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Domingo 08 de febrero 2026

El año de la rata

Redacción 08/02/2026 - 00.16.hs

Aclaremos en primer lugar que esta columna no estará dedicada al horóscopo chino, ¡qué más querríamos nosotros! (por otra parte, 2026 no es el año de la rata, sino del caballo de fuego, sea lo que fuere el bicho que los chinos llaman con ese nombre). El título es un ayuda memoria para conseguir, cuando esté editado, el libro del periodista inglés Harry Shukman, que se pasó un año de su vida clandestinamente infiltrado entre los distintos grupos de ultra derecha en Gran Bretaña, muchos de los cuales siguen al partido Reform UK y su infecto líder Nigel Farrage. Promete ser una lectura más que interesante, aunque ya nos han arruinado un poco la sorpresa, revelando que la génesis de toda esta escoria política es la soledad, el aislamiento y la frustración (sobre todo, masculinos).

 

Rata.

 

La propuesta periodística no es nueva. Ya a comienzos de los 2000, la periodista Norah Vincent había hecho una experiencia similar infiltrándose en distintos ámbitos masculinos, posando como hombre, lo cual derivó en su libro "Self made man" (2006) en el cual descubre, para su sorpresa, que no todos los hombres disfrutan los privilegios del patriarcado, y que en su mayoría experimentan... soledad, aislamiento y frustración, sin siquiera la posibilidad de expresarlo emocionalmente como sus pares femeninas.

 

Lo de "rata" en este caso se refiere al oficio del infiltrado, el fisgón, el espía, el delator, que en inglés recibe ese apodo poco halagüeño. Pero también podría referirse a esos hombres pequeños, roedores de su propia miseria económica y existencial, caldo de cultivo para los fascismos del mundo.

 

Curioso que la rata tenga tanta mala prensa. Se trata de uno de los animales más exitosos en términos de evolución, en base a una no solicitada sociedad con los humanos. Otras especies animales han logrado exhibir una enorme cantidad de ejemplares de su especie gracias a la asociación con nosotros, en la que somos los beneficiarios: a las vacas, los cerdos y los pollos nos los comemos. A los caballos los usamos como bestias de carga, como deporte o paseo... y también nos los comemos. Otros animales proliferan en nuestras ciudades sin beneficio aparente para nosotros: las palomas que atiborran las ciudades sólo sirven como símbolo de paz (un símbolo bastante poco efectivo, se ve). Las ratas, por su parte, y con todo su eficiencia ecológica, no han sido requeridas, salvo para pruebas de laboratorio.

 

Experimento.

 

Lo cual nos lleva a lo que queríamos contar cuando empezamos toda esta perorata. Las ratas son las estrellas de los laboratorios de experimentación, y muchos de nosotros que las repelemos (acaso por la memoria atávica sobre su rol transmisor en la peste bubónica europea unos siglos atrás) haríamos bien en agradecerles su contribución a la ciencia.

 

Sin ir más lejos, una utopía ratona, creada en un laboratorio en 1968, parece arrojar algunos inquietantes paralelos con la sociedad humana contemporánea. Se trata del proyecto "Universo 25", iniciado por el John Calhoun, que consistió en dotar a una comunidad de ratas de infinita protección, alimento y seguridad, sólo para comprobar que, antes de cumplirse el año (día 315) ese "mundo feliz" colapsó en el más absoluto caos.

 

Calhoun no era ningún improvisado: llevaba más de 20 años jugando a ser el dios de las ratas, procurándoles un universo a medida para ver si los pobres bichos alcanzaban la felicidad. Su sueño populista fracasó una y otra vez. Sin embargo, su perseverancia le consiguió el financiamiento del Instituto Nacional para la Salud Mental de EEUU, y construyó una especie de Disneylandia de casi tres metros cuadrados, con 256 departamentos, pasillos para caminar, temperatura controlada, agua y alimento ilimitados, y lo pobló -inicialmente- con ocho ratas.

 

Disney.

 

Inicialmente la cosa anduvo de maravillas: la publicación se duplicaba cada 55 días, y llegó a más de 600 individuos. Sin embargo, el día 315 se acabó la utopía: el crecimiento poblacional se detuvo, y las ratas macho comenzaron a formar pandillas violentas que perpetraban ataques al azar. Los jóvenes se volvieron violentos, los viejos apáticos, y las ratas hembras comenzaron a descuidar a sus crías, dedicándose en cambio a la búsqueda obsesiva de nuevos espacios para habitar y decorar.

 

En todo este caos, apareció un grupo singular, el de las ratas bonitas: dedicadas obsesivamente al cuidado personal, ostentaban un pelaje perfecto, que era todo su objetivo vital: no eran violentas, pero tampoco procreaban ni mostraban interés en los demás. Lo que se dice, las rubias taradas.

 

El día 600 se registró el último nacimiento en la comunidad. Y el día 780, la última muerte. En total, 2.200 ratas vivieron y murieron en Universo 25. Su creador, Calhoun, le atribuyó todo a la falta de objetivos. Su veredicto para las ratas (y para nosotros) es que una sociedad sin retos creativos, sin estructura y sin roles significativos, está condenada al colapso, sin importar su riqueza.

 

Los paralelos con nuestra especie y nuestro tiempo son demasiados para ignorarlos. Cabe esperar que la elite de ratas millonarias que gobierna el mundo y ha podrido nuestras instituciones, nuestros estados y nuestra civilización, hayan tomado nota de este experimento. Si planean construir su propia utopía en Marte o donde sea que piensan fundar su colonia cuando nos abandonen a los terráqueos, harían bien en aprender, de una buena vez, que no todo se compra con dinero.

 

PETRONIO

 

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