¿Son los destructores o los saqueadores del Estado?
A pesar de que los grandes medios porteños no hablan de “corrupción” y prefieren adjudicar los crecientes escándalos del gobierno de Milei a la “iniciativa privada” de algunos funcionarios, crece el malhumor social.
SERGIO SANTESTEBAN
A dos años largos de la llegada de los hermanos Milei y su pandilla a la Casa Rosada es pertinente la pregunta: ¿estos son los que venían a destruir el Estado, o a saquearlo? Agitando la motosierra y la bandera de la “libertad” procedieron a una tarea de demolición institucional y económica sin precedentes mientras aprovechaban sus cargos públicos para medrar personalmente con negocios por izquierda.
La sucesión de hechos resonantes que hablan por sí solos es impactante: el caso fentanilo que superó el centenar de muertes; la criptoestafa internacional de Libra; las fabulosas coimas en la Andis; los vínculos con el narcotráfico de los diputados José Luis Espert y Lorena Villaverde; las misteriosas valijas que llegaron en un vuelo privado de Miami sin ser revisadas en la Aduana; el raid turístico e inmobiliario del ex vocero presidencial y actual jefe de gabinete Manuel Adorni; los créditos otorgados por el Banco Nación por sumas astronómicas a funcionarios, legisladores y militantes libertarios, todos ellos muy rápidos y dispuestos a denigrar al Estado como de sacarle el jugo en provecho propio.
Tanto como esta interminable cabalgata de hechos reñidos con la moral pública en tan corto tiempo, también debería llamar la atención la cobertura periodística que vienen desplegando los grandes medios porteños, tan apurados siempre a la hora de utilizar la palabra “corrupción” cuando el que está en el ojo de la tormenta no es un gobierno de derecha. Si bien han destacado algunos de los casos más resonantes, es evidente que buscan circunscribirlos a “iniciativas privadas” y no vincularlos entre sí como un modus operandi de una forma de gobernar que, desde la cúpula hasta el último eslabón, viene mostrando en forma ostensible una notoria ausencia de límites éticos.
Es el conocido antiperonismo militante de la prensa corporativa -hasta Jorge Fontevecchia lo ha resaltado- que le exigía, por ejemplo, a la entonces presidenta Cristina Kirchner conferencias de prensa al grito de “queremos preguntar” mientras hoy no hace lo mismo, ni de lejos, con Javier Milei quien solo conversa con periodistas adictos que no molestan con preguntas “inconvenientes”. Peor aún, algunos como Jonhatan Viale de TN aceptan entrevistas previamente guionadas como quedara en evidencia el año pasado.
Imagen que cae.
Las encuestas que vienen reflejando en las últimas semanas una caída pronunciada en la imagen de Milei y de su gobierno parecerían ser el reflejo de un agotamiento en las expectativas de quienes confiaron en sus propuestas libertarias. Según esos sondeos sería el frío económico el que está generando este cambio de humor antes que los escándalos de corrupción (un punto que puede anotarse la prensa corporativa). Los ingresos menguantes de asalariados, jubilados, cuentapropistas y pequeños comerciantes e industriales; los temores justificados a perder el empleo -entre quienes lo tienen-, o a cerrar las persianas -entre los que todavía pueden mantenerlas levantadas- parecerían imponerse a la indignación por la falta de transparencia en la conducta de los Milei, los Adorni, los Espert y compañía.
Es evidente también que el crecimiento continuo de la inflación viene atizando el malhumor social. Desde mayo del año pasado los precios vienen subiendo por el ascensor mientras los salarios, gracias al rígido cepo a las negociaciones paritarias, lo hacen por la escalera. Y para colmo las expectativas de marzo no son auspiciosas para el gobierno gracias a la guerra que Trump y Netanyahu iniciaron contra Irán, provocando un ascenso meteórico en el precio internacional del petróleo. La nafta y el gasoil, trepando más del 20 por ciento en las últimas semanas, están afectando al resto de los precios de la canasta familiar, por lo que las expectativas sobre la inflación de marzo están otra vez en modo alcista.
Sólo la creatividad del Indec podrá mostrar otra cosa, como ya se vio con el dibujo elaborado para la última medición de la pobreza. El nivel de manipulación de esos números fue destacado en los últimos días por todos los analistas que no entonan la partitura del gobierno. El razonamiento no es nada complicado: si cae brutalmente el consumo familiar, si se desploman las ventas en todos los rubros, si los ingresos retroceden sin parar, si aumenta la legión de desempleados con el cierre de fábricas en todo el país, si el endeudamiento de las familias alcanza niveles récord, cómo pueden retroceder la pobreza y la indigencia. Ahora se conoció una nueva estadística: el 40 por ciento de los jubilados deben saltearse una o dos comidas diarias para pagar el alquiler, y creció el número de los que deben seguir trabajando para complementar sus magros haberes. Hasta Marco Lavagna, lo que ya es mucho decir, reaccionó y se fue del Indec por la falta de actualización y de rigor de las mediciones.
Más desigualdad.
A la misma altura de la “desprolijidad formal”, por decirlo de algún modo, del experimento Milei, está su apuesta por la desigualdad social. Ese es el corazón del proyecto, la marca registrada. A la apabullante cantidad de ejemplos ya conocido en la materia, se conoció por estos días otro dato significativo. Un trabajo del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (Ipypp) dio cuenta que la fenomenal caída en la recaudación tributaria estuvo alimentada principalmente por dos gravámenes: Bienes Personales y Derechos a la Exportación (retenciones). El primero pasó del 2,2 al 0,3 por ciento sobre el total de la recaudación, y el segundo del 8 al 2,6%. Ambos afectan principalmente a las grandes fortunas y al complejo agroexportador. En otras palabras, es una enorme transferencia de riqueza desde los sectores populares hacia la elite económica. Más claro todavía: el ajuste lo pagan los de abajo, no la “casta” como prometió Milei en la campaña.
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