Domingo 19 de mayo 2024

Siete vidas

Redaccion Avances 09/07/2023 - 09.00.hs

La columna literaria de Caldenia, cuya compilación está a cargo de Gisela Colombo, ofrece en esta oportunidad un relato del escritor y politólogo chaqueño Nelson Specchia.

 

Gisela Colombo *

 

Zé lo mira con unos ojos lánguidos desde la rama más baja del garapuvú, y el Falucho se desespera: ladra, salta, gruñe, rasca la arena del patio, gira sobre sí mismo, hipa con un hilo de voz aguda... El gato, que innegablemente disfruta de la impotencia del Falucho, estira el lomo, se despereza y se acuesta en la rama baja, dejando caer la cola, que se mueve apenas unos centímetros a un lado y al otro, en un suave “no, no, no.”

 

La estridente disputa entre Falucho y Zé comenzó hace años, cuando nos trajeron el cachorrito de Cocker Spaniel a nuestra recién ocupada casa de Canasvieiras.

 

Habíamos rodado tanto, que la llegada del perrito nos dio una sensación de sosiego, de estabilidad. Cuando a Carlos lo despidieron del frigorífico, en Río Ceballos, comenzamos un peregrinaje que parecía que no iba a terminar nunca. Seis meses antes, también lo habían echado a mi suegro, obligándolo a una “jubilación anticipada” a pesar de que llevaba media vida en el frigorífico. Carlos y yo teníamos 23 años, habíamos hecho planes para casarnos en ese verano del 2001, pero el país se empezó a caer a pedazos y el casamiento quedó relegado a un segundo plano. Y a un tercero y a un cuarto cuando quedó claro que no habría trabajo para ninguno de los dos en Córdoba.

 

Varios de nuestros amigos, que estaban en la misma -o casi- habían decidido probar suerte en Europa. Las colas en el Consulado de España, en la primera cuadra del Boulevard Chacabuco, empezaban a armarse la tarde del día anterior. La gente iba en grupos, con silloncitos plegables, mates, una conservadora con sándwiches y gaseosas.

 

Se quedaban toda la noche ahí, en la vereda del Boulevard, haciendo cola para sacar un número apenas abriese el Consulado. Pero, en mi familia, el único español había sido el bisabuelo de mi mamá, y Carlos era nieto de un italiano y de una sirio-libanesa; estuve haciendo algunas averiguaciones y los trámites iban a ser largos, no era seguro que salieran bien y nos costarían una plata que no teníamos. Mis suegros nos ayudaban, claro, pero con el padre de Carlos también sin trabajo, no estábamos para inversiones de riesgo.

 

Antes de la debacle, yo había estado trabajando en el Sívori, primero en la cocina del hotel, y después en el restaurant. Se me daba bien el tema de atender gente y todo lo relacionado con la hotelería. El Sívori hubiera sido un buen lugar para que una chica como yo hiciese carrera. Había terminado el secundario y, como decía mi viejita, “me daba maña para lo que fuera menester”. Pero ni siquiera tuve oportunidad de que me pasaran a planta: entre la inflación, la caída del turismo y la inestabilidad del país, que estrenaba un presidente por semana, el hotel se quedó con un mínimo de empleados y se desprendió de todos los contratados. Y ahí fui yo, también a la calle.

 

Por las noches, en la cama, sin poder dormir y sin siquiera ganas de acariciarnos, con Carlos evaluábamos una y otra vez las alternativas que teníamos: emigrar a España aunque no tuviésemos los pasaportes; mudarnos a Buenos Aires o a Rosario; abrir un kiosco en una parte del living de la casa de mis suegros, despachando por la ventana del frente; o algunas aún más disparatadas, como irnos al sur, a la Patagonia, a criar ovejas.

 

Intentábamos disimular el vértigo ante el vacío que teníamos enfrente con alguna dosis de humor: su indemnización habían sido unos pocos pesos, los teníamos, en billetes, en un sobre en la misma habitación, pero cada día valían menos. Debíamos encontrar algo, y rápido.

