogante y ya insufrible industria de la "inteligencia artificial": se había pedido opinión a la ciudadanía sobre la instalación de sendos centros de datos de IA en cuarenta y un condados a lo largo y a lo ancho del país: en cuarenta de ellos, la respuesta fue un sonoro ¡NO!

 

Vivillos.

 

La llamada inteligencia artificial requiere, para su funcionamiento, la instalación de unos centros de cómputos monstruosamente grandes, que consumen, cada uno de ellos, la misma cantidad de energía que una ciudad completa de humanos. Además, como el equipamiento necesario se recalienta, es necesario refrigerarlo, con lo cual se requieren enormes cantidades de agua para esos sistemas de enfriamiento.

 

Vale decir que para alimentar a la IA hay que derivarle la energía y el agua que los humanos necesitamos para sobrevivir. Y no termina ahí el cuento: quienes tienen que convivir con estas ominosas fábricas de "inteligencia", sufren una contaminación sonora constante; el alto consumo de energía compromete la red eléctrica común, haciendo necesarios continuos arreglos y mejoras; y, como siempre sucede, estos grandes magnates de una industria en auge obtienen prebendas de los gobiernos locales, que les otorgan exenciones impositivas, les construyen la infraestructura, la logística, y les bonifican el consumo energético.

 

La lógica "capitalista" es sencilla: la construcción de uno de estos monstruos reactiva la industria de la construcción local en forma explosiva. Pero es "pan para hoy, hambre para mañana", ya que cuando la construcción terminó, los puestos de trabajo que quedan en el distrito son escasos y requieren una alta calificación. ¿No se suponía que el capitalismo se trataba del heroico riesgo que corrían los empresarios, a la espera de una ganancia incierta, si logran satisfacer a los consumidores?

 

No, mi ciela. De Elon Musk para abajo, todas las grandes fortunas se construyeron así: a base de exenciones impositivas, energía gratis, préstamos blandos, y ¡desde luego! precarización laboral.

 

Smart.

 

Ya hace un par de años que este burbuja financiera alrededor de la IA está entre nosotros, con la bolsa subiendo por las nubes, y los inversores de Wall Street desesperados por acciones en estas nuevas empresas, que invierten billones de dólares prestados, sin haber conseguido hasta ahora recuperar ni un pinche centavo.

 

Y ya hace unos meses que esas movidas bursátiles -que transformaron a una empresa novel, la fabricante de chips Nvidia, en la más valuada del mundo- comienzan a mostrar signos de cansancio. A modo de mero ejemplo, del año pasado al presente, las acciones de Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp) han perdido casi una cuarta parte de su valor. Oracle, más específicamente enfocada en la IA generativa, ha perdido en el mismo período un 56% de su valor en bolsa.

 

El actual gobierno norteamericano se ha encargado especialmente de garantizar que estos caballos salvajes corran a su voluntad, arrasando todo a su paso -convenientemente dopados- con el pretexto de que hay que ganarle esta batalla a China. Y a todas las advertencias sobre la necesidad de regular esta industria -incluso desde dentro de ella, como en el caso de Sam Altman de OpenAI- para proteger la propiedad intelectual de toda la humanidad y su futuro laboral, Donald Trump ensayó, como toda respuesta, que lo único que hace falta aquí es tener "un presidente astuto".

 

Aquí, desde el fin del mundo, el replicante presidente Chirolita ofreció el país a los magnates de la IA prácticamente a costo cero, y garantizándoles la total inexistencia de regulaciones.

 

Remojo.

 

La novedad del martes pasado es que no sólo ahora van a tener que meterse sus data centers en algún rincón oscuro de la industria: resulta ser que los candidatos demócratas electos, en su gran mayoría (y vaya si consiguieron mayoría) han prometido promover la regulación de esta industria desbocada.

 

Fue proverbial la cara de trasero de Elon Musk, que invirtió casi quinientos millones de dólares para financiar la campaña republicana, y se quedó con las manos vacías. Si hasta en Texas, el estado al que se mudó para no pagar impuestos ni soportar a los "liberales" de California, tuvo que soportar que tanto la gobernación como las bancas del Congreso en juego quedaran en manos de latinos demócratas. Incluyendo a un tal James Tallarico, aquel que dijo: "hay una sola minoría que está destruyendo a los EEUU, y es la de los billonarios".

 

Ahora los muchachos pusieron las barbas en remojo. Desde OpenAI (ChatGPT) salieron el jueves pasado, dos días después de la debacle, a prometer que ahora van a escuchar a los ciudadanos cuando avancen con sus emprendimientos. Prometen espacios para el diálogo a los vecinos de sus "data centers", y hasta se ofrecen a pagar el 100% de la energía que consuman, como lo hacen sin chistar el resto de los mortales.

 

Es un poco tarde. Como el resto de los oligarcas del mundo, los empresarios de IA han conseguido, con su soberbia, su prepotencia y su codicia sin límites, hacer llegar al hartazgo a los ciudadanos de a pie. Y lo del martes ha sido sólo el inicio.

 

PETRONIO

 

'
'