Viernes 09 de diciembre 2022

“Me tendrán en su memoria para siempre mis paisanos”

Redaccion Avances 22/11/2022 - 12.20.hs

Hace 150 años José Hernández terminaba de escribir “El gaucho Martín Fierro”, un libro que pocos años más tarde se convertiría en un emblema de la Nación argentina. Así mismo, miles de estudiantes lo leyeron en las aulas.

 

Walter Cazenave *

 

A finales de noviembre de 1872, en la habitación de un hotel porteño un hombre nutrido por igual de una cultura moderna, para la época, y un amplio conocimiento del campo argentino y sus gentes, concluía de escribir un libro que en poco tiempo ganaría fama y con el paso de los años pasaría a ser emblema de la nacionalidad. Curiosamente el matiz político que caracterizaba al autor (en algún tiempo, exiliado, perseguido, con su cabeza a precio...) no parecía que casaba con una intensa y singular vena poética que vertía en las tantas estrofas del libro. El hombre se llamaba José Hernández y el libro que había dado a luz era El gaucho Martín Fierro. La imprenta porteña La Pampa lo editó en un folleto de ochenta páginas que se ofreció en venta a comienzos de 1873.

 

“Más de una decena de ediciones –sin contar las no autorizadas– en lo que va desde 1872 hasta la salida de su continuación -La vuelta de Martín Fierro-, siete años más tarde, dan cuenta de la popularidad que ganó el texto entre las clases desplazadas de la sociedad argentina de fines del siglo XIX y comienzos del XX”, destaca Matías Casas en un ensayo.

 

¿Qué llevó a Hernández a escribir ese libro de cuya primera edición se cumple este año un siglo y medio? Un primer vistazo al contenido de la obra, lejos del análisis académico (del que carece el abajo firmante) parece hacer presente que la escritura se debió a puro sentimiento, a la comprensión de los defectos pero también de las virtudes de aquellas gentes que el autor había conocido y frecuentado muy de cerca durante su adolescencia y juventud en los campos familiares, en Chacras de Perdriel. Aquellos seres, simultáneamente bondadosos y bárbaros, a los que un proceso considerado como civilización iba desplazando de su hábitat y de su forma de vida, generada en la necesidad de subsistir en las pampas. Esos inmensos espacios vacíos ya comenzaban a ser apetecidos por las clases económicamente dominantes. Las mismas gentes, en fin y por aportar un dato singular, a quienes Carlos Darwin, al conocerlos en su viaje alrededor del orbe, había considerado como, hospitalarios, bondadosos y terribles en su elementalidad y, también, como los mejores jinetes del mundo.

 

Un éxito editorial.

 

Lo cierto es que todas las crónicas de época coinciden en señalar que el libro tuvo un éxito inmediato al reconocerse en él los pobladores de las pampas. Con una cierta ironía para con la actual tendencia idiomática anglofilizante, podría decirse que fue el primer “best seller” habido en Argentina. La pauta de la popularidad del libro –que tuvo una tirada inicial de una decena de ediciones hasta comienzos del nuevo siglo (sin contar las no reconocidas) está evidenciada por el hecho de que los gauchos, iletrados en su mayoría, solían reunirse en lugares donde alguien supiera leer, las pulperías preferentemente; si se daba esa posibilidad, escuchar la relación de las aventuras y desventuras contadas en un libro que se identificaba mucho con sus propias existencias. Al parecer hasta era glosado en canto y guitarra por algunos cantores o payadores de la campaña.

 

“El éxito inmediato de la primera parte de las peripecias de Fierro fue descomunal. El mito dice que no faltaba pulpería en la que hubiese un ejemplar y que, en la campaña, alrededor del fogón, se lo leía en voz alta y era aprendido de memoria; la sextina hernandiana ayudaba a la retentiva”.

 

Cierto que se conocían desde hacía algunos años los escritos de índole gauchesca de Bartolomé Hidalgo y Antonio Lussich, pero no tenían la firme índole poética y argumental que ostentaba la epopeya contada por Hernández.

 

Cabe, desde luego, la interpretación opuesta ¿las élites intelectuales también aceptaron el libro desde sus inicios? Es dudoso; por de pronto hasta la aparición del libro de Hernández los únicos gauchos trascendentes en la incipiente literatura nacional habían sido los que reflejara Hilario Ascasubi cuarenta años atrás, donde campeaban sus gentes de corte unitario, aunque un tanto alejados en lo real de las desventuras cantadas por Hernández. Después, y con otro enfoque y motivación, fue el Fausto, de Estanislao del Campo, publicado en 1886, libro que, a pesar de su calidad, relataba la imposible andanza de un gaucho ingenuo que, por azar, concurría al teatro Colón y presenciaba la ópera de Gounod. Al margen de su calidad, la ironía que destila el poema acaso sugiere las ideas políticas del autor del Fausto Criollo, unitario y centralista.

