El estado cultural
Cada vez que un funcionario nacional oficialista, expresa su postura frente a una temática que nos involucra a todos -directa o indirectamente-, nos invita necesariamente a revisar alternativas superadoras y opuestas a las emanadas desde ese espacio excluyente, inhumano y virtual que es el autodenominado orgullosamente “anarcocapitalismo” estatal.
Frente a esa irresponsable idea de que “el Estado nada debe producir”, felizmente existen visiones muy distantes de ella. Por ejemplo, la Argentina de mediados del siglo XX, enarboló una política cultural estratégica, conforme al nuevo modelo de país que pretendía alumbrar la gestión justicialista del presidente Perón. Durante casi una década, el visionario líder entendió que “la cultura es determinante en la felicidad de los pueblos”, constituyendo “el ser nacional” y habilitando el desarrollo de una vida en comunidad basada en el respeto, la comprensión y la honestidad entre las personas. Postura ideológica fundada en una filosofía humanista y nacionalista, práctica y sencilla, en la cual la cultura no era un mero cúmulo de conocimientos académicos, sino la columna vertebral de la identidad y soberanía nacional.
Perón implementó un concepto “integral” de cultura, en el cual ésta fortalecía el carácter individual de los miembros de una comunidad organizada, para afrontar las dificultades de la vida, no solo para “saber”, sino también para vivir con valores morales que enaltecieran la condición humana. Cuando decía que la cultura “debía enseñar a pensar como argentino” para que después cada uno pensara como se le ocurriera, estaba sugiriendo que el Estado debía brindar esa base de valores nacionales imprescindibles, para una convivencia colectiva armoniosa y pacífica, garantizando la libertad de conciencia individual.
Como buen estadista y visionario -desde su exilio en Madrid-, en la década del sesenta, Perón anticipó la etapa “universalista” que el mundo comenzaba a transitar, reflexionando acerca de la cultura como garante para el sostenimiento de ese “ser nacional”, constituido igualmente por la herencia de los pueblos originarios y su aporte europeo. El “universalismo” -hoy conocido por globalización-, que impondría una uniformidad cultural, emanada básicamente desde las economías centrales, debía contrarrestarse fortaleciendo nuestras propias raíces identitarias, a modo de integración (un nacionalismo inteligente) y no de una mera exclusión de tinte chauvinista.
En todo momento, el rol estatal era concebido como “estimulador” para la libertad de creación, no para la imposición de moldes uniformes inspirados por la obsecuencia temporal de una gestión gubernamental. Todo lo contrario, el Estado debía ayudar y financiar políticas culturales, combinando la acción de los organismos oficiales junto a las iniciativas privadas del sector, ya que el objetivo final consistía en honrar al país y colaborar en la felicidad de todos sus integrantes.
Perón recreó un Estado cultural responsable de su patrimonio: la historia patria, el idioma, el folclore, las tradiciones familiares, la sabiduría ancestral de los pueblos originarios, la poesía, el culto a los próceres y las efemérides nacionales; daban vida a una identidad nacional orgullosa de su pertenencia, abierta a los aportes extranjeros y escuela de vida moral para el desarrollo armonioso de la vida personal y colectiva de una nación.
Por todo ello, vale la pena confrontar posturas -en este caso ultraliberal vs justicialista- y comprobar que existen alternativas superadoras. Lo que no debe producir el Estado es una caterva de funcionarios “funcionales” a patrones apátridas, violentos institucionales, entregadores de soberanía, ecocidas, autoritarios, antifederales, estafadores virtuales, hambreadores seriales, sumadores de millas vergonzantes o beneficiarios de créditos direccionados a la “nueva casta”; a quienes el pueblo -despreciado y traicionado por éstos- les paga un abultado e inmerecido sueldo… hasta la próxima elección, porque esto también pasará.
La mirada reduccionista, vulgar, retrógrada e inhumana del anarcocapitalismo salvaje en la Argentina, ha demostrado lastimosamente lo que es capaz de ofrecer, en perjuicio planificado del bienestar colectivo y la dignidad individual. Ojalá como pueblo tengamos la suficiente sabiduría para hacer valer nuestro destino, sin entregarlo impulsivamente a la sinrazón de unos pocos, disfrazados de novedad. Que así sea.
*Silvio J. Arias
Prof. Ciencia Política – Afiliado PJ - La Pampa
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