Cuestión de todos

Redacción 12/01/2022 - 00.33.hs

De todos los pasivos políticos y económicos, de todas las secuelas de tierra arrasada que dejó el gobierno de Mauricio Macri a su paso por la Casa Rosada, el más pesado es sin dudas el de la deuda externa. Es un lastre que van a padecer los argentinos durante mucho tiempo, por causa de haber votado a una alianza política neoliberal que, haciendo honor a sus intereses de clase y a sus antecedentes ideológicos -programas económicos de Martínez de Hoz, durante la última dictadura, y de Domingo Cavallo, durante el menemismo y el delarruísmo- endeudó al país sin escrúpulos.

 

Las dudosas convicciones democráticas de la derecha endeudadora serial volvieron a quedar en evidencia con dos operaciones recientes. La primera, dejar sin Presupuesto al Poder Ejecutivo; la segunda, intentar escaparse del tratamiento de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional como si fuera ajena al problema. Pero semejante descaro le valió un fuerte conflicto interno pues algunos socios radicales -con algo más de vergüenza política- salieron a desmarcarse, admitiendo responsabilidades y cuestionando la "borrada" de sus socios en Juntos por el Cambio.

 

La deuda no es un problema de este gobierno. La contrajo su antecesor y la van a seguir padeciendo sus sucesores. Lo que sí puede imputarse a la administración actual es una gran ingenuidad con relación a las negociaciones con el FMI. El monstruoso crédito que el organismo le dio tan livianamente a Macri fue, por lejos, el mayor otorgado a un solo país. Y lo hizo por voluntad expresa del gobierno de EEUU -que tiene la batuta en el seno del Fondo- con el objetivo declarado de ayudar a la reelección de Cambiemos en 2019. Es, por lo tanto, un problema político antes que económico. Y así debería ser abordado -e investigado- por el gobierno actual.

 

En medio de este desastre hay un único aspecto positivo. Las secuelas del endeudamiento van a ser tan condicionantes que es muy probable que los debates y las reacciones masivas no tarden en llegar. No será más un tema de minorías con conciencia política, porque incidirá directamente en la vida de todos los argentinos. De los jubilados, de los asalariados, de las Pymes, de los científicos, de los docentes, de los deportistas, etc. Hoy sabemos que el FMI no cambió, como pretenden algunos funcionarios del gobierno, que mantiene inflexibles sus tradicionales posturas, que exige que se cumpla su receta de siempre que incluye duros ajustes hacia abajo, nunca hacia arriba (los ricos son intocables y cualquier atisbo de aumentar impuestos a los más pudientes para mejorar la recaudación es considerada una herejía).

 

El gobierno dice que no cederá ante esas demandas y que defenderá el crecimiento. Es muy loable, pero si en verdad elige esa senda deberá recostarse más decididamente en los sectores populares, a quienes deberá movilizar, pues es el único camino para enfrentar al FMI y a sus socios locales de la derecha neoliberal con todo su poderío mediático puesto al servicio de fomentar la resignación y el sometimiento.

 

La divisoria de aguas será muy clara, como lo fue en la pelea contra los fondos buitre. Pero ahora las condiciones económicas generales son peores y los castigados sectores medios y populares, si no quieren seguir perdiendo por goleada, deberán involucrarse más activamente. No hay otro camino, salvo el engaño del pensamiento mágico.

 

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