8M: Madres sostén de hogar, las más sufridas

Redacción Avances 08/03/2021 - 08.33.hs

La “feminización de la pobreza” no es sólo una denuncia del movimiento feminista; es un fenómeno multicausal que muestran las estadísticas.

 

IRINA SANTESTEBAN

 

Celia tiene 32 años y es mamá de 3 hijos varones; su pareja, Eduardo, es albañil y trabaja de manera informal, sin aportes ni obra social. Celia percibe la Asignación Universal por Hijo y durante la pandemia, cobró los tres Ingreso Familiar de Emergencia que el gobierno nacional dispuso para los sectores más vulnerables. Sólo 3 en todo 2020. Eduardo estuvo meses sin trabajar, así que el único ingreso de ese hogar, hasta que comenzó a activarse lentamente la construcción, fueron esos planes sociales. Actualmente Eduardo tiene más trabajo, pero los ingresos totales de esta familia de 5 personas, no llega a los 59.382 pesos de la Canasta Básica Total, que establece el Indec como el límite de la pobreza. Y eso que no pagan alquiler, porque viven en una casita construida en los fondos del terreno de la casa de los padres de Celia. Han comenzado las clases, pero ella no pudo comprar zapatillas ni los útiles para sus hijos.
Jésica es mamá sola, tiene 26 años y 2 hijes: un varón de 10 y una nena de 4, y sólo cuenta para su manutención con la AUH. También percibió los 3 meses de IFE durante 2020, pero hoy ya no tiene ese ingreso, y por eso está buscando trabajo como empleada doméstica o en empresas de limpieza. No le resulta fácil por su falta de referencias, ya que nunca trabajó fuera de su hogar. Para el caso que pudiera lograr un empleo remunerado, tendría otro problema: ¿quién cuidará de sus niñes durante las horas que ella trabaje?
Igual que Celia, tampoco ha podido adquirir zapatillas ni útiles escolares para que sus hijes comiencen las clases. El dinero que ingresa a su hogar tampoco le alcanza para el sustento diario, por ello los sábados van al comedor de la iglesia del barrio y el resto de los días, el alimento escasea, se las rebusca para cocinar con los productos más baratos de la canasta de indigencia, que hoy asciende a $18.886, según el Indec, para una familia de 3 integrantes (datos de enero 2021). Ella no recibe ninguna ayuda del padre de sus hijes, de quien se separó porque era violento, y logró excluirlo del hogar sin que la siguiera hostigando. Tuvo más suerte que otras mujeres, que no han podido cortar el vínculo de la violencia de género, o que aún intentándolo, continuaron sufriéndola. A algunas les costó la vida, como a las 58 mujeres víctimas de femicidio en lo que va de 2021.

 

Las más pobres.
La situación de Celia y Jésica es la demostración del fenómeno que los estudios de género denominan la “feminización de la pobreza”. No es un eslogan de los movimientos feministas, es la realidad: las estadísticas del primer semestre de 2020 del Indec informan que el 40,9% de la población es pobre, de ese universo, el 62% son mujeres, y esta cifra se profundizó a medida que se fue agravando la crisis sanitaria y económica. Afecta más duramente a aquellas que son único sostén de hogar. Como contrapartida, en el sector de mayores ingresos, el 60% son varones.
Esa cifra oficial atrasa, ya que todas las consultoras coinciden que los escandalosos aumentos en los precios de los productos de consumo popular, que se han dado a fines de 2020 y principios del año que estamos transitando, han aumentado ese porcentaje a cerca del 50%.
La pobreza en las mujeres abarca varias dimensiones: falta de oportunidades y de ingresos propios, distribución del tiempo, escasas posibilidades laborales, falta de capacitación para aspirar a mejores puestos de trabajo, tareas de cuidado familiar a su exclusivo cargo, salarios bajos, inserción laboral precaria, ausencia de cobertura de seguridad social, etc.
Celia comparte la responsabilidad familiar con su pareja, quien a su vez trabaja y genera ingresos, pero no les alcanza y por ello forman parte del porcentaje que se encuentra por debajo de la línea de pobreza.
Jesica, único sósten de su familia, debe asumir la exclusiva responsabilidad de la crianza y el cuidado de sus niñes, ante la ausencia del padre. Ello le genera también un relativo aislamiento, con escasos vínculos sociales ante la situación de violencia que padeció, una muy baja calidad de vida con pocas posibilidades de obtener mejores y mayores recursos económicos. Lejos de visualizar una salida, el círculo de la pobreza se realimenta y aumenta.

