Viernes 19 de abril 2024

El agua de los “ríos secos”

Redaccion Avances 24/12/2023 - 06.00.hs

Dice un hermoso poema de Edgar Morisoli, musicalizado por Tucho Rodríguez, “Agua del Agua de Torres, delgada y breve”. La versión del poeta se antepone a la del técnico al caracterizar la reducida presencia del arroyo; el mismo que, en ocasiones, se transforma en un torrente.

 

Walter Cazenave *

 

Más de dos décadas atrás Morisoli había sugerido la posibilidad de estudiar un eventual aprovechamiento de esas aguas cuando fluyen en su condición impetuosa hacia la nada desértica.

 

De aquella consideración surge esta nota, basada en un trabajo de enfoque científico que la respalda. El mismo –modificado para su edición periodística— no tiene otra pretensión que la de aportar a la descripción física de la zona, con vistas a un posible aprovechamiento; para ese propósito, desde luego, haría falta un estudio de más detalle técnico, condicionado a una relación costo-beneficio o una decisión de índole geopolítica a fin de constituir enclaves en el desierto. De hecho apenas traspuesto el límite con Mendoza y sobre el cauce estudiado se desarrollan el poblamiento y los cultivos de Agua Escondida.

 

Técnicas ancestrales.

 

La observación sobre el arroyo está inspirada en el aprovechamiento que desde miles de años atrás hacen de las escasas aguas que precipitan en sus territorios desérticos los pueblos del Cercano Oriente. Tal es el caso de “Israel y Jordania, donde en el Desierto de Negev, han sido descubiertos sistemas de captación de agua de lluvia consistentes, entre otras medidas, en el desmonte de zonas para aumentar la escorrentía superficial, por entonces dirigida a predios agrícolas en las zonas más bajas”. Datan de unos 2000 años a.C.

 

También en América se observan procederes similares. En la civilización maya (1000 a.C. – 1600 d. C) se desarrollaron los chultunes, sistemas de captación y almacenamiento pluvial (…) que dirigían el agua de lluvia hacia su interior durante las estaciones de mayor pluviosidad.

 

Esos procederes aprovechaban lo que la investigación ha dado en llamar “microcuencas” y han sido una forma extendida en los distintos hemisferios, casi siempre en forma independiente. El condicionamiento de los climas, áridos siempre, generó para esos cauces de escurrimientos temporales el término ‘Ríos secos’; este trabajo es una aproximación a su posible aprovechamiento.

 

¿Qué es un río seco?

 

El término río seco es definido por el diccionario como “Cauce de río o arroyo seco, a veces todavía con algo de agua”. Esta definición, es a todas luces escasa en referencias; cabe agregarle la de madreviejas , ya más abarcativa y explícita, que se da en antiguos caminos de los ríos, cauces y meandros en desuso de los cursos tropicales. “Cumplen con una función global de mantenimiento del equilibrio ecológico en las regiones donde se encuentran mediante la regulación hídrica, climática y el sostenimiento de variedad de fauna, flora y microorganismos”. Es posible que, por lógica idiomática esté relacionada con el término madre: “salidos de madre” es una expresión que suele emplearse para los caudales que se apartan del cauce principal del río y de allí que, al menos en el norte de Argentina, se nombre como madrejones, a los cauces abandonados por la deriva fluvial.

 

Los ríos secos constituyen una particularidad hidrográfica bastante común en los desiertos y semidesiertos del mundo; están constituidos por cauces de diversa índole (algunos con gran capacidad de trasporte de caudales) que bajan desde zonas elevadas hasta sus niveles de base, que pueden ser valles fluviales, lagunas o, simplemente, derrames sobre la superficie desértica. Aunque a veces tienen pequeños manantiales en sus cabeceras su acción más notable se produce cuando las lluvias son intensas o de duración considerable. En tales casos las redes de drenaje que los alimentan hacen que, en muy poco tiempo, reciban grandes volúmenes de agua y que, ayudados por pendientes acentuadas, también obren como formidables elementos de erosión y trasportes de sólidos.

 

La Escondida.