 

La idea vino de doña Luisa, mi suegra. “¿Y si prueban en Brasil...?”, dijo una mañana en que estábamos los cuatro tomando mates en la mesita de la cocina. “Allá están mejor que aquí, no es tan lejos como Europa y hay muchos hoteles, en las playas.

 

Vos, Nena, podés pedir en el Sívori alguna referencia, capaz encontrás un laburito allá, y otro para Carlitos...” “Mamá, ninguno de los dos habla portugués”, cuestionó Carlos.

 

Pero me miró con una chispa en los ojos: la noche anterior, en el acostumbrado insomnio lleno de planes, había quedado flotando una frase: “y pensar que soñábamos con irnos a Brasil de Luna de Miel...”

 

La rodada que comenzó en Córdoba y terminaría en Canasvieiras tuvo múltiples paradas intermedias. El larguísimo trayecto en colectivo nos dejó primero en Camboriu, para donde mis ex empleadores del Sívori me habían dado, finalmente, algunos contactos. Aquello no salió del todo bien. Seguimos rodando por los hoteles y las hosterías de playa, con suerte diversa, empujados por la marea de turistas argentinos que pueblan, verano a verano, las costas brasileñas. Después de un par de años en Barra de Lagoa, unos cordobeses nos dieron el dato de esta hostería en el norte de la isla de Florianópolis en que recalaríamos. Mirándolo desde hoy, pienso que estábamos tan cansados que tampoco lo hubiéramos logrado aquí sin el cariño inmenso y el apoyo que encontramos en nuestra vecina, Silmara, uno de esos ángeles portentosos y optimistas que te devuelven -contra todo indicio en contrario- la fe en el otro.

 

Silmara y Pedro, viejos pero llenos de energía, vivían en una gran casa celeste y rosa que daba a la primera línea de playa. Estaban allí desde mucho antes que esa parte de Canasvieiras se globalizara y se hiciera un balneario de turismo de masas. En el fondo de su terreno, apenas a unos cien metros del mar, habían construido esta cabañita para alquilar en los veranos. Algunas malas experiencias con los inquilinos de temporada los habían alejado del negocio; la tuvieron desocupada hasta que llegamos nosotros, recomendados por el dueño de la hostería donde comenzamos a trabajar con Carlos.

 

Con Silmara y Pedro recuperamos algo que habíamos dejado en Río Ceballos y casi habíamos olvidado: el hecho simple de sentarnos a una mesa, a tomar un café o unas cervezas, y conversar de bueyes perdidos, sin apuro ni objetivo. Eran una ecléctica mezcla de abuelos, padres y amigos mayores: simples, risueños y sabios. Con ellos sentí que había dejado de rodar, que estaba en un lugar donde podría construir algo mío. Y la llegada de Falucho, un tiernísimo cachorrito Cocker color té con leche, ayudó a que nos sintiéramos, por primera vez, como una familia en su casa.

 

El único altercado de esa postal bucólica, con fondo de palmeras y sonido de olas rompiendo en la arena, era que Silmara y Pedro tenían un gato overo, casi tan viejo como ellos, Zé, que era la luz de sus ojos. Apenas pudo corretear por el patio común entre ambas casas, Falucho renovó con Zé una lucha ancestral, que iba desde la puerta trasera de la cocina de Silmara hasta la puerta de entrada de nuestra cabaña: la distancia entre ambas aberturas fue la tierra de nadie, el campo de batalla donde nuestras mascotas materializaban la disputa que ha enfrentado a perros y a gatos desde que se incorporaron a la vida doméstica de los hombres.

 

Al principio, y dada la relación casi paternal que nuestros vecinos tenían para con su gato, nos preocupamos. Pero cuando vimos que todas las cartas estaban jugadas a favor de Zé, y que aunque hiciera todos los berrinches de la zoología canina y pusiera sus mejores esfuerzos, Falucho nunca le daría alcance, nos relajamos e incorporamos esa disputa primitiva entre las especies a nuestra cotidianeidad.

