Lunes 22 de abril 2024

"Chanchos", un cuento de Patricia Severín

Redaccion Avances 26/03/2023 - 12.00.hs

En esta nueva entrega de la columna literaria La Maga, en la que Gisela Colombo compila cuentos y relatos de autores y autoras de todo el territorio argentino, presentamos “Chanchos”, un escrito de Patricia Severín.

 

Gisela Colombo *

 

I.
-Lo estás cargando demasiado, chamigo- le advirtió Germán al operario de la playa.
-No preocuparse, el camioncito aguanta. Tengo que cumplir la orden- le mostró una planilla en donde constaba la entrega y sus kilos. Y dio un golpecito cariñoso a la carrocería.
Los ganchos colgados del techo del camión sostenían dos medias reses cada uno. En total 440. Germán miró desconfiado. Meneó la cabeza. Lo ideal era una media res por gancho, no dos, pero no iba a discutir su primera carga. Controló que en el interior del camión todo estuviese en orden, se aseguró de que la temperatura fuese la adecuada, empujó algunas reses hacia el fondo para que hubiese equilibrio entre cada gancho, cerró las dos puertas traseras y puso candado; el frigorífico le colocó el precinto. Cruzó el puente que une las dos provincias; cincuenta kilómetros más y llegaría a destino, entregaría la carga, cobraría, sacaría aparte unos pesos para pagar el crédito del camión, la nafta y el alquiler del galpón donde lo guarda; el resto sería ganancia. Sonrió satisfecho, le haría un buen regalo a la Tati que se había quedado con el rosario entre los dedos, hamacándose en el sillón, vaya tranquilo mijito que todo le irá bien.

 

II.
La Tati reza mirando fijo el altar que está sobre la repisa de la sala repleto de santitos, se hamaca y pide por la salud de la familia, para que ninguna hija le oculte nada, para que Germán no encuentre novia, para que le alcance la jubilación, para que a la vecina de al lado la parta un rayo, para que sus nietos vengan los domingos a visitarla. Le da a Germán lo que le falta para comprar el camión, es su único hijo varón, las mujeres están casadas y se las arreglan con la costura. Él es su compañero, la luz de sus ojos; a la mañana toman unos matecitos y por las noches lo espera con la picada: aceituna, salamín, queso, lupines.
Conversan, escuchan cumbias en la radio, se ríen. Ha dado un gran paso comprando el camión frigorífico. En muy buen estado, le aseguró el mecánico; las cubiertas en condiciones, la chapa sana. Germán le coloca espejos retrovisores, llantas nuevas; pone en la cabina cintas rojas del Gauchito Gil, estampitas de la Virgen de Guadalupe, de la de San Nicolás; se las da la Tati, lo protegerán mijito. Le toma un día completo limpiar el camión y sacarle lustre; encuentra un buen lugar para guardarlo, un galpón en el barrio que por el momento está vacío y se lo dejan a un precio razonable. Lo contratan de inmediato: debe traer una carga de chanchos; los faena el frigorífico de la provincia vecina, cruzando el puente, allí nomás. Besa las estampitas y se apoya las cintas rojas sobre la frente. Cuando clarea estaciona frente a la puerta de embarque del frigorífico.

 