 

En el extremo occidental de la provincia pampeana, y muy especialmente en el llamado Martillo o Codo de La Escondida, se da una hidrografía singular, merecedora de ser estudiada con vistas a algún posible aprovechamiento. La zona está condicionada por elevaciones, que se hacen mayores en el lado mendocino, provenientes del conjunto de Sierra Pintada, Sierra de las Peñas y El Nevado. Dentro de las regiones hídricas pampeanas esta zona corresponde a la denominada Región de la Planicie de Chical Có.

 

La mayor singularidad hidrográfica zonal la constituyen los varios ríos secos que bajan desde las alturas mendocinas. Los de mayor capacidad suelen llevar caudales sorprendentes aunque efímeros. Varios son los cauces de esta clase que penetran a La Pampa por el Codo de La Escondida; de ellos cuatro tienen proporciones considerables. El más septentrional es el sugestivamente llamado Butacó (Agua grande, en lengua mapuche). El cuarto, de norte a sur, es el más largo y se extiende desde las faldas del cerro El Oscuro, en Mendoza hasta las cercanías del cerro Negro, un homónimo del que constituye la mayor altura pampeana.

 

Los más destacados.

 

Para adjudicar esa condición de “río seco” se han aceptado criterios geográficos y también históricos y tradicionales, por más que los cauces no cumplan en la actualidad la condición excluyente de llevar agua en forma periódica. Al respecto se mantienen la categoría toponímica que llevan esos accidentes geográficos.

 

Con distinta magnitud y superficies de cuencas de alimentación en aquel noroeste pampeano se pueden considerar varios cursos de la condición citada, de los cuales, como se dijo, hay al menos cuatro que sobresalen. La falta de una cartografía de detalle hace que se carezca de una toponimia integral.

 

Hay motivos prácticos y científicos para suponer que los ríos secos considerados tienen correspondencias subsuperficiales, ya que la observación con sensores remotos evidencia la alineación de poblamientos humanos –llamados “puestos” en La Pampa— a lo largo de trazas que se diferencian en las imágenes con un color distinto al del entorno, lo que sugiere una mayor humedad.

 

Caudales asombrosos.

 

Los ríos secos se activan cuando las escasas lluvias regionales; cuando ocurren precipitaciones de mucha intensidad, de orden zonal casi siempre, la red de drenaje que los alimenta aporta cantidades de agua asombrosas; la considerable pendiente y el caudal que se genera tienen suficiente entidad como para constituirse en obstáculos insalvables durante algunas horas, para derramarse luego en áreas de lagunas temporarias o bajos de mayor humedad que la del entorno. Por tratarse de una región semiárida el fenómeno no es demasiado frecuente y para una consideración utilitaria se haría necesario un análisis estadístico. También, obviamente, un relevamiento topográfico que indique o sugiera una depresión (con el suelo y subsuelo necesarios) capaz de albergar esas masas de agua y su posible aprovechamiento.

 

Todos los ejemplos aquí indicados se refieren a los principales cauces ubicados en el límite pampeano-mendocino, en la parte noroccidental de la provincia, conocido como “Codo de La Escondida”, con ya indicado origen en las serranías mendocinas. A los efectos de este estudio los cauces se han considerado de norte a sur, optando por el de más entidad, que ya se indicara. Este ordenamiento es provisional y se mantendrá hasta conocer las precisiones toponímicas correspondientes. Agua de Torres tiene un manantial permanente y genera en nuestro territorio un oasis de regadío que se remonta al siglo XIX, sistematizado actualmente por las autoridades pampeanas y utilizado también para proveer de agua potable a la localidad de La Humada, ubicada más al sur.

 

Con lo precedente se ha esbozado la parte conceptual del tema, con centro específico en uno de los cursos en consideración. Si tuviera alguna proyección de sentido práctico sería obligado, desde luego, un enfoque de carácter científico –expeditivo al menos— que hiciera a un tratamiento en función de su encuadre hidrográfico –hidrológico. Acaso valdría la pena; si algunos pueblos de miles de años atrás tuvieron la capacidad de hacerlo…

 


 

 

Un ejemplo elocuente

 

Más allá de los detalles técnicos para una nota de índole periodística son más ilustrativos los testimonios que avalan lo que se describe. Para el caso tres ejemplos elocuentes.

