Sospechosos detalles
Para asombro de la ciudadanía Manuel Adorni sigue en su cargo de jefe de Gabinete. Los hechos y pruebas que acumula la Justicia no dejan lugar a dudas sobre su poco claro accionar en el manejo de fondos, una actitud que pretende justificar con argumentos que causan tanta hilaridad como indignación.
Cuando ya todos lo consideraban una suerte de cadáver político, el empecinamiento del presidente Milei y la cantidad de alianzas y contubernios lo han mantenido a salvo de presentaciones en la Legislatura, que hubieran equivalido a un voto de censura y, por lo tanto, a su renuncia. Nadie sabe a ciencia cierta el porqué del proceder presidencial pero el espectro de sospechas es muy amplio, rebasando cualquier –digamos—afecto político.
Pero detrás del suceso aparecen una cantidad de detalles que, aunque no del todo inesperados, evidencian el funcionamiento del país que supimos conseguir, el mismo que en sus aspectos fundamentales se empeñan en mantener aquellos que se beneficiaron a manos llenas (y a menudo largas…) y arrincona y empobrece a los argentinos.
Es sabido que la interpelación parlamentaria de Adorni era hasta la semana pasada un hecho consumado, concretado en el voto mayoritario de distintos partidos pero así, de pronto, tras algunas reuniones y comunicaciones entre el Presidente, la “hermanísima”, gobernadores y legisladores varios –incluso algunos que habían comprometido su presencia en la Cámara de Diputados—cambiaron su actitud de manera que no se alcanzó el quórum necesario al efecto.
Semejante indignidad está originada en varios casos en las instrucciones de los gobernadores provinciales para con esos representantes, previas tratativas de los mandatarios con el Ejecutivo nacional. Ante semejante proceder se imponen preguntas simples y profundas: esos legisladores ¿son tan carentes de ética como para desdecirse de aquello que prometieron a voz en cuello en la propaganda previa a su elección? ¿no tienen un mínimo de dignidad que se anteponga a esa suerte de orden dada por sus gobernadores? ¿No son conscientes de que con su proceder están protegiendo a un ladrón, reconocido en esa condición hasta por sus propios correligionarios? ¿el –generoso—sueldo que cobran no los compromete en definitiva con un mínimo de conducta republicana?
Su hipocresía le hace un flaco favor a la índole popular del gobierno, al tiempo que alienta a quienes oculta o desembozadamente sostienen que “la democracia no sirve”.
Lo evidente es que estos paniaguados se aferran a sus cargos dejando la dignidad a un lado, obrando como simples mandaderos en casos como éste. Varios de ellos, incluso, han dado cuenta de escasa presencia para con su acción legislativa. Lamentablemente la ciudadanía en general suele tener muy floja memoria para con los políticos, lo que les permite reciclarse una y otra vez. Estos nombres, perfectamente identificados como lo están, deberían ser ejemplos –sí que negativos—de lo que representantes populares no deben hacer y de la carencia de principios éticos que debe respaldar su acción.
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