Sabado 20 de abril 2024

El libro mágico - Parte I

Redaccion Avances 17/12/2023 - 12.00.hs

Comienza una nueva trilogía de cuentos de fantasía épica a cargo del periodista Alexis Daurelio. El joven trenelense se anima a dar sus primeros pasos en la escritura a través del suplemento Caldenia.

 

Alexis Daurelio *

 

Esta es la historia de Luna, una joven huérfana que vivía en la pequeña aldea de Cristalopia.

 

Los padres de Luna murieron en un accidente de tránsito cuando su hija tenía un año. La pequeña no tenía hermanos, primos ni otro familiar. Estaba sola en el mundo.

 

Luna vivió siempre con una mujer mayor llamada Matilde a quien consideraba su madre.

 

Matilde, por un ataque al corazón, falleció cuando la niña tenía apenas 10 años. Las autoridades de la Dirección General de Niñez de Cristalopia llevaron a Lunita, como le decían todos en el barrio, a un pequeño orfanato cerca de su casa donde solo vivía la directora y dos empleadas.

 

Durante toda su infancia Lunita fue muy feliz. Iba a clases, jugaba con sus amigas y cuidaba el gran huerto donde sembró tomates, lechuga, melones y sandías.

 

El día que cumplió 18 años, Luna regresó del colegio cuando en la puerta del orfanato se encontró con un niño harapiento. El nene tenía unos 10 años, piel curtida, el pelo revuelto, la ropa deshilachada y estaba descalzo. Le dijo que estaba hambriento y que no tenía donde vivir y la joven, conmovida, le ofreció un vaso con leche y galletas. “Esperame afuera que ya vengo”, le prometió Luna al ingresar al orfanato por la puerta principal.

 

Cuando regresó a la calle le alcanzó un vaso con leche y un platón repleto de galletas de chocolate.

 

El niño comió y bebió desaforado. Luna, mientras lo miraba, sintió angustia y le preguntó sí tenía familia o amigos. “Mis padres murieron hace poco y no tengo dónde vivir”, le replicó el nene, con la boca llena. La joven le preguntó cómo se llamaba y de dónde era porque nunca antes lo vio en la aldea. En ese momento, la directora llamó a Luna desde el orfanato.“Esperame acá que ya vuelvo”, le dijo la muchacha al nene. Al regresar a la vereda, no vio al niño por ningún lado. “Se lo tragó la tierra”, pensó.

 

La muchacha determinó ingresar de nuevo al orfanato. Entró en su habitación y, de repente, observó un libro desconocido que tenía sobre la mesita de luz. “¿Quién lo habrá dejado?”, se preguntó.

 

La joven se acostó vestida en la cama, prendió la luz del velador, y abrió el libro por la mitad.

 

De repente una luz mágica iluminó su rostro, se quedó dormida y despertó de un letargo inesperado.

 

La muchacha se levantó del suelo, se refregó los ojos, y contempló un increíble paisaje. “¿Dónde estoy?”, se preguntó por dentro. Al recuperarse un poco observó un hermoso prado de tulipanes rosados sobrevolado por decenas de mariposas amarillas. Caminó unos pocos metros y vio un arco de entrada con una inscripción en letras gigantes negras: “Forasteros, bienvenidos al Mundo Celestial”.

 

La joven estaba desconcertada por completo. Pasó el cartel de entrada y observó una gran colina de margaritas blancas con senderos de tierra marcados por hileras de eucaliptos gigantes. No lo podía creer. “Esto es un sueño”, pensó.

 

Caminó por uno de los senderos que atravesaba la colina y, al llegar a la cima, pudo ver una gran pradera de césped atravesada por un río de miel donde navegaban enanos de cabellos rubios en balsas de madera.

 

“Somos los hombrecillos, del Mundo Celestial, somos los hombrecillos, del Mundo Celestial”, cantaban al unísono los enanos mientras remaban.

