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Martes 21 de abril 2026

Una cosa es el gobierno y otra cosa es el poder

Redacción 21/04/2026 - 00.17.hs

La última dictadura trajo el neoliberalismo, y con él la subordinación del poder político al poder económico. Sin romper esa matriz será muy difícil recuperarse del naufragio libertario.

 

SERGIO SANTESTEBAN

 

“Cámpora al gobierno, Perón al poder” fue la consigna de la campaña electoral que llevó al triunfo al peronismo en las elecciones del 11 de marzo de 1973 convocadas por el dictador Alejandro Agustín Lanusse.

 

Esa frase era, además, una muestra evidente de cómo, hasta entonces, el poder político le disputaba terreno al poder económico y hasta se permitía el “lujo” de decirlo en voz alta. Pero todo eso cambiaría muy poco después, cuando el golpe de Estado de 1976 propició el desembarco del medelo neoliberal en Argentina y cambió las relaciones de fuerza. Videla y Martínez de Hoz se encargaron de que el poder económico-financiero subordinara al poder político con una estrategia que descansó básicamente en el descomunal endeudamiento externo que creció de 7 mil a 45 mil millones de dólares. Desde entonces fue el Fondo Monetario Internacional el que pasó a tener la última palabra en materia de política económica, una pérdida brutal de soberanía de los argentinos sobre su propio país que se interrumpió únicamente bajo los años del kirchnerismo. No por casualidad a partir de aquel momento se empezó a hablar del “poder real” como sinónimo del poder económico. Toda una definición.

 

El primer presidente posdictadura, Raúl Alfonsín, sufrió en carne propia el cambio cuando debió soportar las auditorías periódicas del FMI y sus condicionamientos, los que llevaron a su gobierno a una profunda crisis que culminó con un golpe de mercado, inédito en la historia argentina, que lo obligó a renunciar seis meses antes de concluir su mandato. Alfonsín, que había tenido el valor de enjuiciar a las tres juntas militares, no pudo hacer lo mismo con los cómplices civiles que endeudaron el país y estatizaron las deudas privadas de las empresas. Quedaba así confirmado que, también en democracia, el poder político se sometía al económico.

 

La lección fue rápidamente aprendida por su sucesor, el peronista Carlos Menem, quien de prometer “salariazo y revolución productiva” pasó a aplicar, incluso con mayor rigor que la dictadura, las receta del FMI: privatizaciones a precio de remate –¡para pagar la deuda externa!— y achique brutal del Estado. Su sucesor, el radical Fernando de la Rúa no se apartó un milímetro de ese camino y cayó en 2001 bajo el peor estallido social de nuestra historia.

 

La anomalía K.

 

Dos años después asumía Néstor Kirchner y se permitía un mayor grado de independencia, cabalgando sobre los nuevos aires políticos que soplaban en el continente: Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Correa en Ecuador, el Frente Amplio en Uruguay, Lugo en Paraguay, Evo Morales en Bolivia en los que constituyó una “primavera” que hoy parece tan lejana.

 

Con Néstor y Cristina Kirchner Argentina pudo sacarse al FMI de encima y aplicar políticas económicas y sociales de mayor equidad e inclusión social que desafiaron el rumbo general impuesto desde la dictadura. Pero ese trayecto se interrumpió en 2015 con la llegada de Mauricio Macri –el primer triunfo electoral de una fuerza derecha— y el regreso del catecismo fondomonetarista. Los cuatro años del peronista Alberto Fernández, víctima de la pandemia de covid como de sus propias vacilaciones, también fueron de subordinación al poder económico. Y por último, el proceso de sometimiento alcanzó niveles nunca vistos con la llegada de Javier Milei y su experimento de tierra arrasada.

 

Esta apretada síntesis intenta explicar cómo fue la llegada y la consolidación de un cambio fundamental en Argentina, y en buena parte del mundo, con la consolidación del modelo neoliberal que logró arrodillar a la política ante los intereses de las elites.

 

Qué hacer.

 

En tal escenario, es legítimo preguntarse qué piensa hacer la oposición política que ya empieza a desperezarse con vistas a las elecciones presidenciales del año que viene. La profunda caída de la imagen de Milei y su gobierno devuelven la confianza al peronismo que había quedado grogui luego de las derrotas de 2023 y 2025. Sin embargo hasta el momento son muy pocos los dirigentes que se atreven a formular la pregunta del millón: llegar al gobierno ¿para hacer qué?

 

La cuestión central, y acuciante, en nuestros días casi que no figura en la agenda: cómo acumular poder político para hacer frente al poder económico. Casi toda la dirigencia está enfrascada en tirar nombres, pergeñar alianzas, idear estrategias de marketing con el objetivo de llegar a la Casa Rosada el 10 de diciembre de 2027. Los grandes medios porteños –grandes cómplices de la farandulización de la política y del surgimiento de personajes esperpénticos que no hacen otra cosa que degradarla y fomentar la tirria antipolítica— azuzan la competencia de egos con su conocida ansiedad y pasión por el impacto de las primicias y las encuestas. Nadie recuerda aquella entrevista en la que Cristina Kirchner respondía que un presidente no tiene más del 25 por ciento del poder real. Esa apreciación tuvo lugar hace diez años, por lo tanto con el fortalecimiento del poder económico y el consecuente debilitamiento de los sectores populares en la última década no es tan difícil estimar que aquella porción de poder se derrumbó todavía más en nuestros días.

 

El desafío.

 

El desastre social, productivo, laboral, educativo y sanitario provocado por el experimento Milei ¿podrá ser revertido por un gobierno que surja de la oposición en el mismo tiempo que tardó en generarse? Los condicionamientos de FMI y sus aliados locales ¿podrán ser desafiados para que trabajadores, jubilados y cuentapropistas recuperen sus pulverizados ingresos? Las industrias cerradas por la apertura de la economía y la recesión ¿podrán reabrir y recuperar el empleo perdido? Las retenciones al agronegocio ¿podrán volver a subirse en beneficio del conjunto de la sociedad? Las ominosas leyes de entrega de soberanía y de eliminación de derechos ¿podrán derogarse con la misma velocidad con que fueron sancionadas? ¿O la llegada de un gobierno surgido de lo que es hoy la oposición solo servirá para “cambiar algo para que nada cambie”, o sea, aumentar un poco el tamaño de las migas que llegan desde arriba por efecto del “derrame”?

 

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