Se cumplen 40 años: El desastre de Chernóbil sigue presente
Cuando la nube tóxica producida por Chernóbil cubrió Europa, sus vacas comenzaron a producir una leche radiactiva que terminaría en las mesas argentinas. A 40 años del desastre nuclear, la repetición de esa historia demuestra que sostener la memoria, más que necesario, es imprescindible.
FLAVIO FRANGOLINI
Durante la madrugada del 26 de abril de 1986, un sacudón despertó a los pobladores de Pripiat, ciudad ucraniana cercana a la frontera con Bielorrusia. Temblaron ventanas, los muebles chocaron entre sí y todos percibieron un sismo. Pero las alarmas jamás sonaron, porque no era un movimiento tectónico sino la explosión del reactor número cuatro de la central nuclear de Chernóbil, ubicada a tres kilómetros. Fue el desastre nuclear más grave de la historia y hoy se cumplen 40 años.
A 13 mil kilómetros de distancia, nadie imaginaba que las consecuencias llegarían hasta aquí. Sin embargo, poco tiempo después, al mismo tiempo que albergaba a decenas de ucranianos afectados por la radiación, el gobierno argentino distribuía alimento radiactivo entre las familias vulnerables del país. Conocido como el “escándalo de la leche contaminada” o “caso Spadone” este episodio fue el primer gran caso de corrupción en la gestión menemista.
Explosión atómica
La Central Vladimir Ilich Lenin era “el orgullo del átomo soviético”. Construida entre 1970 y 1977, tenía seis reactores RBMK-1000 que usaban grafito como moderador y agua como refrigerante. Además de energía, permitía producir plutonio militar a bajo costo, aunque resultaba inestable a baja potencia. Aquella fatídica madrugada sus operadores realizaban un experimento para probar si durante un corte de energía, la inercia de las turbinas podía alimentar las bombas de agua de emergencia. Desactivaron el sistema de refrigeración automático, pero pronto el reactor se volvió inestable.
En un desesperado intento por detenerlo, un operario activó el “botón AZ-5”, pero las barras de control (“frenos” del reactor) tenían puntas de grafito y, en lugar de detener la reacción, causaron un pico de potencia. El vapor hizo volar la tapa de 2.000 toneladas y expuso el núcleo del reactor a la atmósfera. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), esa explosión liberó 400 veces más material radiactivo que la bomba en Hiroshima y generó una nube tóxica que se propagó sobre gran parte de Europa.
Sin protección especial, rápidamente acudieron los bomberos creyendo que era un incendio común. La mayoría murió en semanas, afectada por irradiación aguda. El gobierno soviético no alertó inmediatamente sobre el accidente y Pripiat fue evacuada recién 36 horas después. En ese lapso, muchos vecinos se reunieron sobre un puente ferroviario para observar el “fuego azul” que despedía el reactor, exponiéndose a niveles letales de radiación.
En los días siguientes decenas de helicópteros arrojaron 5.000 toneladas de arena, plomo, arcilla y boro sobre el núcleo abierto para sofocar el incendio y absorber neutrones. Se estableció una “zona de exclusión”, fueron desplazadas unas 120.000 personas y comenzó la construcción de un sarcófago para contener la radiación: quedó terminado en noviembre y medía 170 metros de largo, 66 de ancho y 45 de altura.Entre 2016 y 2019, financiado por 45 países, se construyó el Nuevo Sarcófago Seguro (NSC). Tiene 110 metros de alto, 150 de ancho, 256 de largo y una vida útil estimada en cien años.
"Liquidadores" en Argentina
Mientras Chernobil escupía fuego azul al cielo, el destino de argentinos y ucranianos comenzaba a anudarse en una trama paradójica. El veneno invisible de Europa del Este encontraría formas opuestas de ingresar al país: como refugiados necesitados de cura y como un negocio sucio que busca víctimas.
Detrás de los bomberos llegaron “liquidadores”, trabajadores de emergencia enviados para limpiar la central y territorios adyacentes. Eran empleados de la planta, bomberos, soldados y mineros de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y otras naciones soviéticas. Trabajaron en la descontaminación, construyeron asentamientos, depósitos de residuos, presas y sistemas de filtración de agua, y edificaron el primer “sarcófago”. En pocos minutos recibían la dosis de radiación que una persona común recibe en toda su vida.
