"Un tiro de gracia"
La impiedad que ha demostrado el gobierno mileísta en cuanto a las clases más desprotegidas de la sociedad argentina ahora parece apuntar a dos aspectos complementarios entre sí: la concientización de los habitantes a través del disfrute de los parques nacionales y el turismo social.
Los parques nacionales argentinos –Iguazú, Humahuaca, Bosque Petrificado, Lanin, por no nombrar más que algunos— son apreciados en todo el mundo y no es casual que los visitantes, argentinos y extranjeros, se contaran por miles. En ello no solamente influía la belleza de los sitios: también la adecuada infraestructura, con acceso gratuito, que los hacía accesibles a cualquier persona. Pero ahora, fiel a los principios que han regido toda su acción, el gobierno de Javier Milei la ha emprendido con esas reservas naturales, no solamente dificultando económicamente los accesos sino --como era de esperar— abriendo las puertas a la privatización total o parcial de algunos, medida acompañada de una reducción de personal, con retiro voluntario o cesantía venidera. También sumó una desregulación en los requisitos para ser guías en esos lugares. Dicho de otra forma: la nefasta motosierra en plena acción. La justificación de esas medidas tiene la misma carga de necedad de otras similares y previas: achicar el Estado.
En otras palabras: la misma sandez que llevó a ratificar los recortes al Plan Nacional de Manejo del Fuego en plena vigencia de incendios en zonas boscosas, algunas de ellas en parques nacionales.
El otro aspecto a considerar reporta a la cierta repugnancia que (en palabras propias) manifiesta el Presidente por todo lo que tiene carácter social, en este caso el turismo de esa condición.
Los hechos corroboran que la privatización de los sitios de esa condición ubicados en lugares tradicionalmente turísticos es inminente. Ya ha comenzado con el pase a disponibilidad de los empleados en el complejo de Chapadmalal, con el casi centenar de hectáreas que complementan a la parte habitacional. Con una dolorosa ironía, un medio porteño calificó el procedimiento como “un tiro de gracia al turismo social”.
El desguace se puso en marcha con la falta de mantenimiento a las unidades –que son magníficos complejos edilicios, de condición adelantada a la época en que fueron construidos— lo que incrementó los riesgos ambientales, sanitarios y de seguridad. En sus épocas de esplendor, la globalidad del complejo incluía infraestructura de funcionamiento y hasta albergaba un habitáculo para un eventual descanso del presidente de la República.
Como era de suponer, las magníficas condiciones paisajísticas del lugar ya han motivado el caranchismo de empresarios, que ven la oportunidad de convertir las playas antaño públicas y abiertas en sitios de exclusividad para el dinero, precisamente allí donde miles de personas de condición humilde conocieron el mar y disfrutaron de vacaciones en un destino turístico por primera vez en sus vidas. Imbuida de ese espíritu, la Legislatura de la provincia de Buenos Aires solicitó el traspaso de esas unidades turísticas a la Nación, hasta ahora sin respuesta alguna.
Al margen del mileísmo, el responsable de este triste acontecer es un conocido tránsfuga: Daniel Scioli, secretario de Turismo. De su accionar se dice en la zona que “lo de Scioli fue una traición a la historia de Chapadmalal”.
Se diría que también a la ideología política de la que presumió en algún tiempo.
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