Martes 27 de septiembre 2022

Imperios eran los de antes

Redacción 07/08/2022 - 11.36.hs

Cuesta creerlo, pero dos milenios después, el Imperio Romano sigue siendo noticia casi semanal. Y no sólo por los descubrimientos arqueológicos, que arrojan nueva luz sobre aquel pasado distante. También por la evidencia de que buena parte de las cosas que nos pasan hoy, ya las vivieron (y las fracasaron) nuestros antepasados romanos. ¿La decadencia del imperio norteamericano se asemeja a la de Roma? ¿Se parece Trump al siniestro emperador Calígula? ¡Si hasta los romanos (Dios los bendiga) tuvieron una pandemia! La Plaga Antonina, que manejaron como pudieron con su escaso desarrollo científico, y bien que mostraron la hilacha. Tal parece que, con todas nuestras computadoras, nuestra tecnología y todo nuestro piripipí, no hacemos más que repetir la historia.

 

Ñanduces.

 

El lector estará familiarizado con ese latiguillo que se usa para calificar a una persona poco dada a afrontar los problemas. Se dice, invariablemente: "esconde la cabeza en la arena, como la avestruz". Pues bien, esa frase nos viene de los romanos, que conocían de avestruces por haber conquistado el norte de África, y las trajeron a Roma para entretenimiento en el Coliseo.

 

Pues bien: cualquier biólogo un poco avispado le informará que en ese dicho popular no hay un céntimo de verdad. Ocurre que estos pájaros no se entretienen con la pavada romántica de construir un nidito. Tienen sus formidables huevos y los entierran en la arena, qué tanto ni qué tanto. De vez en cuando escarban para ver si todavía están ahí, y para moverlos un poco. Y si a veces bajan la cabeza no es para esconderse, sino para camouflarse, adoptando la apariencia de una planta.

 

Pero la avestruz no es bicho cobarde, que le haga asco al conflicto. Si se ve amenazada, hace frente como el más guapo de los paisanos. Su patada puede llegar a desarrollar una fuerza de unos 140 kilos por centímetro cuadrado, suficiente para matar a un león.

 

Cómo se las ingeniaron los romanos para crear este mito que perdura hasta nuestros días, sólo puede explicarse por su genialidad. Y por su humor: desde el fondo de los tiempos deben estar riendo a carcajadas, imaginándose a alguno de nosotros, incauto, sufriendo un soberano patadón en el traste por subestimar a estos pajarracos.

 

Calígula.

 

Lo de comparar a Trump con Calígula no es una ocurrencia de este columnista: cualquier búsqueda por internet con esos dos nombres arrojará docenas de artículos (incluyendo uno del gran Atilio Borón) que especulan con los parecidos entre el malvado emperador romano y el -digamos- anaranjado ex presidente norteamericano.

 

No vamos a abonar esa teoría. Que se sepa, Trump no ha tenido sexo con una hermana, aunque no habría que apurarse en descartarlo. Tampoco Trump designó a ningún caballo como senador: en EEUU los senadores (cuadrúpedos o no) son ungidos por el voto popular.

 

Pero no faltan en nuestros días ejemplos de equinos que acceden a cargos públicos. Sin ir más lejos, en el pintoresco pueblito de Cockington, Devon, Inglaterra, los vecinos decidieron elegir como nuevo alcalde a Patrick, un pony de unos 4 años de edad. El pícaro Pat se ganó la simpatía de sus conciudadanos por su tarea como equino-terapeuta, y por sus frecuentes visitas al The Drum Inn, un pub local donde hasta de vez en cuando le invitaban una Guinnes para su esparcimiento. Ahora que está en la función pública no le permiten beber, pero habrá que ver cómo progresa este experimento, que, por lo menos, empezó mejor que el de Calígula.

 

Cacator.

 

Los arqueólogos no sólo se están concentrando en las costumbres culinarias de los romanos, como se publicó recientemente, con el descubrimiento, en las ruinas de Pompeya, de un bodegón popular (thermopolium) notablemente preservado bajo las cenizas del Vesubio. ¿El menú? Pato, pollo, pescado, caracoles, cordero, y (créase o no) vino con porotos.

 

Ahora también se entretienen investigando el otro extremo del proceso digestivo, y la costumbre que esta gente tenía a la hora de aliviar el intestino. Tal parece que en Roma existían 144 letrinas comunales (foricae), donde no existían cubículos ni separaciones, sino filas de agujeros donde defecar, mientras se departía con los ocasionales colegas. La arqueóloga inglesa Mary Beard está fascinada con este aspecto de la vida romana, donde "todos cagaban juntos" como en la colimba, para luego higienizarse con un palo con esponja (de haber descubierto América, probablemente hubieran usado un marlo mojado, como nuestros paisanos hasta no hace tanto tiempo atrás).

 

Fueron los romanos los que inventaron la costumbre de escribir graffittis en las paredes del baño, como el que se conserva aún, advirtiendo: "Cacator cave malum", que podría traducirse libremente como "defecante, ándate con cuidado". Una máxima que no sólo denota humor, sino también, una sólida sabiduría.

 

Ah! cuánto tenemos que aprender de ellos.

 

PETRONIO

 

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