La suerte de los africanos

Redacción 02/12/2021 - 01.13.hs

Desde hace meses, la OMS y los gobiernos africanos vienen denunciando la estupidez de las naciones más ricas del planeta, que al acaparar vacunas permitieron que el continente negro quede totalmente rezagado en la inmunización de su población.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Desde hace una semana, el mundo tomó conocimiento de la aparición de una nueva variante del Covid-19, que siguiendo la nomenclatura vigente, fue bautizada con el nombre de una letra del alfabeto griego: "Omicron". La nueva versión presenta una considerable cantidad de mutaciones genéticas (diez, cuando la Delta sólo tenía dos) por lo que algunos estudiosos la han comparado con el mítico monstruo de la novela Frankenstein. Aunque, claro está, ninguna de las versiones de este virus está en condiciones de participar en un concurso de belleza.

 

Espinas.

 

Esas mutaciones están presente, sobre todo, en esa suerte de espinas que rodean al cuerpo del virus, y que son las que le permiten "pegarse" como abrojos a las células humanas e infectarlas. De allí que la nueva variante sea más eficiente en propagarse, y por ende resulte más contagiosa: pero eso es lo más que se sabe por ahora. Falta saber si esa mayor contagiosidad se traduce en una mayor gravedad de las infecciones. Y si las vacunas actualmente disponibles serán efectivas para inmunizar contra la nueva cepa.

 

Hay que agradecer a las autoridades sanitarias de Sudáfrica por su tempranísima detección de Omicron, lo cual le ha dado al resto del mundo un recurso esencial para prepararse y protegerse: el tiempo. Ahora los estados han comenzado a reforzar medidas de seguridad, han cerrado parcialmente sus fronteras, y los científicos trabajan contra reloj para despejar las incógnitas del nuevo desafío.

 

Esto ocurre en momentos en que, por una presión social tan entendible como inevitable, muchas normas profilácticas habían comenzado a relajarse. De hecho, ya se sabe que la rápida aparición de la nueva cepa en otros países como el Reino Unido y los Países Bajos y otra veintena de países, ocurrió por un par de vuelos de la línea aérea KLM, que viajaron desde Sudráfrica hacia Amsterdam, en los que no se respetó el uso de máscaras faciales.

 

Africa.

 

No es ninguna casualidad que esta mutación del virus haya aparecido en Africa. Por el contrario, sigue un patrón familiar, según el cual las nuevas variantes irrumpen en lugares donde, debido a la baja inmunización, se produce una gran cantidad de contagios, tantos que la variante anterior agota su ciclo. Ocurrió en Manaos, Brasil, y ocurrió en la India con la cepa Delta.

 

Esto no es más que la crónica de una muerte anunciada: desde hace meses que la OMS y los gobiernos africanos vienen denunciando la estupidez de las naciones más ricas del planeta, que al acaparar vacunas mucho más allá de lo necesario -y de su efectiva capacidad de aplicarlas- permitieron que el continente negro quede totalmente rezagado en la inmunización de su población. Lo cual no sólo compromete la salud de esos países, en su mayoría muy pobres y con precarios sistemas de salud pública, sino que también mina la efectividad de la lucha global contra la pandemia.

 

El presidente argentino hizo bien en señalar esta notoria injusticia en su discurso de esta semana ante el Grupo de Puebla, denunciando que "Africa fue abandonada a su suerte". Es notorio ver, en los mapas comparativos, la escasísima cantidad de dosis aplicadas en todo el continente -con la excepción de los países mediterráneos y la poderosa Sudáfrica. Curiosamente, también, se registran pocos contagios, aunque no hay que descartar que ese dato obedezca más a una falta de registro que a la realidad.

 

Historia.

 

La verdad sea dicha, en el momento presente las condiciones han mejorado un poco: algunos gobiernos occidentales han donado vacunas, algunos laboratorios han ofrecido precios de descuento. Pero sigue estando el problema de que, sobre todo en comunidades rurales, siguen faltando la infraestructura para mantener refrigeradas las vacunas, y las personas capacitadas para su aplicación.

 

Y después está también el escepticismo contra las vacunas, en su versión africana. El que hizo que Sudáfrica, días antes de la irrupción de Omicron, les pidiera a Pfizer y a Johnson & Johnson que demoraran la entrega de vacunas, porque tenían suficientes: 16 millones de dosis, para un país de 60 millones de habitantes. La diferencia entre un número y otro está dada por el porcentaje de personas anti-vacunas.

 

Bien que el escepticismo africano no tiene origen -como en Europa, EEUU o Argentina- en un ambiente político polarizado. La causa son décadas de pobreza y explotación. Y de atrocidades médicas. Como al comienzo del siglo XX, cuando las fuerzas coloniales alemanas, en lo que hoy es Namibia, esterilizaron, inyectaron cianuro, y deliberadamente contagiaron de viruela, tifus y tuberculosis a la población local.

 

O, más recientemente, cuando las compañías farmacéuticas usaron la población africana para el testeo de drogas sin molestarse en avisarle a sus "conejillos de indias" que eran parte de un experimento. Al punto que, apenas la década pasada, el laboratorio Pfizer tuvo que indemnizar a los padres de niños muertos en Nigeria, por un estudio clínico de drogas contra la meningitis "que salió mal".

 

Según un estudio reciente en quince países africanos, casi la mitad de la población está convencida de que el Covid-19 fue un invento de alguna potencia extranjera, y que las vacunas contra él, eran otro episodio más de explotación de la población local. Al menos, esta vez -como ocurrió con el SIDA o el Ébola- el mundo no está acusando a Africa de ser el origen del mal.

 

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