Presente de lucha contra la violencia machista

Redacción 30/11/2021 - 00.22.hs

En un informe reciente, ONU Mujeres registró que dos de cada tres mujeres han sufrido violencia o conocían situaciones de violencia de género de personas cercanas.

 

VICTORIA SANTESTEBAN*

 

Pasaron 41 años del asesinato de las hermanas Mirabal, bajo el régimen de Trujillo en la República Dominicana y 40 desde que el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano decidiera recordarlas cada 25 de noviembre como símbolo de lucha contra la violencia de género. La fecha es emblema de resistencia contra la violencia machista, todavía diseminada a lo largo y ancho del mundo. Otro 25N, este todavía en tiempos de pandemia que, entre tantísimos desafíos plantea el de hacerle frente a la violencia contra las mujeres en contextos de aislamiento -sobre todo a la violencia doméstica-.

 

En todo el mundo.

 

La violencia contra las mujeres y niñas constituye una violación sistemática de derechos humanos, diseminada a nivel mundial, que cruza todas las fronteras hasta alcanzar cada cultura, territorio y estrato económico. Una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia machista en alguno de sus tipos y modalidades en algún momento de su vida, conforme los registros de Naciones Unidas. En un informe reciente realizado con datos de 13 países en contexto de pandemia, ONU Mujeres registró que dos de cada tres mujeres han sufrido violencia o conocían situaciones de violencia de género de personas cercanas. También conforme los datos de la ONU existe mayor concientización sobre las violencias contra mujeres y niñas, sobre su carácter estructural, sobre la complejidad en su erradicación y sobre la estructura de valores machista que la sostiene. Existe además un acompañamiento institucional y legislativo mayor que en un pasado no tan lejano.

 

Esta mayor concientización advertida por Naciones Unidas es el producto de la tarea de lucha reivindicatoria de los movimientos feministas que en los años setenta comenzaron a describir una preponderancia impensada hasta entonces. Este camino hacia la visibilización de las violencias sexistas como producto de la desigualdad enquistada entre géneros es responsable además de la legislación internacional -y nacional- que se ocupó de tipificar a la violencia de género como crimen internacional, como violación sistemática y diseminada de derechos humanos y como concepto amplio que además de lo físico, incluye lo psicológico, lo sexual, lo simbólico y lo económico. De allí entonces, que la mayor conciencia acerca de las violencias de género ha posibilitado su identificación, desde las más obvias y brutales hasta las más imperceptibles y sofisticadas: los femicidios, las mutilaciones genitales, los matrimonios forzados de niñas y adolescentes, la trata de personas, los golpes y abusos sexuales constituyen violencia -física y sexual- contra mujeres y niñas como también las amenazas, los insultos, las faltas de oportunidades educativas y laborales, la denigración y humillación, la subestimación y estigmatización, la revictimización y el relegamiento, el empobrecimiento y la explotación.

 

Argentina pionera.

 

En 2009 el Congreso Nacional sancionó la ley 26.485 de Protección Integral hacia las Mujeres, como política legislativa de cumplimiento de obligaciones internacionales marcadas por la Convención Belém do Pará, de prevención, erradicación y sanción de la violencia contra las mujeres. Los movimientos feministas en cada rincón del mundo -Argentina incluida- han conseguido estas conquistas legislativas de reconocimiento de derechos y de protección. De hecho, el caso argentino resulta pionero a nivel mundial en la temática, con el terreno allanado en materia de derechos humanos iniciado por un movimiento de mujeres internacionalmente reconocidas: las Abuelas de Plaza de Mayo. La puesta en marcha de la ley 26.485 y la legislación que le sucedió, ha significado, entre otras medidas, la instalación de oficinas especializadas e interdisciplinarias, la generación de juzgados multifuero abocados a la atención de la violencia machista y la articulación institucional para el abordaje integral de la temática.

 

Pero estos esfuerzos del Estado todavía quedan cortos: cada 32 horas una mujer es víctima de femicidio, y en lo que va de 2021 las mujeres asesinadas por su condición de género suman 227. En cuanto a las estadísticas provinciales, si bien La Pampa se encuentra entre las provincias con menor registro de femicidios, más del 60 por ciento de los casos judiciales corresponden a violencia de género. Los números de la violencia dan cuenta que la puesta en marcha de la maquinaria vigente en materia de protección a mujeres y niñas no está igual de aceitada que la estructura patriarcal y de ahí el desbarajuste entre el mundo legal del deber ser y la realidad. Con un patriarcado todavía enquistado incluso institucionalmente, aquellas medidas de avanzada que buscan desmontarlo se encuentran con que muchos y muchas de quienes deben velar por su vigencia, son funcionales al sistema de opresión.

 

Instituciones vetustas.

 

¿Cuáles serían las vueltas de tuerca para el desarme de modelos que continúan reproduciendo la violencia? El desfasaje entre el mundo del papel impreso con derechos y el mundo real donde se tornan quiméricos y verdaderos privilegios grafica dimensiones paralelas, entrecruzadas por vulnerabilidades que no sólo radican en el género, sino que se adosan a una lista que incluye la clase socioeconómica, la edad, la orientación sexual, el color de la piel. Las nuevas fórmulas se aplican desde instituciones vetustas, viciadas de burocracias que entorpecen cualquier atisbo de acceso a la justicia y ejercicio de derechos. El patriarcado continúa colándose en lógicas de trabajo y así, por más legislación tuitiva y de empoderamiento, sin reformas en esas estructuras reproductoras de violencia -la institucional- continuarán llegando muy tarde las respuestas de un Estado que no termina de hacer lo que sancionó el Congreso. A esta violencia institucional se suma la simbólica que se obsesiona con nuestra ropa para justificar femicidios, la económica que nos precariza y explota, la psicológica que nos insulta, la sexual que nos cosifica todavía más, la física a las patadas y la política que nos excluye y manda a lavar los platos. La reforma a todo ese andamiaje patriarcal es urgente, y exige disrupción, el desaprendizaje total de cada violencia aprendida y naturalizada.

 

*Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.

 

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