 

Contra la graciosa andanza de aquel paisano pintoresco y sin problemas existenciales Hernández, que militaba en el partido federal, lanzaba a la palestra los penares de un hombre iletrado, avanzado por una civilización que no entendía, y que representaban políticos corruptos que usaban la fuerza como elemento disuasorio a cualquier amago de rebeldía.

 

Interpretación e ideas.

 

En suma: las andanzas de un gaucho pobre y cuchillero, sin atisbo de otra cultura que la propia, poco podía entusiasmar a las elites argentinas, tan afrancesadas por entonces. Las interpretaciones del Martín Fierro corrían –y acaso pueda decirse que corren todavía- por cuenta de las ideas de quien las efectuaba.

 

La concreción del Martín Fierro como poema nacional no fue pareja con su difusión a nivel popular. Al principio se lo pensó como elemento para hacer frente a la ola de inmigración (que habían promovido los propios gobiernos) y se afianzó con algunos trabajos y conferencias de grupos intelectuales -Roberto Giusti, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones…- que en la primera y segunda década del siglo pasado destacaron sus valores estéticos y espirituales, con raíz en lo nacional. Esa acción se vio reforzada con la institución del 10 de noviembre como Día de la Tradición, concordante con la fecha de nacimiento de Hernández. La celebración de aquella fecha se incrementó durante el subsiguiente gobierno peronista, que la nacionalizó e introdujo en todo el sistema educativo argentino. Además se hacía imposible no reconocer los valores estéticos, literarios y poéticos de un libro que constaba de trece cantos, divididos en estrofas – sextinas - que entre otras cosas, tienen un claro sentido filosófico.

 

Una vuelta resignada.

 

Imposible e incompleta es cualquier consideración de la obra hernandiana sin mención a la segunda parte del libro, “La vuelta de Martín Fierro”, publicada siete años después del libro inicial, cuando vino a contar “que a su historia le faltaba lo mejor”. Esta obra constituye la secuela inicial del Martín Fierro, publicado en 1872.

 

Los tiempos políticos del país habían cambiado y, como ocurre a menudo, repercutían en la concepción humana y literaria del autor. En 1874 el presidente Avellaneda llevaba adelante una política de reconciliación entre las partes enfrentadas a nivel nacional, hasta entonces manchadas de sangre. Hernández vuelve a Buenos Aires después de su exilio en Uruguay y empieza a dar otros visos a su criatura literaria.

 

En la Ida, primera parte de la obra, Fierro aparece arrastrado por la fatalidad y se rebela contra la persecución. En la Vuelta, expresa su asimilación a un mundo cambiante. Ya se concretaba la llamada Conquista del Desierto –gran negocio inmobiliario, en definitiva- y “Las tribus están deshechas; Los caciques más altivos/ Están muertos o cautivos/ Privaos de toda esperanza,/ Y de la chusma y de lanza,/ Ya muy pocos quedan vivos.”

 

El Papa y Martín Fierro.

 

El gaucho y su compañero Cruz, huyendo de su destino, habían marchado a refugiarse entre los indios. Después de la muerte de su Cruz, en la segunda parte, Fierro regresa mansamente al mundo “civilizado”. En una pulpería encontrará a los hijos perdidos en su desgracia, al hijo de Cruz, y al hermano del gaucho negro que asesinara en la primera parte, y con quien mantendrá una famosa payada de contrapunto.

 

Entre los momentos más destacados y conocidos de “La vuelta” se encuentran, además de la payada con el negro, los consejos inmorales, agudos y desvergonzados del Viejo Vizcacha y las recomendaciones de Fierro a sus hijos y al de su amigo Cruz. También aquí se encuentra, probablemente, la estrofa más conocida de ambos libros: Martín Fierro aconsejando a los suyos:

 

“Los hermanos sean unidos/ Porque ésa es la ley primera,/ Tengan unión verdadera,/ En cualquier tiempo que sea,/ Porque si entre ellos pelean/ Los devoran los de ajuera.”

 

Lo dicho no es una exageración; el Papa Francisco lo citó como exhorto a la necesidad de paz y armonía al hablar en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas de 2015, cuando apeló a la unidad a través la ya legendaria “ley primera”.

 

El libro finaliza con que los cuatro reencontrados deciden cambiar sus propios nombres y separarse. La vuelta evidencia una intención de reinsertarse en la sociedad que los había excluido, una suerte de resignación forzada que le da un carácter anecdótico a toda la peripecia narrada anteriormente.