 

Sobre la costa del río jugueteaban los colibríes violáceos. Una al lado de la otra, las pequeñas casas redondas de poca altura refugiaban a los elfos.

 

Atónita por lo que veía, Luna caminó por la pradera pero un unicornio blanco interrumpió su paso.

 

“Buenas tardes amada señora nuestra, sea usted muy bienvenida al Mundo Celestial, mi nombre es Ismael”, se presentó.

 

“Ahhhhh”, gritó Luna al no poder creer ver a un unicornio hablar. El animal se acercó despacio. “No se asuste, amada señora nuestra, usted seguro abrió el libro mágico que le permitió el acceso a nuestro Mundo Celestial”, le explicó.

 

Luna permanecía aterrada.

 

“¿Qué es esto, dónde estoy?”, preguntó ella.

 

“Amada señora nuestra, como uno de los pocos seres humanos en nuestra tierra debo aclararle que este mundo es real, tan real como usted y como yo”, aclaró el unicornio.

 

Luna, que miraba para todos lados, observó panales de abejas que volaban y despedían una leve llovizna de miel.

 

“¿Señor, quién puso ese libro en mi mesa de luz?”.

 

El unicornio le dijo que no podía contestarle. “Es un misterio, cada ingreso es un misterio, pero quédese tranquila, que las cosas pasan por algo”, le respondió.

 

El unicornio, de golpe, dio medio vuelta y corrió hacia la inmensidad del prado perdiéndose en el horizonte. “Oye, oye, euuuuu, dónde vas, adonde te vas”, gritó Luna.

 

“No temas, déjalo que se vaya”, escuchó una voz desde atrás.

 

La muchacha se dio vuelta y encontró algo inesperado. “¿Y vos quién o qué sos?”.

 

“Buenos días, me llamo Gabriel, soy un elfo doméstico, tu debes ser nueva”.

 

Luna se acercó con cierto temor al pequeño de cabello rubio, orejas alargadas y cuerpo de niño vestido con una blusa verde y pantalones largos marrones claros y zapatos también marrones.

 

“Por favor, necesito que me expliques qué es todo esto y qué hago yo acá”, insistió.

 

El elfo le contó que era el encargado de recibir a los nuevos habitantes y la invitó a caminar.

 

“Ya te lo habrá dicho Ismael, el primer recepcionista, tu abriste el libro mágico que te trajo hasta nosotros”.

 

“Eso ya lo sé, ¿pero esto es un mundo de fantasía?”, cuestionó.

 

“Para nada, mira ahora te voy a presentar a Manuel, nuestro elfo anciano, encargado de contarte cómo es nuestro mundo”, le dijo al arribar a una hermosa casa con paredes doradas anticipada por un florido jardín delantero con rosas rojas y gnomos navideños.

 

“Adelante, por favor, adelante, que la puerta está abierta”, se escuchó una voz algo apagada desde el interior en el fondo.

 

Ambos ingresaron y observaron al elfo anciano mecerse en una silla de mimbre marrón clara.

 

Manuel tenía 150 años, el pelo blanco, las orejas más alargadas que lo común y vestía muy elegante con un traje negro, corbata roja, pantalón largo también negro y zapatos relucientes. Fumaba en pipa y tenía aspecto de galán.

 

“Adelante, adelante, pasen sin vergüenza, por favor”, les dijo.

 

“Hola don Manuel, cómo le va, tanto tiempo, le presento a nuestra nueva habitante, se llama Luna, es ser humano y tiene unos 20 años de edad”, formalizó Gabriel.

 

“Tengo 18 años”, corrigió Luna mientras miraba todo a su alrededor.

 

 

“Buenas tardes Luna, cómo está, ven, pasa, siéntete cómoda, como en tu casa”, le dijo Manuel.

 

Luna miró al elfo menor. “Ve, ve con Manuel, confía en mi, confía en nosotros”, le aseguró.

 

Luna le dio la mano, de manera tímida, al elfo anciano.

