Un animal no humano
Sebastián Chun, Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires, becario Doctoral y Post-Doctoral por la UBA y el CONICET, nos invita a indagar por qué la cuestión animal es un problema ético-político que se extrapola al ámbito de lo humano.
Sofía Pavesi *
La propuesta del filósofo Sebastián Chun no excluye, pero sí excede los debates actuales propuestos por las nuevas modalidades de alimentación vegetal. Evidencia lo violento de una crueldad que trasciende y ha trascendido históricamente entre las existencias animales humanas y animales no humanas, a través de su división.
En su ensayo El animal que luego estoy siguiendo, Jacques Derrida habilita el asombro: “Un animal me mira. ¿Qué debo pensar de esta frase? El gato que me mira desnudo, y que es realmente un gatito, ese gato del que hablo, que es también una gata, no es tampoco la gata de Montaigne el cual, sin embargo, dice “mi gata” en su Apología de Raimond Sebond.” Un poco más adelante insiste en el misterio: “La gata que me mira desnudo, ésta y ninguna otra, ésta de la que hablo aquí no pertenece todavía, pero nos estamos acercando, a la familia de [los gatos de Baudelaire\ de Rilke o de Buber]. Al pie de la letra al menos, estos gatos de poetas y filósofos no hablan. “Mi” gata (aunque una gata no pertenece nunca) ya no es tampoco esa que habla en Alicia en el país de las maravillas.”
Derrida se pregunta “¿Cómo puede un animal mirarnos de frente?”, y sigue: “Al animal, al gato así llamado real en cuanto animal, podemos hablarle, él no responde, no realmente, nunca, esto es lo que concluyó Alicia. La literalidad cuenta, y también la cuestión del animal. La cuestión de la respuesta animal pasa a menudo por lo que está en juego en una letra, por la literalidad de una palabra, a veces de lo que “palabra” quiere decir literalmente.”
La pregunta que hace Derrida acerca de la mirada directa de otros ojos sobre los nuestros no es ingenua. A partir de ella, el filósofo expone un posicionamiento político: ¿qué clase de alteridad concedemos a esos ojos animales que nos miran?
El filósofo Sebastián Chun comienza con una afirmación atribuida a Theodor Adorno: “Auschwitz comienza cuando alguien mira un matadero y piensa ‘solo son animales’”. El acto discursivo de igualar los efectos de un matadero de animales con los efectos del exterminio nazi desestabiliza la estructura del pensamiento sobre el animal no humano. Esta afirmación es útil para introducir a la filosofía de la animalidad, que abarca otras disciplinas como la historia, la biología, la etología. Es un encuentro interdisciplinar que intenta problematizar el modo de construir históricamente la figura del animal, entendido como otro que siempre está allí, disponible para nuestro uso, para el usufructo, para la explotación.
- Si te alejaras de la teoría filosófica por un momento: ¿creés que es realmente posible concretar una ética y una política que incluya toda la animalidad?
- Lo importante es pensar en el intento y sus implicancias. Una de ellas es el riesgo de desarrollar un proceso de deshumanización, propio de las políticas del nacional-socialismo, que lo que hicieron fue señalar que, dentro de la existencia humana, había una parte determinada de la población no tan humana como la otra. Por lo tanto, se trata de un proceso que también habilita la posibilidad de legitimar una violencia de jerarquización sobre las existencias.
- Sí podríamos pensar, entonces, en un vaciamiento de esa significación histórica peyorativa que ha tenido el término animal para generar una ética capaz de proteger esa existencia de la jerarquía que se le ha impuesto a lo largo de los años.
- Así es, esto obliga a pensar en la deconstrucción derridiana: hacer temblar las fronteras, analizar su multiplicidad. El pensamiento de la desconstrucción aboga por las diferencias, por límites diversos, móviles, contingentes, históricos, porosos, caracterizados fundamentalmente por lo heterogéneo. En última instancia, esto significa que no hay unidades monolíticas, con una frontera clara y distinta: se trata del planteo contrario a una división impoluta entre el animal humano del animal no humano.
Derrida defiende un pensamiento de la contaminación constitutiva que aboga por otro modo de relacionarnos con la alteridad, con eso otro, con lo extranjero.
Es posible, en este sentido, reflexionar sobre el pensamiento del filósofo Emmanuel Lévinas, acerca de romper con la tradición a través de una ética opuesta a la fagocitación del otro, que no es más ni menos que respetar el hecho de que ese otro, en este caso el animal no humano, no debe ser subsumido a un tipo de universalidad que lo generalice.