 

Como se ha señalado la zona es poco conocida geográficamente, usada esta expresión en un sentido amplio. Es cierto que la magnitud y conformación de los cursos sugiere considerables escorrentías pero escasean (o directamente no existen) datos cuantificables para una evaluación general y efectiva. La carencia de registros induce a la deducción, aunque al respecto hay una referencia sugestiva y confiable.

 

Se trata de la descripción de una tormenta veraniega en la zona, presenciada por el geólogo Emilio González Días durante los trabajos que realizaba en el levantamiento para la hoja geológica Agua Escondida, de su autoría.

 

El lugar específico del registro de González Días -puesto San Pablo- está exactamente sobre el límite mendocino-pampeano, en el costado occidental de la formación orográfica considerada. El río seco estudiado en este trabajo se ubica unos 30 km más al norte del descripto por González Días, por lo que no es arriesgado considerar que la tormenta alcanzara también la cuenca en cuestión.

 

Según el descriptor la intensa precipitación, no medida, provocó un gran escurrimiento en forma laminar que se encauzó luego por el llamado río seco De los Huaycos. En el puesto San Pablo, donde excavó un nuevo cauce; el agua alcanzó los 2,80 m de altura a la 1,40 horas de la madrugada, y siguió escurriendo hasta las 18 hs. Si, acorde con la imagen satelital, estimamos un ancho de cauce de 30 metros y una velocidad del agua cercana al m/s, digamos 0,95 m/s (no demasiado exagerada dada la pendiente que la masa líquida venía descendiendo) nos da un caudal aproximado de 80 m3/s, un valor equivalente a la mitad del escurrimiento medio en la serie del río Colorado. Ese caudal, multiplicado por las aproximadamente 18 horas que duró el escurrimiento principal, arroja una cifra superior a los 5 Hm3, que equivale aproximadamente a la quinta parte de lo que consume en un día la ciudad de Santa Rosa, capital de La Pampa. Obviamente aquella enorme cantidad de agua se perdió en bajos y salitrales sin aprovechamiento alguno. Cabe señalar que los valores han sido tomados, prudentemente, con defecto y no se consideraron los obligados escurrimientos previos y posteriores a los picos horarios consignados. Las características y valores numéricos, fiables por provenir de un enfoque científico, fueron tan singulares que motivaron algunos estudios hidrográficos y estadísticos.

 

 

La potencia del aluvión

 

Alrededor de tres décadas atrás el por entonces dibujante técnico de la Administración Provincial del Agua, Armando Cappello, integró una comisión que viajó a Agua de Torres para instalar un aforador que reforzara los estudios que se iban concretando. La noche de su arribo al paraje recuerda que se desató en las serranías adyacentes una violentísima tormenta de lluvia que multiplicó el caudal del arroyo donde se habían hecho las instalaciones.

 

A la mañana siguiente no había ni rastros de la estructura; al campearla la encontraron a un par de kilómetros del sitio, arrancada y arrastrada por la fuerza de la corriente.

 

Otro ejemplo elocuente es el del ingeniero Luis Morales. En su condición de oriundo de la región recuerda que era común que los vecindarios de La Humada y Agua Escondida se reunieran para la celebración del fin de año. En una de esas reuniones, dice, se comenzó a escuchar algo parecido a un trueno sordo, que crecía. Los lugareños, conocedores de la zona, dijeron que la lluvia de la noche anterior debía haber generado una crecida que finalmente evacuaría el arroyo Agua Escondida y luego el de Agua de Torres. Advirtieron a los pampeanos la conveniencia de cruzar el curso porque, de no hacerlo más o menos de inmediato, corrían el riesgo de quedar aislados por muchas horas en el lado mendocino.

 

Varios aceptaron el consejo; los que lo hicieron ya con el agua presente tuvieron el susto de los vehículos movidos por la corriente, cada vez más impetuosa. Los que se demoraron quedaron, en efecto, detenidos por el impresionante torrente que escurrió durante varias horas.

 

* Colaborador

 

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