 

“Buenos días, me llamo Luna”, afirmó un poco asustada.

 

“No temas Luna, sé que es difícil para ti la primera impresión, pero si el libro mágico te eligió por algo será”.

 

“Otra vez con el libro mágico”, pensó ella.

 

“El libro mágico busca a todos los seres especiales como tú y los transporta a nuestro mundo para que cumplan con una causa”, explicó el dueño de casa.

 

Luna, un poco cansada de las piernas, se sentó en el suelo mientras sus ojos se posaban sobre el extraño.

 

Gabriel, por su parte, se despidió, sin dar explicaciones. Luna, sin saludarlo, miró cómo se iba por la puerta principal.

 

“¿Y qué causa debo cumplir yo?”, le preguntó la joven al anciano. “No lo sé, nadie lo sabe, con el correr de los días, una señal te indicará”.

 

“¿Una señal?”.

 

“Efectivamente, una señal será la encargada de mostrarte el motivo de tu nueva vida en el Mundo Celestial”.

 

“¿Cómo que nueva vida?”

 

“Sí, tu fuiste elegida para entrar al Mundo Celestial y vivir el resto de tu vida con nosotros”.

 

“¿Qué?”, preguntó Luna al levantarse.

 

“Yo me quiero volver a mi casa en este momento, por favor, devuélveme a mi hogar”, pidió.

 

El elfo anciano se levantó de golpe y le ofreció una silla. “Ven Luna, siéntate en esta silla, y trátame de escuchar bien”, le dijo para tratar de calmarla.

 

Luna se sentó.

 

“Tu estás aquí por medio del libro mágico”.

 

“Eso ya lo sé, yo me quiero ir ya de este lugar, no quiero saber nada con ustedes, ni con el río de miel, ni con el libro mágico, por favor qué alguien haga algo para que me pueda volver a casa”, se desesperó a los gritos sin dirección.

 

Luna se levantó de la silla y rompió, de repente, en un llanto desgarrador. “Por favor, qué pasa”, lanzó la joven.

 

El elfo caminó hacia la mujer y con dificultad apoyó su mano derecha en su hombro izquierdo.

 

“Luna mía, tranquila, tranquila que no sucede nada malo, fuiste elegida, y ahora te adaptarás, no eres el primer nuevo habitante que debo consolar”, sostuvo el anciano esforzándose por su baja estatura.

 

La joven se calmaba de a poco. “Así, tranquila, que todo va a pasar, y con el tiempo estarás feliz con todos nosotros”, trató de convencerla.

 

La muchacha volvió a sentarse, se tomó el cabello con rabia y agachó su cabeza mientras observó al elfo caminar hacia la cocina.

 

“Mira, te haré un caldo, para que podamos conversar más tranquilos”.

 

“Óigame usted, de repente aparecí en este lugar, y me dice que no podré volver nunca más a mi casa, no puedo estar tranquila”.

 

El elfo volvió con una taza de caldo bien caliente que le entregó a la joven en la mano. “Tómese este caldo tranquila, le hará muy bien”. “Gracias”.

 

 

Manuel se volvió a sentar con la dificultad de sus años y trató de hablar cuando, de repente, un fuerte ruido se escuchó desde el jardín delantero. “Pummmm”.

 

“¿Qué pasó?”, preguntó Luna al secarse las lágrimas.

 

“Tranquila, quédate aquí, voy a ir a ver”, le dijo Manuel sorprendido.

 

“Yo quiero ir contigo”.

 

Ambos caminaron despacio por el comedor de la vivienda hacia la puerta principal para dirigirse afuera donde, horrorizados, contemplaron un macabro hallazgo.

 

“Aaaaaaaaa”, gritó Luna.

 

“Nooo, por Dios”, dijo el elfo tomándose la cabeza.

 

Una niña permanecía muerta boca arriba, y con un disparo en la frente, sobre las rosas rojas del jardín florido.

 

 

(Continuará…)

 

* Periodista

 

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