 

Pedro tenía una pequeña fazenda en el corazón de la isla, y una vez al mes se iban a su campito por algunos días. Silmara me dejaba encargada de que cuidara de su casa, especialmente en los veranos, con las playas llenas de gente. Se habían ido ese fin de semana de diciembre y el domingo a la noche nosotros llegamos muy tarde a la cabaña. Habían sido unos días de locura, con la hostería completa todo el tiempo.

 

Falucho nos recibió, como siempre, con su desmesurada alegría y agitando espasmódicamente la cola. Pero, a diferencia de todas las noches, esta vez no estaba solo: el cuerpo exánime de Zé -desgarrado, sucio, lleno de arena y de hojas- estaba entre sus patas.

 

Le quitamos, con esfuerzo, el cadáver del gato. Lo pusimos sobre la mesa y nos miramos: ¿qué hacíamos ahora? Pedro y Silmara habían sido nuestros redentores, el cordón que había vuelto a unirnos a la vida, ¿cómo decirles que nuestro chucho les había matado a su hijastro felino? Tomábamos mate, café, fumábamos. Falucho nos miraba desde el suelo, con esa media sonrisa dibujada que tienen los perros, esperando que lo premiásemos por el éxito de su persistencia, o que, al menos, le devolviéramos su trofeo.

 

“Seamos cobardes -propuso finalmente Carlos-: no les digamos nada”.

 

Llenamos la pileta de la cocina y bañamos el cuerpo ya rígido de Zé. Le sacamos la tierra y la arena de los orificios, las hojas y los pastitos. Con mi secador de pelo le alisamos las cerdas overas del lomo, le peinamos la cola. Doblándole las patas en la típica posición que usaba para descansar en la rama baja del garapuvú del patio, lo acomodamos, ya con las primeras horas de la madrugada, en el ventiluz semiabierto de la cocina de Silmara, que era el lugar que el gato utilizaba habitualmente para entrar y salir de la casa. Y rápido. Nuestros queridos vecinos llegarían en cualquier momento.

 

“No sabes, Neninha, lo que nos aconteció”, me contó Silmara la tarde del miércoles, cuando tuve mi franco. Estábamos tomando cafecito en las poltronas de su galería trasera y Falucho correteaba sin rumbo por el patio. Yo puse cara de circunstancia, y me concentré en no mirar hacia donde estaba mi perro. “La semana pasada, Zé, pobrecito, se murió de viejo. Me partió el corazón, pero bueno... ya tenía casi 30 años, había vivido todas sus vidas…. Con Pedro hicimos un hoyo allá, abajo del garapuvú, y lo enterramos. Pero este lunes, cuando volvimos de la fazenda, ¡nos estaba esperando en su ventana! Hermoso: peinadito y brillante. De las siete vidas, parece que todavía le quedaba una, y la aprovechó para salir y venir a despedirnos, mi almita”, concluyó Silmara, firme en su determinación de mirar siempre el lado bueno de las cosas.

 

Nelson Specchia (Las Breñas, Chaco) es politólogo, fue Catedrático Jean Monnet (ad personam) en la Universidad Católica de Córdoba y es profesor titular regular ordinario en la UTN. Ha publicado la novela Giuseppe (Barcelona, 2001); los volúmenes de relatos El brujo (Plan de Lectura, 2009); La cena de Electra (Edhasa, 2016); Como un vaso sin whisky entre las manos (Hojas del Sur, 2021); y Traficantes de sangre (Yammal, 2022). En poesía, Poemas Montunos (2001); Cuaderno de bitácora (2004); Espejos nublados (2006); Otras geografías (2016); Ritos de paso (2017); Diálogos con demonios (2019); Mientras los veranos mueren (2020); Agua (2021) y Baruch y yo (2022), además de libros de crónicas y ensayos.

 

* Docente y escritora. Compiladora

 

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