Lunes 15 de abril 2024

¿Qué pretende usted de mí?

Redacción 18/02/2024 - 11.57.hs

Las fiestas del carnaval, cuyas cenizas aún flotan en el aire, justifican por sí solas la existencia de la antropología como ciencia. Una tradición milenaria, a la que se han venido agregando capas y capas de rituales, personajes y significantes varios, y que se las arregla para seguir vivita y coleando. Como canta Jaime Roos en "Los futuros murguistas", conmovido por los niños que se inician en el disfraz y la mascarada: "Hay tradiciones que están más muertas que un faraón. ¿Quién baila el pericón? ¿Quién pide que le den la comunión?"...

 

Origen.

 

Lo más probable es que esta festividad -que como tantas otras cosas, nos viene del hemisferio norte y nos agarra siempre con la estación cambiada- se haya iniciado en tiempos anteriores incluso a Grecia y Roma. Y el origen estaría directamente asociado a las estaciones: un mes antes del fin del invierno, cuando ya el frío que conserva los alimentos comienza a ceder, aquellos antepasados remotos habrían decidido establecer una fiesta en la que había que consumir, presurosa y apasionadamente, todas las viandas animales disponibles. A eso le seguiría un mes o un poco más de ayuno forzoso hasta que la primavera venga con alimentos nuevos.

 

No es raro entonces que haya tanta alusión a la grasa en estos días. El "mardi gras" de Nueva Orleans es el martes graso o gordo. Como el jueves lardero italiano ("lardo" es grasa).

 

Como la carne llama a la carne, y como por supuesto el clima de aquel proto-carnaval era festivo y excesivo, no es raro que también se haya asociado la fiesta a los otros excesos carnales, los del sexo. Fue en una memorable película llamada "Carne", ambientada en el rudo mundo de los matarifes y demás trabajadores de frigoríficos, que nuestra Isabel Sarli acuñó su frase inmortal, cuando ante la proximidad de un fornido y amenazante fornicador, preguntó con fingida inocencia: "¿Qué pretende usted de mí?"

 

Ayuno

 

De modo que inicialmente ese período de ayuno o abstinencia al final del invierno (para nosotros, a fines del verano) tendría no tanto un sentido de sacrificio y arrepentimiento por los pecados de la carne (como la cuaresma cristiana) sino más bien el de una costumbre ancestral, forzada por los cambios de estación.

 

Pero como el humano es bicho complejo, atravesado por los significantes, a poco de andar la ceremonia del carnaval se fue volviendo más compleja y pesada. En Grecia eran las fiestas de Dionisio, el dios del vino y la celebración (por oposición a Apolo, el dios de la gimnasia y el aburrimiento), a quien se dedicaban las fiestas bacanales. Esta última expresión proviene de sus seguidoras, las bancantes o Ménades, y probablemente sean el origen etimológico del nombre de Baco, el dios romano del vino. Quién sabe, quizá también sea el origen de nuestra lunfarda palabra "bacán".

 

Las bacanales se transformaron en las saturnalias romanas, y hay que reconocer que fue allí en la península itálica donde la fiesta adquirió la mayoría de sus rasgos más universales. Hasta el nombre (del latín, "carnum levare", abstenerse de la carne) que comenzó a imponerse en la Edad Media, cuando la iglesia romana adoptó la fiesta a regañadientes. Más que nada, para controlarla un poco y para vincularla a la pascua que viene siempre cuarenta días después. Tal parece que parte de ese proceso de sincretismo incluyó la introducción del recatado día de San Valentín, en conmemoración a un obispo que casaba amantes clandestinos, antes de que el cristianismo se volviera religión oficial.

 

A los italianos les debemos el concepto del "corso" (que no es otra cosa que una calle de la ciudad de Roma, donde se celebraban los desfiles en las saturnalias). También la costumbre de los disfraces y las máscaras, supuestamente un método para esconder el pudor de los pecadores durante esos días de frenesí. Incluso los personajes tradicionales del carnaval, Arlequín, Pierrot y Colombina, nos vienen de la antigua comedia italiana.

 

Ornato.

 

Conmueve un poco imaginarse a aquellos toscos campesinos atiborrándose de carne en los tiempos prehistóricos, si se los compara con el ornato y la sofisticación que adquiere la carnestolenda contemporánea, en lugares como Venecia, Nueva Orleans o Río de Janeiro (por no mencionar el glorioso carnaval que organiza en Anguil la peña "De ida y vuelta").

 

Conmueve, también, cómo la tradición se empeña en no morir, incluso habiendo sufrido la prohibición religiosa y -más cercanamente entre nosotros- dictatorial. Por mucho que los militares eliminaran el feriado y prohibieran los bailes, llegaba febrero y algunos barrios, como el San Telmo porteño, vibraban al compás de los tambores.

 

Y es que a los "apolíneos" militares no podía gustarles nada del carnaval: ni la fiesta, ni el libertinaje, ni, por sobre todas las cosas, la explosión expresiva de las murgas, cuyas canciones y recitados invariablemente incluyen el humor y la crítica política (como en Montevideo, o como en las "chirigotas" de Cádiz).

 

Por lo visto el carnaval es un sentimiento y no puede parar. Con decir que, esta semana, la fiesta pagana consiguió torcerle la muñeca al presidente y ablandarlo, al punto que le envió un aporte millonario a la provincia de Corrientes. Acaso, preferimos pensar, es otro milagro del Rey Momo.

 

PETRONIO

 

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