Martes 07 de febrero 2023

La Maga: "La extraña muerte de Fausto Corrales"

Redaccion Avances 04/12/2022 - 09.00.hs

José Ceballos es de Corrientes. Publicó una decena de libros de cuentos y además escribió dos novelas largas y tres novelas breves. Actualmente trabaja en una novela próxima a publicarse.

 

Gisela Colombo *

 

Curioso fin el de Fausto Corrales: degollado, con la verga dura y el corazón deshecho. Así lo sacaron aquella noche del reñidero municipal, después que su famoso gallo el Taita acabó con el gallo cruceño. Así lo llevaron a su estancia y lo pusieron entre las velas. Así recibió el adiós de la muchedumbre que se reunió para su último homenaje, sus peones, sus hijos bastardos, el gobernador –que vino presurosamente para despedir al dueño de tanto comité político–, los notables de la comarca, sus simples correligionarios y compadres, las lloronas. En el pueblo las campanas doblaban cada tres horas.

 

Empezó a finarse cuando el gringo Bardín –por la mañana temprano, en el comedor, donde lo afeitaba los martes y sábados– le dijo: –Con su licencia, don Fausto.

 

Y con la navaja le trazó lentamente aquella línea roja en la garganta.

 

Él se miraba en el espejo el rostro oscuro y flaco rasurado a medias y ni siquiera movía el bigote. A lo sumo, sus dedos se habrán crispado sobre la toalla blanca que le cubría el pecho. Uno creía que iba a levantarse, pagar, anudarse el pañuelo colorado y salir al día. Fue lo que hizo. ¡La jeta del pobre gringo con la moneda en una mano y la navaja ensangrentada en la otra!

 

Más tarde, como de costumbre, recorrió algunas de sus leguas escoltado por un capataz. Y cuando regresó se tomó unos amargos bajo un paraíso, bien sentado en su sillón de guascas.

 

–¿Y qué me dice? –preguntó Fausto Corrales.

 

–Todavía falta –advirtió el mensajero.

 

–¿Todavía?

 

– Con alguien tan jodido como usted no va una muerte sencilla.

 

Don Fausto arrugó el ceño y sugirió:

 

–Bueno, pero usted podría mostrárseme.

 

–No es necesario. Ya le dije que sólo soy un mensajero.

 

Don Fausto echó un cauteloso vistazo en derredor y le pareció oír (oírse) una risa.

 

–Y que estoy dentro suyo –completó la voz misteriosa–. Usted me habla con el pensamiento y yo estoy adentro. En todo caso, se saca las ganas más luego.

 

–¡Yo no voy a aflojar! ¡Fausto Corrales no entrega el pellejo así nomás!

 

–Ya veremos.

 

Y al mediodía Fausto Corrales comió su churrasco habitual y bebió su vaso de tinto.

 

2.

 

Antes de dejar la mesa, llamó a la Isaura, su persona de confianza en materia de desahogos sexuales, y le murmuró al oído. La vieja asintió, solemne.

 

Luego Corrales se paseó largamente por el traspatio.

 

Cuando entró a su cuarto, lo aguardaba la hija de un puestero, adolescente en flor, catorce años, desnuda bajo la sábana. Él se desvistió despacio, pensativo; su bombacha cayó como una bandera rindiéndose a la aparición del miembro enhiesto en el tajo del canzoncillo. Se metió en la cama sin más vestidura que el pañuelo que cubría su garganta.

 

Justo a las seis golpearon la puerta del dormitorio, conforme a su orden. Había que aprestar al gallo. Fausto Corrales abrió la puerta muy pálido, demudado por una rara mueca, envuelto en una cobija y con el pañuelo al cuello. Demoró un buen rato vistiéndose. Dejó el dormitorio algo encorvado, con un andar dificultoso. Se tapaba la bragueta con un ponchillo cruzado sobre un brazo.

 

Cuando el sol caía, dispuso que le sirviesen una copita de ginebra. La bebió poco a poco, junto al cerco del patio, con la vista flotando hacia el sur.

 

–Eso es por los virgos que usted rompió a lo bruto, don Fausto.

 

Corrales guardó silencio. Unos pájaros surcaban el cielo en perfecta fila.

 

–Yo tenía derecho– respondió, al cabo de un momento.

 

–Sólo el gusto de la hembra da ese derecho– retrucó el mensajero.

 

–Escuche, mi amigo. Ellas se criaron en mis tierras, comiendo de mi mano. Y si no era yo, era cualquier tape.

 

–Pero aquí, en la sentencia, dice clarito: y sufrirá por todas hasta después de muerto, hasta que los gusanos le abajen la poronga.

 

3.

 

No cenó. Arribó al reñidero como a las nueve, caminando con torpeza. Lucía sus galas gauchas, el ponchillo cruzado sobre el brazo; el pañuelo punzó, impecablemente atado al cuello, de seda. Respondió a los respetos con su adustez proverbial.

 

El Taita irrumpió pisando fuerte, como cuadraba con su fama, erguida la cresta y erizado el brillante plumaje negro. Dio una vuelta por el redondel con los ojos hambrientos y después, mientras se presentaba su rival, se sacudía desesperado entre las manos del mencho. La pelea duró poco. Fue una única, definitiva embestida del Taita y el cruceño ya no tenía resto. Tan enseñado el Taita, que nadie amagaba interrumpir el entrevero.

 

–¿Y por qué mi gallo? ¿Por qué él? –interrogó don Fausto.

 

El griterío se apagó de pronto. La voz le llegó con absoluta claridad:

 

–Porque él representa a los muchos que usted ensució con sangre. Sangre propia y sangre ajena.

 

–¡Cobardes hijueputas! ¡Que vengan ellos!

 

–Eligieron a su gallo.

 

–¿Y qué me hará mi gallo? ¿A ver?

 

–Le destrozará el corazón eternamente, don Fausto. El cruceño ya no es un gallo, ni el cadáver de un gallo. Es el corazón de Fausto Corrales. Y esto ya pasa en el sueño de la muerte, en el que usted entró sin darse cuenta. ¿O pretendía seguir viviendo degollado?

 

Entonces el Taita se despegó de aquel cuerpo sangrante. Y lanzó un canto como un lamento. Y descargó el primer espolonazo en el corazón de su dueño.

 

(De “Segundo fabulario de Buenavista”, 2015)

 

José Gabriel Ceballos nació en 1955 en Corrientes. Es abogado. Publicó una decena de libros de cuentos. El último de ellos es “Buenavista capital del sexo” (2021), editado en Argentina y EEUU. Además escribió dos novelas, “Víspera negra” y “En la resaca”, y tres novelas breves: “Ivo el Emperador”, “Confesiones de un extraño demiurgo” y “La invasora”. Fue traducido al portugués y al inglés. Recibió diversos premios internacionales. En Argentina ganó el Premio Municipal de Buenos Aires 2008/2009. Actualmente trabaja en una novela próxima a publicarse.

 

* Compiladora. Docente y escritora.

 

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