 

Paralelamente el autor, ex sublevado de los entreveros jordanistas, toma cada vez mayor distancia de las actitudes de su criatura literaria, y termina su obra - en el decir de Luis Franco - con “un consejo parroquial”: “Obedezca el que obedece/ Y será bueno el que manda/”.

 

¿Un clásico olvidado?

 

¿Cuál pudo ser la causa de la, digamos, disminución de la presencia del Martín Fierro en la cultura popular argentina? Para los nacidos con posterioridad a 1900, y hasta aproximadamente los años sesenta del siglo pasado, la presencia del libro y las andanzas de su personaje eran comunes en las conversaciones y decires de la gente, aún la más humilde. Aquel “aquí me pongo a cantar” estaba presente hasta el cansancio en expresiones ortodoxas y/o satíricas, y los dichos y refranes del Viejo Vizcacha, “cínico y desvergonzado en sus consejos” tenían vigencia plena en prácticamente todos los niveles sociales. También habían ganado parte de la inmigración. Quien esto escribe recuerda a su abuela piamontesa recitando con particular acento coplas ejemplificadoras de esa andanza gauchesca.

 

Y más: el libro fue lectura obligatoria en los colegios secundarios, al menos hasta los años setenta. Después hubo una falta de presencia que al parecer se mantiene hasta hoy.

 

La modernidad, con su enorme volumen de información, de todo tipo y calidad seguramente tuvo que ver con ese opacamiento pero, en opinión de este periodista, tampoco debió estar ausente la colonización cultural que desde el Hemisferio Norte baja para todo el mundo subdesarrollado, y muy especialmente América Latina.

 

Quizás el único anhelo de regreso del libro como expresión de la nacionalidad esté en que, de uno u otro modo, se lo considera un clásico y los clásicos, se dice, nunca mueren.

 

Tentación de los artistas

 

El Martín Fierro ha sido una tentación permanente para todo género de artistas capaces de apuntar a lo popular o con intención de hacerlo; lo expresado comprende desde lejanas representaciones circenses hasta filmes realizados por directores y artistas famosos. Lo mismo puede decirse en cuanto al aspecto editorial, con sus incontables ediciones de todo tipo. En este sentido vale la pena destacar dos que hiciera en su momento la Editorial Universitaria de Buenos Aires, después arrasada por la dictadura militar. La primera fue uno de los pequeños libros que formaban parte de la colección serie del Siglo y Medio, baratísimos y muy bien concretados. La segunda corresponde a una edición del mismo sello, excepcional tanto en tamaño como en calidad de impresión, con un detalle muy sobresaliente: las ilustraciones fueron realizadas especialmente por el artista Juan Carlos Castagnino.

 

Una crítica lúcida de la docente Alejandra Laera señala que el libro “fue utilizado como símbolo de la identidad por distintos sectores en diferentes momentos. Hay recuperaciones político-militantes, como Los hijos de Fierro, de Pino Solanas, y otras reelaboraciones literarias, como las de Borges. Son interpretaciones de diferente orden y con diferentes formatos y soportes”.

 

¿Fierro en La Pampa?

 

En el campo de la especulación resulta tentador el pensamiento de ubicar –con todo lo que sugiere el contexto del libro - algunos de los sitios donde habría estado Martín Fierro.

 

En el final del libro referente a la Ida el protagonista y su compañero Cruz rumbean en busca de refugio “pal lao donde el sol se esconde”, o sea al oeste. Y siguiendo esa dirección la única posibilidad de encontrar tolderías estaba lo que es hoy nuestra provincia, ya sea en el noreste pampeano –los ranqueles- o hacia el suroeste donde, a mitad del milenario Camino de los Chilenos se ubicaban los toldos de los Curá, en Chilihué. En cualquier caso esas parcialidades se estaban en lo que es hoy La Pampa.

 

Esa estadía de Fierro entre los indios - que pone de manifiesto un muy fuerte resentimiento para con ellos - fue muy posiblemente reflejo de los cristianos de la frontera ante la tradición de malones y cautiverios, sentimiento similar al que tenía la gente paisana para con los cristianos y por iguales causas. El libro abunda en muy interesantes detalles de la cultura paisana, que no es del caso tratar aquí.

 

El retorno de Martín Fierro a los cristianos también avala esta ucronía (reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos) de una estadía en La Pampa. El gaucho alzado huye de la toldería que lo albergaba y junto con una cautiva que lo acompaña “(…) alcanzamos con salú/ A divisar un sierra,/ Y al fin pisamos la tierra/ En donde crece el ombú”.

 

Siempre dentro del campo de la inducción, yendo desde La Pampa hacia el este y después de un trecho no demasiado largo, se comienza a divisar el perfil de las sierras de La Ventana, que refrenda lo aquí considerado, meramente especulativo, como dijéramos.

 

 

* Colaborador

 

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