Es un monstruo grande
Lo último que ansía y desea el pueblo argentino es que a sus actuales desgracias se sume, además, "ese monstruo grande" de la guerra.
JOSE ALBARRACIN
El viaje de cuatro días que el presidente argentino acaba de concluir en el Estado de Israel, revela a las claras lo divorciados que están sus inquietudes personales e ideológicas respecto de los intereses nacionales. Más grave aún, su presencia allí coincide con un delicadísimo panorama geopolítico, que tiene a Israel en el centro de la tormenta, y que a no dudarlo tendrá consecuencias negativas para Argentina en el futuro, efectos que probablemente sean permanentes en algunos casos.
Lamentos.
Es sabida la afición del primer mandatario por las citas del Antiguo Testamento, y su permanente coqueteo con la religión judía, que incluye visitas lacrimógenas al muro de los lamentos en Jerusalem. Sería deseable que una persona que ha pasado el medio siglo de edad y ha accedido a la máxima magistratura nacional, tuviera este tipo de cosas resueltas en su vida, como así también su situación familiar.
Pero estos detalles personales -pese a que no deberían implicar erogaciones del presupuesto nacional- son de importancia menor comparados con la enorme cantidad de viajes que, también con supuesto carácter "oficial", se han realizado para apoyar a personajes marginales pero afines ideológicamente (como el depuesto húngaro Víktor Orban) o para recibir diplomas de dudosa procedencia.
Es en ese aspecto que la insistencia en privilegiar su relación personal con Israel y su dirigencia resulta preocupante, además de injustificada desde el punto de vista diplomático. Bien es cierto que Argentina cuenta con un nutrido grupo poblacional de origen judío, aunque dicha inmigración se produjo, mayoritariamente, con anterioridad a la creación del Estado de Israel.
No obstante ello, ese país mediterráneo no figura entre los diez principales socios comerciales de Argentina. Por el contrario, otras naciones que sí están en ese "top ten" jamás fueron escala en los frecuentes viajes presidenciales, como la India o Vietnam. Para no hablar de que, a nuestros dos socios principales, Brasil y China, supo dedicarles insultos y desaires diplomáticos sin precedente ni justificativo alguno.
Timing.
Lo grave de este último viaje es que, además de que en términos diplomáticos y comerciales no se consiguió virtualmente nada, sirvió sólo para participar de las festividades por la "independencia" (debería decirse "creación") de ese Estado. Ocasión en la que, una vez más, el ocupante de la Casa Rosada fue objeto de lisonjas como una condecoración oficial, y un escenario con micrófono para hacer gala de sus dotes musicales.
El momento elegido para la visita no pudo ser peor. El primer mandatario israelí, con el que compartió varios encuentros, se encuentra hoy con pedido de captura por el Tribunal Penal Internacional, acusado de graves delitos de guerra y genocidio. Para colmo de males, se encuentra en curso un conflicto bélico de la más alta repercusión, iniciado por Israel y EEUU contra Irán, que ha tenido repercusiones y episodios bélicos en todo Medio Oriente, y ha afectado la economía de todo el planeta.
En dicho contexto, el presidente argentino se permitió mencionar a Irán como "el enemigo", en un discurso donde empleó la primera persona del plural para referirse al esfuerzo bélico de Tel Aviv. Lo cual representa una demasía: Argentina no está en guerra con Irán; entre otras cosas, porque para declarar una guerra, existe en nuestro país un procedimiento constitucional que ni se ha intentado activar.
Líbano.
Para hacer las cosas aún peores, durante la estadía de la comitiva argentina, Israel aprovechó el "alto el fuego" con Irán para atacar cien distintos objetivos en el Líbano, su vecino al norte -incluyendo la capital Beirut- matando a 350 personas e hiriendo a más de 1.000, con inmensa mayoría de civiles. Para completarla, este fin de semana se difundió la foto de un soldado israelí en una aldea libanesa, destruyendo a martillazos una gran estatua de Jesucristo.
Cabe preguntarse -en la misma semana en que se cumplió el primera aniversario del papa Francisco- si el presidente considera cómo se digieren estos hechos entre la mayoría católica argentina, para no hablar de nuestro importante grupo poblacional de origen sirio-libanés.
Pese a haber invadido al Líbano siete veces en las últimas cinco décadas, y a las espectaculares operaciones de inteligencia para exterminar a Hezbolláh (la milicia pro iraní) en ese territorio, ésta continúa activa. Como lo está Hamas en Gaza. Y como lo está el gobierno iraní, con su uranio enriquecido, su capacidad de fabricar armamento, y su dominio sobre el estrecho de Hormuz.
Escribiendo desde Tel Aviv, la periodista Mairav Zonszein sostiene que, en realidad, la guerra es el estado natural para su país, probablemente porque si la guerra es permanente, la derrota nunca llega. Y está claro que los objetivos militares no se están dando. No obstante lo cual, un 80% de los israelíes apoya este esfuerzo bélico, aún cuando esté comandado por un político corrupto y autoritario con bajísimo nivel de aceptación popular.
Esta es, probablemente, la diferencia más notoria entre Israel y la Argentina, un país eminentemente pacífico, que tras un convulsionado siglo XIX atraviesa ya casi un siglo y medio sin conflictos armados -excepción hecha de Malvinas-. Lo último que ansía y desea el pueblo argentino es que a sus actuales desgracias se sume, además, "ese monstruo grande" de la guerra.
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