- ¿El término “contaminación” es clave para entender la lógica del pensamiento fronterizo propuesto por Derrida?
- Ese término está vinculado con eso que somos a partir del contacto con lo otro.
Derrida habla de “la lógica de lo autoinmunitario”, cuando desplegamos nuestras barreras inmunitarias para defendernos, expulsar, combatir eso otro contaminante que pone en riesgo la salud del cuerpo vivo que queremos mantener sano e indemne, esa misma barrera se vuelve sobre sí misma.
Ocurre que eso otro frente a lo que pretendemos defendernos inútilmente ya está en nosotros. La diferencia nos habita.
- Según lo que conversamos hasta ahora, queda claro que los límites que dividen las animalidades son porosos, múltiples, diversos y contaminables entre sí porque aquello que habita al otro, habita en mí, entonces ¿esto explica por qué la violencia termina siendo una trampa?
- Reconocer que no hay una frontera clara y distinta entre el animal humano y el animal no humano significa que mucho de los argumentos que usamos para legitimar la violencia regresan sobre sí, porque la diferencia fronteriza que separa las existencias está llena de fisuras. La barrera inmunitaria es imposible.
- ¿Es posible ampliar esta lógica y aplicarla a otras jerarquizaciones históricas?
- Desde el pensamiento de la interseccionalidad es posible pensarlo y se me viene a la mente la autora Sunaura Taylor, que propone el cruce de esto que hablamos con el capacitismo, por ejemplo. Un proceso de jerarquización entre aquellos humanos que tienen todas las capacidades y aquellas personas con discapacidad. Estas discapacidades implican que hay algo propio de lo humano que muchas personas no tienen.
- El conflicto inevitable que deviene de lo anterior es la potestad de la lengua, que otorga el poder de posicionar a un ser, política y éticamente, como superior a otro.
- Para responderte, se me ocurre la estrategia argumentativa de Derrida en El animal que luego estoy siguiendo: en primer lugar, establece una tradición de filósofos que defiende la existencia del animal-máquina -una existencia meramente útil- sin tenerlo en cuenta como parte del pensamiento sobre lo humano, estos autores son quienes “no se ven vistos por el animal”; en segundo lugar, plantea un conjunto vacío en la historia de la filosofía, quienes sí se ven vistos por el animal; en un momento nombra a Baudelaire y, por supuesto, él también se incluye como parte de la escasez de este conjunto.
Esto ocurre porque, por supuesto, el pensamiento metafísico occidental se construye sobre el privilegio de lo humano, de la razón, del logos.
- De hecho, casi al principio de su texto, Derrida retoma Alicia en el país de las maravillas para evocar la palabra imposible entre seres animales humanos y no humanos. A continuación, me gustaría cerrar con el fragmento de un cuento escrito por Clarice Lispector -cuya obra es íntimamente cercana a la cuestión animal-. Se llama “El Búfalo” y, de algún modo, sintetiza tu explicación filosófica y su mirada literaria sobre el asombro de verse visto por un animal y el extrañamiento como un modo de encuentro con lo radicalmente otro:
“Él se aproximaba, el polvo se levantaba. La mujer esperó con los brazos caídos a lo largo del abrigo. Despacio este se aproximaba.
Ella no retrocedió ni un solo paso. Hasta que él llegó a las rejas y allí se detuvo. Allá estaban el búfalo y la mujer frente a frente. Ella no miró la cara, ni la boca, ni los cuernos. Miró sus ojos. Y los ojos del búfalo, los ojos miraron sus ojos. Y fue intercambiada una palidez tan honda que la mujer se entorpeció adormecida. De pie, en un sueño profundo. Ojos pequeños y rojos la miraban. Los ojos del búfalo. La mujer cabeceó sorprendida, lentamente meneaba la cabeza. El búfalo estaba tranquilo.
Lentamente la mujer negaba con la cabeza, espantada con el odio con que el búfalo, calmo de odio, la miraba. Casi absuelta, meneando la cabeza incrédula, la boca entreabierta. Inocente, curiosa, entrando cada vez más hondo en aquellos ojos que sin prisa la miraban, ingenua, con un suspiro de ensueño, sin querer ni poder huir, presa del mutuo asesinato.” Fragmento del relato “El búfalo”, Clarice Lispector.
* Colaboradora
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