El ingeniero Oleksandr Zahorodnyuk trabajó 28 días a 200 metros del reactor 4 midiendo radiación sobre una camioneta blindada. En 1998, a instancias de un médico que le aconsejó “alejarme de la radiación y consumir comida que no brillara” se mudó a Argentina. Hoy vive en Buenos Aires y en varias entrevistas ha reiterado “este país me salvó” porque su salud mejoró notablemente.
No fue el único. Unos 15.000 ucranianos emigraron a Argentina buscando aire limpio para mitigar efectos de la radiación. Entre ellos Dimitri Panasetskyi, ya fallecido (su viuda, Lyudmyla Panasetska, vive en Villa Luro); Olga Sakovich, que vino con dos hijas pequeñas y reside en Hurlingham; Valentyna y Olesksiy, un matrimonio radicado en Misiones y dedicado a la lechería, y Tatiana Kachanova. Sus testimonios animan innumerables crónicas y publicaciones que buscan sostener la memoria sobre el desastre.
Mala leche y corrupción
Tras la explosión, una nube radiactiva cubrió gran parte de Europa. Irlanda, Holanda y Francia sufrieron contaminación de sus pastizales con Cesio-137 y Cesio-134 y sus vacas comenzaron a producir leche con altos niveles de radiación, que fue declarada no apta para el consumo masivo y sus productores ofrecieron por precios irrisorios en el mercado internacional. Varios países latinoamericanos con controles más laxos aceptaron toneladas de esa leche radiactiva, entre ellos México, Brasil, Venezuela y Argentina, que la adquirió a través del Plan Nacional de Salud Materno Infantil.
En 1991, el ministro de Acción Social, Julio César “Chiche” Aráoz direccionó una compra masiva de leche en polvo proveniente de Francia y Holanda por unos 16 millones de dólares. La licitación fue ganada por dos empresas: Summum, del asesor presidencial Carlos Spadone, y la fraccionadora ERA SA, propiedad de Miguel Angel Vicco, secretario privado del presidente Carlos Menem.
La leche se distribuyó bajo la marca “Jorgiano” y a fines de 1991 aparecieron las primeras denuncias de niños intoxicados. Greenpeace envió cajas de leche Jorgiano al Departamento de Física de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde la física nuclear Patricia Massolo lideró las pruebas que revelaron presencia de isótopos radiactivos de cesio, confirmando que provenía de zonas afectadas por el desastre de Chernóbil. También detectaron contaminación con bacterias Escherichia coli. El escándalo forzó las renuncias de Vicco y Spadone y se inició una causa judicial por “defraudación a la administración pública" que recayó en el juzgado de Ricardo Weschler. Las pruebas eran claras y evidentes, pero la justicia tardó años en procesarlos. En 2005 el juez Rodolfo Canicoba Corral cerró la causa por prescripción técnica y sin condenas firmes. Un símbolo de la impunidad que marcó aquella época.
La historia se repite
Hoy, el fantasma de inseguridad alimentaria regresó a Europa escondido en la bacteria cereulida. En enero de 2026, una falla sistémica en los controles de higiene de Nestlé, Danone y Lactalis derivó en una contaminación masiva de fórmulas infantiles (marcas NAN, Almirón y Damira), obligando retirar productos en 60 países. La alerta técnica en Francia e Irlanda escaló hasta los tribunales internacionales, donde se procesan demandas colectivas con imputaciones de negligencia en la producción y demora deliberada para informar sobre la toxicidad de la bacteria (Bacillus cereus) que puso en riesgo la vida de miles de lactantes.
A fines de enero, la Anmat emitió alertas oficiales y ordenó el retiro preventivo de varios lotes debido a la posible presencia de la toxina cereulida.
Cuatro décadas después, esta simetría cierra una historia circular y sugiere que la geografía del descarte no parece haber cambiado. Si la leche contaminada que Europa descartaba tras el desastre de Chernobil terminó en mesas latinoamericanas, el escenario actual repite esa lógica de “basurero del mundo”. Mientras los países desarrollados endurecen litigios penales, las partidas sospechosas de grandes gigantes lácteos encuentran nuevos caminos hacia las góndolas del tercer mundo.
A 40 años de Chernobil, la leche contaminada se reitera como vector de una injusticia histórica: los poderosos siguen sosteniendo su lógica de un mundo integrado por pueblos de primera y otros, destinados a digerir sus desechos.
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