Melania: la fabricación de una marca
La industria del entretenimiento (en su nueva versión "streaming") no deja de sorprender por su capacidad para producir contenido que nadie necesitaba, nadie pidió, y nadie va a consumir. Es el caso de "Melania", un documental de casi dos soporíferas horas sobre la primera dama estadounidense, que el chupamedias de Jeff Bezos se apresuró en comprar para su servicio Amazon Primer por la friolera de 40 millones de dólares (no contento con ello, se gastó otros 35 millones en la campaña de publicidad para el documental, ambas cifras fuera de toda proporción). Pensándolo bien, con esa calva de lo distingue, es probable que a Jeff en el barrio latino lo hayan bautizado "chupete", pero esa teoría es para desarrollar en otro artículo.
Nada.
La palabra que surge ante "Melania" es, precisamente, "nada". Desde luego, no en el sentido que usaría esa palabra Jean Paul Sartre. Nada, porque la película no cuenta nada, no revela nada, y deja una sensación inconmensurable de vacío. Es sólo una mujer indudablemente hermosa -aunque de una belleza glacial- que se pasea ante la cámara siempre impecablemente maquillada, vestida y en zapatos de taco alto, bajo una coreografía muy estudiada y una estética acorde a sus preferencias: simetría, ángulos rectos, colores blanco y negro.
Mal podía el filme ingresar en mayores profundidades, que probablemente no existan. El tiempo de filmación se limitó a apenas veinte días, los que precedieron a la asunción de su marido Donald Trump en enero de 2025. El director que se prestó para este adefesio, Brett Ratner, hace lo que puede en base a su oficio, uno que no puede ejercer en Hollywood desde que en 2017 lo cancelaran después de que siete mujeres distintas lo acusaran de acoso sexual en pleno auge del movimiento "Me too".
Así que lo que se ve durante todo el filme es a esta modelo (tal el oficio de la Sra. de Trump) desfilando por escenarios lujosos en Florida (donde vive la pareja), Nueva York y Washington DC. Melania no sólo "produjo" el documental, sino que también es su voz la que narra "en off" su propia "biografía", que más bien parece una presentación de su futura marca de moda de alta gama.
Distante.
Sea por propia decisión o por protocolo gubernamental, Melania Trump se ha ganado fama de ser una persona distante. El filme, que debería reparar esa imagen, al menos en parte, no hace más que confirmarla. Su presencia es tan hierática que ni siquiera se la ve junto a su marido salvo en actos protocolares oficiales, lo cual, si es verdad el rumor sobre el espantoso olor corporal del presidente estadounidense, probablemente tenga un buen justificativo. Si hasta su estilo de vestir parece diseñado para poner distancia, como ese gigantesco sombrero -¿influencia de Pancho Villa?- que usó en la ceremonia de inauguración, que hacía imposible verla claramente, y tanto más recibir el beso de "su marido", tal como se refiere invariablemente al presidente Donald.
No hay emoción visible en todo el guión. Ni cuando Melania tiene su "momento Evita" y declara que siempre usará su influencia en favor de los necesitados (¿acaso, descamisados?). Ni cuando menciona a su hijo Barron Trump, de 19 años, respecto del cual sólo expresa preocupación por su seguridad como figura pública (a los otros hijos de Trump ni los nombra). Sólo cuando menciona a su madre, fallecida en 2024, pareciera asomarse en ella algo cercano a la afectividad. Aquella obrera tejedora eslovena y católica, es la responsable -nos enteramos- del carácter y la "serena fortaleza" de la Sra. de Trump.
Lo cual nos lleva a mencionar, inevitablemente, el elefante dentro del Salón Oval: y es que en el marco de un gobierno que ha hecho de la persecusión a los inmigrantes uno de sus temas centrales -llegando a niveles de crueldad e inhumanidad nunca vistos- parece poco coherente que tan luego la primera dama no sea norteamericana. Supuestamente el hecho de ser blanca y hermosa la exime de terminar en un centro de detención en Texas.
Pero debe ser dicho: Melania es eslovena -en el filme aparece su padre hablando ese idioma- como Slavoj Zizek (adepto al psicoanálisis y al marxismo) y como la banda Laibach (punk irónico post-industrial), aunque todavía no ha demostrado un talento acorde al de sus compatriotas.
Inmigrante.
Aunque no era esperable que en su discurso incluyera a los inmigrantes entre los "necesitados" a los que se propone proteger, no deja de ser llamativo que en su auto-relato mencione su propia ordalía como extranjera, y se muestre rodeada de otros de su condición, como su modisto (de origen francés) o su diseñador de interiores, el destructor de la Casa Blanca (de origen laosiano).
En el medio de la campañas "a la Gestapo" de la oficina de migraciones ICE, que no escatima balazos ni a los propios ciudadanos norteamericanos, la primera dama no parece advertir ironía ni contradicción alguna en su afirmación de que "todos deberíamos hacer todo lo posible por proteger los derechos individuales. Nunca darlos por descontado, porque al final, no importa de donde provengamos, todos compartimos la misma humanidad".
Es bueno que recuerde su condición humana, que resulta tan difícil de advertir en el documental que se auto-produjo. En todo momento se la ve como un accesorio comprado por Trump para completar su imagen masculina y reforzar su ego ya bastante inflado. Probablemente el motivo por el cual el presidente naranja pretende asociar su nombre al del ex presidente John Kennedy (quien, por cierto, era demócrata) sea por el glamour de aquella presidencia, en buena parte debido a la primera dama Jacqueline.
En general la crítica augura una muy baja audiencia, y una escasa chance de recuperar el dinero invertido. Aunque, claro está, ese dinero lo puso Bezos, gran contratista del gobierno norteamericano, que a no dudarlo encontrará la forma de cobrárselo con favores. Porque como bien decía Don Barzini en "El Padrino": "después de todo, no somos comunistas".
PETRONIO
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