Martes 07 de febrero 2023

El origen de la canción

Redaccion Avances 22/01/2023 - 06.00.hs

Introducirme en la historia de la canción, que después de auscultar, prefiero relatar, presupone siempre un estado prologuista de hurgar en preguntas como: ¿qué es la canción?.

 

Ernesto Del Viso *

 

No es la primera vez, ni será supongo la última que sucederá, me lo susurra al intelecto la variedad de definiciones que he hallado en la senda abierta a libros y voces que ellos exhalan, sobre la temática.

 

Pensándolo con razón, este es el reiterado ritual a que me entrego cada vez que procura mi mano redactar el porqué de tal o cual obra, aquella que nació a punta de fundamento y valentía de rozar la verdad del personaje o sucedido, que intenta describir en la letra y melodía.

 

Atisbo que pueden concurrir a mi solicitud, tantas como canciones existen. Tal vez sea así. Tal vez no, cuando encorsetado el vocablo, queda sujeto a la estrechez de un pensamiento, de una ideología.

 

Puede que hablemos de la canción como única entidad; correspondencia entre letra y música y un breve formato temporal que pueda no exceder los 3 o exagerados 5 minutos. Al citar lo de exagerado, lo relaciono con los tiempos actuales donde la atención, en las denominadas redes sociales y plataformas musicales a una obra musical, a un texto – su lectura - vaya a saber si sobrepasa el minuto o minuto y medio. Pero a su vez entender la diversidad de la canción, motivada en la temática que aborde.

 

Acontece por cierto, la canción, y en esto me apego al decir del chileno Victor Jara: “como una necesidad del hombre y no como entretenimiento” y poder expresar la revelación del conflicto que ese Ser por vivo y libre, contrae al poner sus pies sobre la tierra.

 

Medio ambiente y existencia vital allí, proponen un algo para decir. Lo que el hombre es y su entorno que acompaña, fundan una canción que casi siempre es universal, no solo por aquello que decía Goethe: “Pinta tu aldea y serás universal”, sino por la singular necesidad de manifestación de esa interioridad humana que se externa en simple acto de comunicación y participación comunal.

 

Los conflictos del hombre, tal vez no sean tantos y se tornan muy distintos, mutando la amplitud o la pequeñez del mismo, en acuerdo cierto con el contexto histórico en que le toca estar erguido en este planeta.

 

El canto que soñara Victor Jara…” (R. Y.)

 

La proposición expresada por Jara, está atada a años de luchar por alcanzar aquella Revolución que redimirá a los pueblos de la opresión de América del Norte y entonces se inscribe en parámetros de protesta social, comunitaria, de propuestas de liberación. Por eso aquello de que el entretenimiento no cabe, no tiene espacio real en la canción testimonial y si lo llega a comprender, que no sea “diversión”, palabreja que en su origen semántico, adjunta y propone la división, separarnos del problema principal y a la manera de un vertedero, separar las aguas, para que nunca juntas sugieran el torrente libertario.

 

Apuraba en aquellos fines de los 60’ e inicios de los 70’, la llamada “canción de protesta”, que repicará en todo el territorio de Latinoamérica. La que se irá debilitando al paso redoblado de las dictaduras militares, en el continente.

 

Tiempos lejanos en que la canción era : “lúcida espiga contra espadas,/ destello de revelación”, como solía decir nuestro poeta Edgar Morisoli.

 

La trova de Victor Jara, rebozaba de pueblo, destilaba tierra arada de Lonquén, rastreando los potreros de don Prieto como lo decía su padre Manuel, metido en los cerros de Melipilla adentro.

 

En cada una de ellas, tras la metáfora o el verso simple y directo, está la denuncia del explotado y el explotador: humano o tierra.

 

En su “Manifiesto”, lo deja explicitado con la claridad de aquel que ha encontrado su camino definitivo, del que no busca el aplauso en liviandad, el que como decía Yupanqui, “…se va derecho al alma paisana”. Jara no cantaba por cantar ni por tener buena voz, así lo dice en sus primeros versos de la obra musical poética ya señalada: “El canto es esencialmente humano, brota de la naturaleza compleja del hombre y cae en los demás como la luz del sol y la lluvia, como grito a su conciencia”.

