Lunes 20 de mayo 2024

Relatos sobre Calfucurá y Namuncurá

Redaccion Avances 04/06/2023 - 12.00.hs

Compartimos en esta página un texto preliminar a los relatos de la investigadora y folcloróloga alemana Bertha Koessler-Ilg en su libro “Tradiciones araucanas”, donde habla sobre Calfucurá y Namuncurá.

 

 

Bertha Koessler-Ilg *

 

 

Bertha Koessler-Ilg fue una folcloróloga alemana que llegó a Argentina con su marido médico y desde 1920 hasta su fallecimiento en 1965 vivió en San Martín de los Andes. Allí fue recogiendo el acervo oral de su admirado y querido pueblo mapuche, lo que le mereció el título de “la araucana blanca”.

 

En sus Tradiciones araucanas (publicadas por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata en 1962), se recoge toda una serie de relatos sobre Calfucurá y Namuncurá. Transcribimos aquí la nota preliminar a esos relatos:

 

 

“Interesada desde temprano por la figura extraordinaria de este famoso cacique, he reunido, a través de muchos años, notas sobre él, representativas de la impresión que causó en la imaginación araucana. Por tratarse de material fragmentario y disperso, lo reúno aquí en forma de nota preliminar a las tradiciones sobre Kalfukurá y su hijo y sucesor:

 

 

Según la leyenda, la madre de Kalfukurá dio a un perro grande el cordón umbilical del recién nacido, envuelto en grasa. El perro tragó el paquete entero, sin morderlo; en caso contrario, el hecho hubiese sido de mal augurio para el niño. El perro se encariñó con él. Después de algunos años, enemigos del padre quisieron secuestrar a la criatura, pero el perro, grande, valiente y apegado al niño, lo salvó y mató a algunos de los secuestradores. Ya desde que Kalfukurá era niño sucedían cosas extrañas en torno suyo. A su madre, a consecuencia de la impresión que le causó pisar los huesos de una víbora, se le retiró la leche. Una voz desconocida le dijo: “Si a una vaca le atas la ubre de modo que se parezca a tu pecho ella tendrá leche para tu niño”. Y realmente fue así.

 

Se afirma que fue protagonista de muchos sucesos prodigiosos. Si, por ejemplo, quería cruzar un arroyo con sus tropas, este se secaba hasta el otro día. Hasta las rocas se partían para darle paso.

 

Se dice que su caballo preferido tenía en el lomo un hueso más que los caballos comunes, y por eso era tan veloz. Una vez tuvo un caballo de siete colores, el animal más maravilloso de la tierra. Lo llamó Treumún, es decir, Notru, posiblemente por su brillante colorido.

 

Cuentan que un día Kalfukurá subió al cerro más alto de su vasto territorio y allá arriba chocó con el sol. Y que desde entonces el sol y él caminaron juntos, como antes habían hecho todos los grandes jefes. De su ‘hermano’ Kilapán conocemos también una leyenda similar.

 

Dicen también que cuando el gran cacique tenía que tomar una decisión grave visitaba a una machi en una salamanca, o bien se guiaba por los movimientos de dos pájaros negros, que a menudo lo orientaban y defendían del peligro. Por ejemplo, una vez, en plena noche, en que él estaba con sus guerreros acampados frente al enemigo, los pájaros dieron tales graznidos y gritos, lo picaron y molestaron tanto, que Kalfukurá llamó a su gente y ordenó un ataque nocturno, que fue una gran victoria. Otra vez, estaba indeciso ante una grave resolución y se dejó guiar por los dos pájaros que, volando delante de él, lo condujeron a una gruta habitada por seres misteriosos, grandes espíritus -gruta que tiene papel importante en muchas leyendas y cuentos, llamada Kurumalal- y allí Kalfukurá fue aconsejado por ellos, que lo decidieron a la lucha. […]

 

Dicen que Kalfukurá era invulnerable gracias a una gruta donde los viejos se hacían invulnerables y aprendían a recitar y cantar el verdadero canto de los brujos. También se atribuía su invulnerabilidad a la piedra mágica que llevaba siempre consigo, envuelta en una tela preciosa. El arma que contra él se dirigía rebotaba en su coraza, que estaba cosida de siete capas de cuero de cisne, y provista de rayas rojas y blancas, igual que la coraza de Chokori.

 

Los viejos afirmaban que sus éxitos como jefe de guerra se los debía en gran parte a su capacidad de observar la naturaleza, don predominante en él. Una vez, según cuentan, un chinchimoyo le trajo una noticia que salvó a su ejército de una segura destrucción. Él sabía practicar la magia que solo conocían los brujos superiores. Y era esa magia la que le allanaba los caminos. Como suele decirse de los grandes conductores de pueblos, parece que Kalfukurá obedecía una voz interior que lo guiaba a la victoria.

 

[…]

 

Dicen que sus ojos tenían una fuerza extraña. Que obligaba a los hombres a mirarlo en los ojos para asegurarse de que decían la verdad. Para los culpables, mirar los ojos de Kalfukurá era el peor castigo. Nadie podía jurar en falso mirándolos. El poder de Kalfukurá sobre los hombres era muy notable, y aún hoy los mapuches hablan de él en voz baja, afirmando que sus poderes los había recibido del sol.

 

[…]

 

Cuentan los viejos que Kalfukurá era sonámbulo y epiléptico. Y que, para evitar o disminuir los ataques, ponía debajo del sitio en que dormía una cabeza de caballo. Mirar el cielo, las constelaciones, le proporcionaba una especie de alivio cuando su situación era crítica o estaba preocupado. Conocía las estrellas por su nombre. Su constelación predilecta, Uelu uitrau, era también su consejero, tenía una influencia especial sobre él.

 

Cuando se le preguntaba por su salud, siendo ya viejo, dicen que respondía siempre: “Ya hace mucho que mi corazón está alegre y contento porque todavía está sano. Todavía late como un caballo travieso que caracolea: pelala, pelala, pelala. No parece que esté demasiado cansado todavía. Hace más de cien años que caminamos juntos”. Muchas veces, los hombres de su época se preguntaron si su corazón estaría constituido de otra forma que el corazón de la gente común, porque realizaba cosas increíbles. Decían que el corazón de Kalfukurá fue siempre su guía, que el cacique lo obedecía, que el corazón era como una luz capaz de penetrar en la tierra, en el interior del mar y de la montaña, que veía todo para comprenderlo. Cuando, mucho más que centenario, Kalfukurá murió en 1872, sus secuaces, juntos y llenos de temor, abrieron su cuerpo. Cuentan que hallaron dos corazones que seguían latiendo alegremente, que no podían morir, y que seguramente todavía laten debajo de la tierra, llenos de vida y fuerzas eternas y que, tal vez por eso, la tierra tiembla a veces. Algunos han enviado espíritus para que lo averigüen; y los espíritus han vuelto llenos de miedo porque por poco no han perdido la vida: los corazones siguen latiendo debajo de la tierra para poder volver en ayuda de los araucanos, a conducirlos a la victoria final. Otros suponen que Kalfukurá está de vuelta ya sobre la tierra como un gran soberano o como blanco, compensando las derrotas y humillaciones con sus trabajos, y que se lo podrá reconocer por la piedra azul, que estará en su poder, la piedra del sabio Kalfukurá, el talismán que él encontró en los riñones de su caballo predilecto; piedra que, según dicen, no poseen los descendientes, los Namunkurá, cuya piedra santa es aquella que llegó nadando sobre el agua en un momento de gran miseria.”

 

 

* Folcloróloga

 

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