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Viernes 24 de abril 2026

Palabras imprudentes

Redacción 24/04/2026 - 00.14.hs

¿La megalomanía y los delirios del presidente Milei le permitirán advertir hacia dónde está llevando al país en materia de política internacional? La pregunta es válida si se repasan las acciones en la materia desde que asumiera. Ya en los primeros días de su mandato hizo público que su política en el tema estaría acoplada al proceder de los Estados Unidos, con un rechazo absoluto a China –potencia claramente emergente— y a otros países que, con ligereza, calificó de comunistas.

 

Al poco tiempo se sumergió de lleno en una delicada cuestión en la que en la Argentina siempre había sido muy prudente, tanto por doctrina jurídica como por su demografía, ya que nuestro país está poblado por gran número de judíos y árabes, las dos etnias hasta hoy en conflicto. A partir de entonces comenzaron los viajes presidenciales a Israel y las imprudentes palabras relacionadas con esas andanzas.

 

Esas palabras manifestaron una alineación cada vez más explícita con el país judío, en parte haciendo hincapié con su religión, adoptada por el Presidente y toda una sorpresa para un país mayoritariamente católico, cuya Iglesia empezó a observar a Milei con mucho cuidado.

 

El primer viaje presidencial fue en febrero de 2024 y ya evidenció una manifestación pública de su respaldo a Israel y al judaísmo. Según analistas, "en su visión, el presidente argentino reproduce una suerte de idealización: el Estado Judío encarna los valores republicanos y occidentales, como si fuera una suerte de ‘isla’ dentro de Medio Oriente. Manifiesta así su desconocimiento por el conflicto palestino-israelí y los avances democráticos en la región en las últimas décadas”.

 

En su segundo viaje a Israel, en junio de 2025, fue mucho más explícito en cuanto a su postura personal, la que -obviamente- fue asumida en el mundo como la de la Nación Argentina. Junto con un premio de un millón de dólares que le otorgara el país hebreo, Milei reiteró su alineamiento político con el Estado de Israel y tomó partido abierto contra las organizaciones árabes y propalestinas, considerándolas “terroristas”. También se manifestó abiertamente pronorteamericano, pero ni en esos tiempos ni en los posteriores dijo una sola palabra en contra del genocidio que el estado judío llevaba y lleva en Gaza.

 

A partir de allí, sus acciones en lo que a Medio Oriente respecta fueron cada vez más groseras e inconvenientes para la Argentina: se inmiscuyó en la guerra contra Irán usando un lenguaje en primera persona (“Vamos ganando”, llegó a decir), declaró a la Guardia Revolucionarias iraní como organización terrorista y expulsó del país a un alto diplomático de esa nación. Junto con su “queridísimo amigo Bibi Netanyahu” (sic) abominó de la prensa y la izquierda como sus grandes enemigos,esto mientras las fuerzas israelíes asesinaban a 85 reporteros gráficos y periodistas que cubrían la guerra, y admitió muy suelto de lengua que cabe la posibilidad de que fuerzas argentinas puedan colaborar en algunas operaciones o, a la inversa, israelíes intervengan en vagas “cuestiones de seguridad”. Con ambas afirmaciones, abrió las puertas a la posibilidad de muy peligrosas intervenciones. Antes, no había vacilado en declarar a Irán como “enemigo de Argentina”, lo que produjo una reacción digna de cuidado en la que que la respuesta iraní advierte será proporcional al agravio.

 

En este último viaje, en su calidad de único mandatario invitado a la celebración de la Independencia israelí, refrendó su alineamiento con la postura judeo-norteamericana al decir que “con determinadas culturas no vamos a poder convivir, porque si nosotros respetamos el derecho a la vida no podemos convivir con quienes nos quieren matar”, lo que justifica y alienta la guerra en Medio Oriente y se arroga poseer “el derecho a la vida”. Algo así como una reafirmación del presidente norteamericano Donald Trump, que se jactó de “poder borrar toda una civilización en una noche”.

 

Envuelto en una crisis motivada por la corrupción dentro de su gobierno y una pésima conducción económica, el autoproclamado “presidente más sionista del mundo” se permitió dar lecciones sobre “la moral como política de Estado”. Pero, manteniendo su imagen de “genio y figura”, matizó su estadía con una de sus objetables y un tanto ridículas presentaciones en un show de canto y baile.

 

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