III.
Antes de cruzar el puente de regreso, trayendo la carga, se persignó una vez más. Controló mentalmente los detalles: la temperatura adecuada, las dos puertas traseras bien cerradas, el candado, el precinto. Todo en orden. Faltaba cruzar un pueblo, la ciudad de este a oeste, y llegaría. Silbó bajito al compás de la cumbia de Los Palmeras; sonrió: se felicitaba una y mil veces el haber hecho esta inversión. Frente al hipermercado escuchó el estallido, un estruendo, un sonido atronador. Miró por la ventanilla, el día estaba soleado. Luego sintió chapas que crujían, que se arrastraban por el asfalto; quedó paralizado sin saber qué hacer. Disminuyó la marcha. Por los espejos laterales vio las chispas que subían como fuegos de artificio a los costados del camión. Estacionó como pudo sobre la banquina y se bajó corriendo.
No podía creerlo, no podía ser cierto. Se agarró la cabeza: no debió hacerle caso al operario. La carga suspendida de los ganchos había cedido, el techo estaba desmoronado, y la mitad del piso del camión despegado de los laterales. Las medias reses asomaban entre la chapa y el cuerpo del camión. No supo qué hacer. Su seguro era sólo para terceros. ¿Hablar al frigorífico? ¿Al que esperaba la carga? ¿A la policía? ¿A la Tati? ¿Al seguro? Dos motitos se acercaron. Qué alivio, podrían ayudarlo. Les hizo señas. Los muchachos dejaron la moto detrás del camión y caminaron hacia él; hablaban por el celular. Estarían llamando a la grúa, o a la policía. Otros vecinos venían corriendo desde el barrio, al costado del hipermercado, mujeres con niños en brazos, hombres grandes. Los muchachos miraron los chanchos que asomaban, rosados, frescos, pulposos, 100 kilos más o menos, cada media res. Algunos autos pararon más atrás. La gente comenzó a rodear el camión. El primer muchacho empezó a tironear una cabeza. Ahí Germán se dio cuenta. Subió rápidamente a la cabina, dio marcha, y como pudo ingresó al playón del hipermercado arrastrando el fondo del camión con la carga encima. El guardia de seguridad vio el tumulto y cerró de inmediato los portones después de hacerle paso. Germán comenzó a llamar al que esperaba la carga, al frigorífico, después al seguro. Debía trasbordar de inmediato la mercadería, que mandaran otro camión, que alguien lo ayudara por favor, era una emergencia. Transpiraba. Las gotas le chorreaban por el cuello y se metían en el escote de la remera. Las manos temblaban y le pareció que nadie entendía su explicación. La gente se arremolinaba. Los más ágiles comenzaron a trepar el cerco del hipermercado. Tiraban piedras sobre los autos estacionados, gritaban; cada vez eran más. Se juntaban y subían el enrejado de alambre, vociferaban. Llegaron hasta las puntas de púas que se erguían sobre el cerco. Los guardias de seguridad corrieron hacia el vallado; trataron de hacer desistir al gentío que se apiñaba como enjambre. Las piedras que volaban hacia lo alto impactaban cada vez más fuerte. Un parabrisas estalló. El dueño salía en ese momento con el changuito repleto de mercadería. ¿Qué estaba pasando? Germán comenzó a discutir con los guardias, debía salir del predio, no podían esperar el trasbordo. La situación se volvía insostenible, no se iban a arriesgar a que la horda destrozara los autos de los clientes o peor aún, que saquearan el hipermercado. El tumulto movía los portones hacia atrás y hacia adelante tratando de que cayeran. Germán quería disuadir a los guardias, argumentaba para ganar tiempo, el camión para trasbordar ya estaba viniendo. Otra piedra estalló contra el capó del Peugeot negro, a pocos metros de él, y le abrió un boquete. Los guardias fueron de inmediato hacia el portón.

 

IV.
La Tati prende dos velas. Una roja para el Gauchito Gil, una blanca para sus virgencitas. Las pone sobre el altar y se persigna. Pide por la luz de sus ojos, su Germancito. Acomoda el sillón hamaca junto al teléfono y llama a la hija mayor; le cuenta que Germán está haciendo su primer viaje; que se lo diga luego, pide la hija, por la tele están pasando un asalto en directo, ¿un asalto? ¿delincuentes?, no Tati, la gente está saqueando la mercadería de un camión, ¿qué gente?, mucha, mucha gente, mujeres chicos corren se golpean para agarrar algo, una camioneta de esas grandotas, nueva, se abalanza sobre dos muchachones para quitarles lo que se llevan, ¿ y qué se llevan?, carne, no sé bien, sí, ahí veo, chanchos, eso es, grandes, bien grandes, un pibe se sienta arriba de un chancho para que no se lo quiten, ¿y la policía?, ¿llegó la policía?, parece que ellos también están cargando algo, son pesados los chanchos, los acarrean entre dos o tres, uno se despedazó, lo tironean, sacaron cuchillos, ¿¡un cuchillo!?, se están peleando por una cabeza, la cabeza rueda hacia el asfalto, son muchos, la policía no se mueve, el periodista corre hacia atrás, algunos se están yendo, ahora vuelven, ¿tenés la tranca puesta, Tati?, hay que encerrarse, pueden bajar a la ciudad, pueden venirse, el camarógrafo se aleja, rodean el camión, ¿y el camionero?, se están llevando partes del vehículo, todo lo que pueden, los espejitos, el gato, quieren sacar las cubiertas, ¡con fierros!, uno corre como loco dando vueltas alrededor del camión, de lo que queda…pobre tipo…¿dónde está pasando esto?, ¿dónde mijita?, aquí cerca, frente al hipermercado Tati, trancá la puerta, no salgas a la vereda, con esta gente nunca se sabe, mejor prendé la tele, fíjate bien lo que está pasando, así le contás al Germán cuando vuelva.

 

Patricia Severín es poeta, narradora y editora. Vive en la ciudad de Santa Fe, Argentina. Sus libros de poesía: “La loca de ausencia”; “Amor en mano y cien hombres volando”; “Poemas con bichos”; “Libro de las certezas”; “El universo de la mentira”; “Abuela y la niña”; “MUDA”; “Eclipses familiares”. Cuentos: “Las líneas de la mano”; “Sólo de amor”; “Helada Negra”; “Mamá quiere ver las rosas”.

 

* Escritora y docente. Compiladora

 

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