 

Desigual.
Las mujeres perciben salarios más bajos, en relación a los pares masculinos y ello se traduce en la consigna “Igual remuneración por igual tarea” del movimiento de mujeres. En el sector del empleo formal, esta desigualdad es del 27%, mientras que las que están en la informalidad, ganan un 37% menos que los varones.
Desde hace 5 años, las marchas convocadas para el 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a la que se agrega también la reivindicación de los colectivos de la diversidad sexual, han dado lugar al llamado Paro de Mujeres. Sin embargo, esta exigencia es poco tenida en cuenta por las centrales obreras y sindicatos, tradicionalmente conducidos por dirigentes varones. En el mejor de los casos, se convoca formalmente a la huelga, pero en los hechos no se cumple.
Las tasas de no registro formal de empleo en las mujeres son las más altas de toda la economía, por ello son las más afectadas por la precarización laboral.
No sólo perciben más bajas remuneraciones y encabezan los porcentajes de informalidad, sino que, además, a las mujeres les cuesta mucho más conseguir empleo, incluso en los sectores de alta calificación. La resistencia de las patronales a contratar mujeres jóvenes, para no tener que pagar “molestas” licencias maternales, ni aceptar permisos para atender infancias (enfermedades, responsabilidades escolares, etc.), es la explicación a este fenómeno. Aunque no se lo reconozca, en la mayoría de las entrevistas de empleo, la posibilidad de ser madre figura en los requerimientos; no así para los postulantes varones.

 

Tareas de cuidado.
Antes denominadas “domésticas”, estas tareas siguen estando mayoritariamente en manos femeninas, aunque los nuevos tiempos marcan un ascenso en la asunción de las mismas por parte de los varones. Las cifras siguen siendo demostrativas de la inequidad de género, ya que, según la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU, 2013), las mujeres realizan la mayor parte del trabajo doméstico no remunerado: el 76 por ciento. Además, la dedicación horaria de las mujeres más que duplica a la de los padres: mientras dedican 9 horas diarias al cuidado de niñas, niños y adolescentes y otras responsabilidades del hogar, los varones destinan poco más de 4 horas.
Eso en relación a las tareas no remuneradas. En el sector de trabajadoras de casas particulares, la mayoría siguen siendo mujeres, en un sector del empleo donde la informalidad es la regla, a pesar de los esfuerzos insuficientes del Estado para que su situación laboral sea registrada. Por ejemplo, el pago del trabajo doméstico puede deducirse del impuesto a las Ganancias.
Según el espacio Economía Feminista casi un quinto de las mujeres que trabajan, lo hacen como empleadas de casas particulares. Así se ratifica que las mujeres se ubican mayoritariamente en los sectores laborales menos favorecidos, con más bajas remuneraciones, más precarios y con menores perspectivas de ascenso.

 

Indicadores.
El Observatorio de Género del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) reveló indicadores sobre la vulnerabilidad laboral y social que afecta a las mujeres, en un contexto de crisis. En el ámbito específicamente laboral, los empleos más “feminizados” como la docencia (74% son mujeres), la salud (69%) o el trabajo doméstico (95%), tienen los salarios más bajos.
Informalidad: la tasa de empleo no registrado es del 39% en el caso de las mujeres, comparada con el 34% de los varones.
Hogares monoparentales: el 83% de las familias con un solo sostén, tiene a una mujer al frente. En estos hogares no sólo hay menores ingresos sino que además no se reparten las tareas de cuidado. Si la mayoría de estos hogares tienen como sostén a una mujer sola, se entiende el fenómeno de la feminización de la pobreza.
Y es un círculo que se retroalimenta, porque las mujeres, ante la necesidad de sostener el hogar y a sus hijes, aceptan trabajos más precarios o peor remunerados.

 

Políticas públicas.
Para revertir esta situación, el Estado debe tomar las decisiones necesarias, sin esperar que sea “el mercado” ni apelar a la “responsabilidad social” de las empresas para promover los cambios que hacen falta, camino hacia una igualdad laboral entre trabajadoras y trabajadores.
Por ejemplo, establecer la obligatoriedad de jardines maternales en las empresas y las oficinas estatales. También buenos centros de cuidado de adultos mayores y personas con discapacidad, cuyo cuidado recae casi siempre en las mujeres de la familia. Por dedicar más horas que los varones a las tareas de cuidado es que las mujeres luego tienen menos tiempo para la capacitación laboral, o para asumir tareas que requieran mayores exigencias horarias, con mejores remuneraciones.
Por ello, en este 8M, la pobreza y la desigualdad laboral, deben ser, junto a la eliminación de la violencia de género, las principales exigencias hacia el Estado, para que se destine presupuesto suficiente y se promuevan políticas públicas efectivas para lograr una sociedad con más justicia e igualdad.

 

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