Sabado 25 de mayo 2024

Entre el himno y los negocios

Redacción 12/05/2024 - 11.44.hs

Será la casualidad o algún extraño e inescrutable designio de dudoso origen, pero al comenzar a escribir esta columna en tiempos tan antipatrióticos, no pude dejar de percibir que se trataba del Día del Himno Nacional, porque al parecer fue un 11 de mayo cuando fue aprobado como marcha patriótica, y tres días después se estrenaba en la famosa soirée cuya anfitriona era Mariquita Sánchez de Thompson, tal como saben todos aquellos que iban a la escuela en los tiempos en los que la Historia Argentina era una materia importante.

 

Al parecer, los argentinos de aquel entonces, además de pelearse entre sí por los más diversos y variados motivos, creían en la necesidad de contar con emblemas, símbolos, herramientas y demás elementos que hicieran sentir a los habitantes de la región que estaban peleando, todos juntos, por la libertad (la de verdad, no la de mercado) y también por la igualdad (ese mismo año se abolió la esclavitud, en principio con la libertad de vientres), y hasta me animo a insinuar que había cierta búsqueda de fraternidad.

 

Deudas y reclamos.

 

A nadie se le ocurrió decir que "no había que gastar dinero en banderas nacionales" o que "no había presupuesto para pagarles a Vicente López y Planes y a Blas Parera" o que "había que juntar toda la plata posible para pagarles a los ingleses de la Baring Brothers la deuda en que Rivadavia nos iba a meter ocho años más tarde". Ningún vecino reclamaba investigar el grado de parentesco entre Castelli y Moreno (eran primos) ni llamaba "mesaza" a la reunión en lo de doña Sánchez de Thompson. Los diarios de entonces no se preguntaban cuánto dinero costaba que Febo asomase y ya sus rayos iluminaran el histórico convento. En ninguna estrofa del himno dice "al gran pueblo argentino, ¡salud!, siempre que pueda pagar la cuota de la prepaga". Que el enemigo avanzara a paso redoblado desplegando al viento "su rojo pabellón" no hizo que el gobierno de aquel entonces señalase que se trataba de marxistas (al propio Marx le faltaban unos cinco-seis años para nacer, pero ya sabemos que cuando se quiere mentir abunda la creatividad). Nadie le dijo al Ejército del Norte (el de Belgrano) o al de Los Andes (el de San Martín) que "debían circular por la vereda, caso contrario serían reprimidos". Fueron los granaderos –nuestros granaderos, y no "las fuerzas celestiales" ni "los argentinos de bien"– quienes, aliados de la gloria, inscribieron en la Historia su página mejor. Nadie dijo "al virrey Cisneros hay que darle tiempo". Seguro que había –sabemos que había– peleas, contradicciones, rivalidades ideológicas y personales, incluso geopolíticas; nadie las niega. Pero en esos tiempos, si alguien se hubiera negado a contribuir a la gesta diciendo "con la mía, no", habría quedado muy mal parado, y los libros lo recordarían como…, bueno, lo recordarían feo.

 

Cambios y destinos.

 

Dos siglos y un poquito más tarde, el "con la mía, no" impuso su voluntad y preside los destinos argentinos. Al menos, en eso se embanderan quienes explican que "no se podía seguir así" –aunque ahora estemos mucho peor–, "un cambio era necesario" –cambiar la parrillada mixta por una hojita de espinaca– o "estábamos al borde del precipicio" –ahora, estamos en el fondo– , y justifican así su voluntad sufragante, quizás para no tener que agarrárselas a golpes contra su propia neurona. Entonces, festejan los despidos, la pérdida de derechos, que el Estado abandone ciudadanos/as que necesitan de su ayuda, el profundo ajuste de salarios y jubilaciones, la eliminación de subsidios y la privatización de recursos que eran de todos, pero ahora no.

 

"¡Con la mía, no! Con la mía no van a comprar medicamentos que yo no necesito, no van a sostener un precio bajo de medios de transporte que yo no tomo, no van a dar vacantes escolares a chicos que no son mis propios parientes…!". En principio, pareciera que se trata de una discutible polémica, una tal vez desagradable pero en todo caso entendible "defensa de lo propio", un intento de "salvarse solo/a", de "sobrevivir a la crisis" o algo por el estilo. Peeeero... –qué cosa estos "peros", siempre ahí– si nos metemos un poquito más en el tema, vemos cómo esas mismas personas están dilapidando los pocos ahorros que pudieron juntar en los tiempos en los que "estaban peor". Están abandonando o por abandonar la escuela privada, la prepaga, la casa cómoda, la salida de fin de semana, el comer afuera, el turismo, las plataformas de pelis, las reuniones familiares con comida abundante, las fiestas, el comprar ropa, los espectáculos, y toooda una serie de etcéteras, para que esos recursos –que tenían y ya no tienen– sean transferidos a…, a… (bueno, ustedes ya saben quiénes son los beneficiarios).

 

Pero no sienten que todo eso sea "la suya". O sea, si tienen que pagar algo de impuestos para que un pibe humilde coma, se eduque o se cure, dirán "con la mía, no"; pero si pierden la mitad de sus ingresos o más en aumentos de tarifas, precios, etcétera, que van a parar a los bolsillos de los poderosos, dirán "hay que darles tiempo". Y no pensarán que esa plata con la que otros se están quedando es "la suya". Sin embargo, así es. Queride argentinite: cuando "Su Graciosa Tujestad" sube precios y tarifas, y te aplasta el sueldo, o cuando ofrenda el litio, el agua, el petróleo, el aire, los paisajes, la cultura, el conocimiento a los dioses celestiales del Primer Mundo, les está dando "la tuya" a otros, para que hagan sus negocios...

 

Argentinite de mi tricúspide… ¡con la tuya, sí! (Por Marcelo Rudaeff, extractado de Página 12)

 

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