Miércoles 29 de mayo 2024

Un mar quieto

Redaccion Avances 18/06/2023 - 09.00.hs

En una nueva entrega de La Maga, Gisela Colombo presenta un texto de Fernando Linetzky, autor oriundo de Avellaneda pero residente de La Rioja donde fundó la librería Rayuela.

 

Gisela Colombo *

 

Mucho odio en la tele. La patada voladora de Cantoná cuando jugaba en el Manchester repetida una y otra vez. Odio. Un hombre con barba y piernas de maceta, comportándose como niño furioso, creyéndose hombre. Me sobrepasa. Como las bolsas de basura atrás de la puerta de la cocina. Tres bolsas llenas. Es sábado y empieza a anochecer y a mí me da no sé qué esta casa tan sola. Hoy se cumplen dos meses desde que ella se fue.

 

–Quedate con toda esta mierda –dijo. Ni siquiera lo gritó.

 

Se llevó a mi hijo con ella. Antes se encargó de aclararme que por fin había encontrado un hombre. Un tipo sensible que la escucha, al que le importa si ella sufre, si está mal. Yo le dije algo sin importancia; ni siquiera sé si lo dije, lo pensé o lo susurré. ¿Qué iba a decir?

 

Ella dijo que me iba a avisar cuándo podría ver al nene. Por unos meses iba a ser imposible porque se iban a una gira de artesanos por la costa. Fue fácil imaginarlos en un micro viejo yendo de pueblo en pueblo con sus chucherías para vender. Mi nene en brazos del otro hombre, del hombre de verdad, mirándolo hacer pulseritas y collares. Feliz, lejos de mí.

 

Está oscureciendo y no tengo nada que hacer salvo sacar la basura que vengo acumulando desde que ella se fue. Estuve pensando y no pude recordar la última vez que le dije que la amaba. Igual ya no tiene importancia.

 

Cuando se fue, abrí la puerta apurado y corrí hasta la esquina. Miré para todos lados, pero ya no estaba. Busqué cigarrillos en el bolsillo y encontré el chupete viejo, mordido, con el que mi hijo se dormía cada noche. Lo apreté fuerte.

 

Una vez mi papá me dijo que yo arruinaba todo lo que hacía. No me lo dijo con maldad, me lo dijo más como advertencia. Que era una herencia familiar, que así éramos los hombres de la familia, no había nada que hacer. Yo tenía doce años. En lo primero que pensé cuando mi hijo nació fue en eso: yo nunca se lo iba decir. Ni a los doce ni a los veinte.

 

Está llegando la medianoche, apago la televisión y voy al baño. Me agarro de la pileta y me miro a los ojos en el botiquín. Con el tiempo banditas y aspirinas van cambiando por vendas y tranquilizantes. Giro los dos espejos de los costados hacia adentro. Miro mi perfil derecho, el izquierdo, me miro de frente. Tendría que salir; darme una ducha, afeitarme, vestirme bien, perfumarme y salir a caminar; entrar en algún cine. En algún bar ver si hay alguna mina sola. Contarle cómo extraño al nene, cómo extraño a mi mujer.

 

Vuelvo al sillón. Ya no hay nada que hacer acá. Ya no siento el olor de las bolsas: pero hablan entre ellas. Y las escucho. Hasta que no las saque no voy a poder salir a ningún lado. Ella y el nene podrían volver de un momento a otro y entrar a la casa. Lo primero que sentirían es el olor a podrido que ya no distingo, el zumbido insoportable que hacen las moscas encima de las bolsas. Ella diría: ¿Qué hizo? ¿En qué se convirtió este hijo de puta? Peor, se preguntaría: qué hago yo acá, para qué volví. Y su arrepentimiento me lastimaría más que la decisión de haberse ido.

 

Hasta que no haya sacado la última bolsa no voy a poner un pie fuera de esta casa. Lo que debería hacer es levantarme de este sillón. Dar un salto, correr a la cocina, agarrar las bolsas y salir de acá. Agarrar las tres bolsas más la que está en el tacho, dos en cada mano y a la calle. Quizás si saco la basura todo se arregle.

 

Agarro la bolsa que todavía está en el tacho y la ato con un nudo; la suelto encima de las otras tres. Miro la montaña con una especie de cariño. Me estoy moviendo. Estoy vivo. Abro el tercer cajón del mueble de la mesada y saco una bolsa nueva, la pongo en el tacho.

 

Agarro dos bolsas con cada mano. Pesan más de lo que yo creí. Las arrastro un poco. Empiezo a transpirar. Me gustaría secarme la transpiración. Pero si apoyo las bolsas en el piso quizás ya no pueda sacarlas. Prefiero hacer todo de un tirón.

 

Camino por el pasillo de la cocina al living. Los brazos me tiemblan pero falta poco. Cuando me doy cuenta ya es tarde: una de las bolsas se abrió por abajo. Me doy vuelta y veo un camino de mugre. Como si fuese esos senderitos de jardín, flores y piedras rosadas a los costados, pero en este caso es basura: cáscaras de naranja, latas de atún, colillas de cigarrillos.

 

Me quedo transpirado, descalzo, mirando el camino. Suelto las bolsas que hacen un ruido seco al caer al piso. Agarro una y la rompo al medio. La llevo al living, la levanto lo más alto que puedo y dejo que la basura vaya cayendo y desparramándose por todos lados. Busco otra bolsa y hago lo mismo. Paso a paso: bolsa, basura, piso.

 

A una la pateo cuando va cayendo. A otra la agarro del extremo y empiezo a girar a toda velocidad y la basura vuela por todas partes. Contra el vidrio del balcón, contra las paredes. Cuatro bolsas. Así hasta que no queda ni una sola.

 

Me siento bien: agotado y satisfecho. En el piso casi no hay lugar sin basura. Parece un mar quieto. Camino descalzo por encima. Las moscas son gaviotas. Me tiro en el sillón.

 

Quisiera dormir, pero no voy a poder. Entonces saco el chupete del bolsillo del pantalón y me lo pongo en la boca.

 

Fernando Linetzky nació en Avellaneda, en 1976 y en 2003 se trasladó a la Ciudad de La Rioja donde fundó la librería Rayuela. Estudió música, cine, letras y biología para luego comenzar su producción literaria bajo la supervisión de la narradora Alejandra Laurencich. En el 2012 su cuento Un mar quieto, fue elegido como Primer Premio por el jurado compuesto por Martín Kohan, Patricia Suárez y Claudia Amengual en el Concurso de Cuentos de la Fundación Itaú. En la Feria Provincial del Libro de La Rioja, en 2015, su cuento Afuera el sol recibió el Primer Premio en categoría Cuento, y en 2016 su libro Hay fiesta en casa obtuvo la Primera Mención en el Concurso del Fondo Nacional de las Artes. Afuera el sol -galardonado con el Primer Premio en el Concurso Nacional Luis de Tejeda 2019- es también su primer libro publicado.

 

* Docente y escritora. Compiladora

 

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