Viernes 13 de mayo 2022

La hondura de los subsuelos

Redaccion Avances 16/01/2022 - 08.00.hs
Federico Etchenique editó su primer libro “Ramón Conejo: 1978”.

“Ramón Conejo: 1978” es el primer libro de Federico Etchenique, hijo del escritor e investigador Jorge Etchenique. En esta historia, los hechos giran en torno a la locura y al personaje Ramón Conejo, en parte real, en parte ficticio.

 

Gisela Colombo *

 

El libro “Ramón Conejo: 1978” es la ópera prima de un autor llamado Federico Etchenique, cuya labor literaria seguramente responde a una tendencia genética. Hijo del escritor Jorge Etchenique, construye una serie de relatos ligados entre sí por el escenario en que ocurren los hechos. Todo gira en torno de la locura y sucede en General Acha, en el Hospital en que trabajaba, según los propios dichos del autor, Diana Olivera, su madre. En una especie de breve prólogo que antecede la ficción, Etchenique nos advierte: “Ese árbol ya no está en el Hospital. Ha desaparecido, como un bosque de los sueños, entre lágrimas y tristezas por un pasado que ha muerto, pero durará en este libro en la figura de Ramón Conejo, paciente psiquiátrico de mi madre”.

 

Partiendo de esta confesión, queda clara la pretensión de verosimilitud que poseen las historias, aunque constituyen un discurso ficcional. “Esta es una historia de ficción montada sobre la realidad”, leyenda que recuerda el cariz realista que debe esperarse.

 

El personaje resaltado en el título, Ramón Conejo, parte de un sujeto real, pero evoluciona en una versión ficticia también.

 

Los personajes que van alternando cierto protagonismo suelen ser gente algo bohemia, itinerante y con un costado misterioso. Son quienes conservan el núcleo de misterio de la experiencia humana, su hondura e ininteligibilidad. A diferencia de ellos, se materializan seres más solares, en sintonía con el sistema y beneficiarios de sus excesos e iniquidades. Tal es el caso de los policías, los guardias y todo individuo que halle su razón de ser como un engranaje de la maquinaria del Estado envilecido por la violencia característica de los años setenta. Estos sujetos se muestran crueles incluso por diversión, y son igualmente insensibles para su lectura de realidad. Por ello odian aquello que sale de la norma.

 

Para Arreséigor y sus pacientes, esa claridad que separa sin interrogantes el bien y el mal, es simple falta de miras, mero estar absorbido a tal punto por el orden impuesto que ya no se ven los claroscuros. “El médico sentía que lentamente lo transformaban en una pieza más de la maquinaria que aprieta el gatillo, es ese preciso momento en que un hombre pierde el rumbo establecido por las reglas”. Ese rumbo es el único lícito para quienes mandan. Cualquier actitud que escape al típico comportamiento sería síntoma de enfermedad o de insurrección.

 

 

Protagonistas.

 

El primero de los personajes que aparece, junto con Sebastián Arreséigor, el médico psiquiatra, es Jorge Olivetti, un paciente que posee la obsesión de que la locura es un virus muy contagioso, del que él se defiende con barbijo permanente. Este asunto visto desde los hechos sanitarios de los últimos dos años parece una especie de profecía. El trauma le llega por la muerte de su hermano a manos de un policía, que luego devendrá en guardia del hospital, con el que Olivetti estará obligado a convivir dolorosamente. Con esa presencia, la herida nunca habrá de cerrar.

 

Luego el texto nos descubre al personaje que motiva el título de la obra: Ramón Conejo. Tanto el apodo cuanto su encierro se relacionan con la compulsión que sufre, como un deseo irrefrenable de cavar con sus propias manos madrigueras que luego serán túneles, refugios, trincheras o vivienda. Allí sabemos que llevó a vivir a Raquel Rodríguez, la joven más linda de Acha, firmando así su propio cautiverio definitivo. “Morocha de ojos negros inmensos como una luna eclipsada y aspecto de princesa, esa mujer era una zanja en la que habían quedado atrapados varios hombres”. Ella será la traidora, responsable de que Conejo cayera en poder de la policía secreta de la dictadura que lo depositará en el Servicio de Psiquiatría.

 

La guerra interna desatada entre una facción y otra de la policía local también desnuda el orden represivo, la corrupción y el salvajismo del poder por medio de la figura del comisario Gallardo “verdadero dueño del pueblo, nombrado por las autoridades militares más allá del intendente de turno. Un hombre odiado hasta por los mismos policías”.

 

Antonio Civarelli es otro de los locos que toman la palabra del relato. Como periodista y escritor había llegado a La Pampa para investigar negocios turbios como la prostitución, la venta de drogas y otros flagelos similares. Pero, lejos de escandalizarse por ellos, conoce a José Mariposa, que lo introduce en la adicción a la cocaína. Civarelli narrará la historia que  Mariposa le contara y describirá un itinerario delictual que oscila entre Buenos Aires, Medellín, Bogotá, República Dominicana, Europa del Este y Nueva York como puntos neurálgicos del negocio del hampa. Allí desfilan muchos otros delitos y se acercan algunas referencias al lavado de dinero, la creación de los cárteles en Latinoamérica y un nutrido conocimiento en armamento que despliega el texto como soporte del que se sirven las mafias. El resultado es una macedonia difícil de degustar, repleta de reflexiones históricas y datos inconexos. No está mal si lo pensamos como discurso de un interno del Servicio de Psiquiatría.

 

Luego será Carlos Soria quien irrumpa, un antiguo conocido de Arreséigor que tiene la tendencia de perderse en los rincones subterráneos de las ciudades. Los túneles, una vez más, son símbolo del descenso a la propia miseria. Los griegos le han llamado catábasis a ese bajar y transitar los túneles interiores e hicieron con ese término un tópico que este texto parece recuperar. Cada vez que la travesía física y espiritual ocurre, el héroe emerge transformado. De tal modo, la caída es en realidad un ascenso, una apropiación de conocimientos que nunca logrará quien siempre permanece en pie, encorsetado por las reglas.

 

Una vez conocidos los personajes más rutilantes del relato, sobreviene la pregunta: ¿por qué el narrador toma a Ramón Conejo como figura central? Probablemente esto se relacione con lo dicho respecto a los misterios de la existencia, la tendencia a la caída que enseña, que abre horizontes. El fondo filosófico que subyace no admite como ideal la pureza de andar por los caminos luminosos sin excepciones. Es que Conejo es un héroe catabasico nato, que abre caminos subterráneos con sus propias manos.

 

A esos senderos autodestructivos se asimila la locura en el libro. Y tal vez también aquí se refrenda aquello de que “los niños y los locos siempre dicen la verdad”. La verdad no es posible verse a plena luz, en el riguroso cumplimiento de las normas sociales, en la superficie. Tampoco en el mundo visto desde los ojos limitados de escrupuloso realismo. Por ello locura y apertura de miras también muestran correspondencia.

 

De fondo, siempre está la dictadura, que es –y a la vez metaforiza– el tiempo demasiado intervenido por estructuras humanas. El orden único posible impuesto por un grupúsculo tan vehemente como limitado, a quien no le interesa descubrir la verdad, sino instaurar una mirada incuestionable. Este tipo de empresa sólo se sostiene como norma para las mayorías gracias al terror. A los poderosos, a la muerte, pero sobre todo a la insanía del cuestionar, que –como dijera Jorge Olivetti detrás del barbijo– es un virus tremendamente contagioso.

 

 

* Escritora y docente

 

 

 

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