Una ética de la derrota
A veces los chistes se cuentan solos. A veces el relator no tiene que esforzarse con sus dotes narrativas para conseguir el efecto deseado de la risa, ese remedio infalible según aseguraba la revista Reader's Digest. Así que vamos a contarlo tal como ocurrió, hace exactamente un año, en Washington DC. Era un soleado sábado a la tarde, y el presidente Donald Trump realizó una misteriosa visita al hospital, de la que en el momento no se informó oficialmente y despertó rumores sobre un posible infarto o un ACV. La verdad es que lo que -tal como acaba de salir a la luz- el paciente fue sometido a una colonoscopía, la cual, a su pedido, se practicó sin la habitual anestesia.
Ouch.
Lo curioso -tal como lo narra en su libro Stephanie Grisham, jefa de personal de la primera dama Melania Trump- es que el motivo para someterse a ese procedimiento invasivo y doloroso sin el beneficio de la anestesia, obedeció a la determinación de no ceder el mando al vicepresidente Mike Pence, como el protocolo indica en cualquier caso que el presidente pierda la conciencia.
Debe recordarse el contexto: a comienzos de mes habían sido las elecciones presidenciales, y aunque él se encargó hasta el día de hoy de discutir el resultado, Trump había sido derrotado. En un frenesí paranoico, comenzó a desconfiar de su vicepresidente, cuya función constitucional era, precisamente, convocar al Congreso para certificar el resultado de las elecciones y disponer el traspaso del mando.
No menos curioso es el hecho de que el republicano ordenara que el incidente se mantuviera en secreto. Según dice Grisham en su libro, ello obedeció a que no quería mostrarse débil o vulnerable, y tampoco quería ser objeto de los chistes ("butt of the joke") en los programas de televisión. La autora emplea esa expresión con cierta malicia, ya que en inglés coloquial, la palabra "butt" designa al trasero.
Colon.
No vamos a extendernos aquí sobre los aspectos técnicos de una colonoscopía, por temor a cometer errores científicos, y también en consideración a que el lector estará leyendo estas líneas, probablemente, mientras desayuna unas crocantes medialunas, y no estaría bien arruinarle el momento. Baste decir que se trata de un procedimiento bastante habitual (sólo en EEUU se realizan unas veinte millones por año), muy efectivo en la prevención del cáncer de colon, y muy recomendable para todas las personas que han sobrepasado el medio siglo de vida.
Lo que ocurre es que, por la parte corporal involucrada, el asunto dispara algunas fobias atávicas -y francamente ridículas- para la masculinidad tradicional, esa que tanto le gusta practicar o aparentar al amigo Trump. Se recordará, por ejemplo, su actitud, tras ser dado de alta luego de contraer el virus Covid-19, cuando se mostró con gesto adusto en los balcones de la Casa Blanca, quizá emulando la efigie de un emperador romano. Aunque el resultado se pareciera más al "Duce" Benito Mussolini.
Un presidente razonable hubiera aprovechado la oportunidad para educar con su ejemplo a la población sobre la necesidad de realizarse este estudio, como sin ir más lejos había hecho su antecesor George W. Bush durante su mandato. Hasta incluso, si de mostrar fortaleza se trataba, no es de desdeñar la templanza que se necesita para someterse a un estudio de éstos, no sólo por la invasión corporal en sí, sino también por el desagradable proceso previo de vaciamiento intestinal.
Poder.
Pero este es un mundo de símbolos, tal como lo comprende incluso alguien tan primitivo como Donald Trump. Lo que importaba en este caso no era la salud, ni la masculinidad (bien o mal entendida): se trataba del poder. Un líder no da un solo paso sin calcular cuál será su incidencia en el ajedrez político que está jugando todo el tiempo. Y eso involucra no sólo sus palabras, sus decisiones, sus actitudes, sus elecciones de peinado y de vestuario: involucra además el propio cuerpo, que debe transmitir un mensaje de éxito.
La verdad es que Trump había perdido las elecciones, y sabía que su poder, ese inmenso atributo en la nación más poderosa del mundo, estaba decayendo con cada tictac del reloj. Trump era (es) un perdedor, un "loser", palabra que en EEUU representa, acaso, el peor insulto. Y hasta las barras bravas del fútbol argentino suelen asociar, en sus cánticos lamentables, las pérdidas deportivas con el esfínter que da fin al intestino.
Será por esta anécdota extraña, o será por el día de elecciones tan particular que vivimos hoy, vienen a la memoria unas palabras del genial cineasta italiano Pier Paolo Passolini, que algo sabía del poder y las masculinidades: "Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde".
PETRONIO
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