 

Entre tantas cosas que podríamos enumerar y citar del chileno, dispersas en cientos de publicaciones y relictos sonoros radiales y televisivos, reside la vigencia de su obra a casi cincuenta años de su asesinato (16 de septiembre 1973).

 

En el Valle del Pocuno.

 

Unas vacaciones de invierno, mediados de los años 60’, Chile y su geografía humana, invita al conocimiento, a ese acercamiento cuidadoso con recato y respeto por el que habita ese paisaje y esa tierra a puro compromiso con los jugos nutricios de esa raíz poderosa de siglos, que ha alimentado a muchas generaciones que lejos piensan en títulos de propiedad, pues ellos/as, son hijos/as de la Mapu.

 

La familia Jara-Turner e hijas Manuela y Amanda, experimentan un viaje, como ya antes lo habían realizado por otros sitios. Al decir de Joan (Turner) Jara, en su libro “Victor An Unfinished Song” (Victor Jara, un canto truncado) (Ediciones B.S.A. – 1999): “Las canciones de Victor se poblaron de gente que conocíamos en los viajes; se convirtieron en cantos, que eran retratos humanos de campesinos en su entorno con sus trabajos, sus problemas y esperanzas”. Dando crédito a la palabra de Joan, así nacieron “El carretero”, “El lazo”, por ejemplo y esta “Angelita Huenuman” que convocamos.

 

En uno de los faldeos del Valle aún se encuentra la vivienda de doña Angelita. Lo dicen los que visitan el sitio, corazón de la Cordillera de Nahuelbuta, al sur de la Comuna de Cañete, en plena Región del Bío – Bío.

 

Joan Jara nos acerca su visión de la morada de Angelita: “Su cabaña de madera estaba situada en mitad del campo completamente desierto”.

 

La crónica del encuentro la transmito según la memoria y todos los sentidos de Joan: “Jara llevaba en sus espaldas a Amanda cuando acercándose a la casa de Angelita, salió a recibirlo un perro y el miedo por una situación vivida en niñez, paralizó a Victor, hasta que una mujer menuda, erguida, de largo pelo negrísimo, se presentó en la escena y todo regresó a la calma. “Llevaba una túnica tejida de color azul, cerrada con un ornado broche de metal”.

 

Allí estaba la misma representación de humildad e hidalguía de la mujer mapuche. Pómulos salientes, calma apacible, rostro sin edad, imponente personalidad que en un primer momento inhibió a Victor Jara.

 

Estaba Huenuman, cultivando su parcela, criando sus gallinas, algún cerdo y unas ovejitas; acompañada de uno de sus hijos, pequeño para entonces. Una leve sonrisa, gesto de amabilidad sin revés, Angelita invitó a los forasteros, pasar a su casa. Fue entrar y con un pequeño haz de luz que permitió la moradora, al correr una persiana de madera, se encontraron con colores verdes, rosa, amarillos y una matra que se iba generando en un rudo telar, con las manos y el corazón de Angelita y que bastaba para iluminar el sitio: “…junto a la luz de una ventana / teje Angelita Huenuman”.

 

En sus manos, toda la ciencia paisana de sus antepasados, la representatividad total desconocida, de todo un pueblo que crea, más allá de las espaldas que la gran ciudad les otorga, en clara desvalorización, plena de ingratitud a lo que la tierra pare, a los que muchos designan “barbarie” y no es otra cosa que los rasgos más interesantes de toda una simbología identitaria.

 

Esta noble señora de Chile, (Angelita) relata que solo tejía en los tiempos de invierno, después de haber recogido y guardado la cosecha. Ahí entonces, hilaba la lana, la teñía y tejía. Una vez terminada la prenda doña Angelita, repechaba el faldeo y se llegaba hasta el pueblo más cercano y la vendía al mejor postor: “Después de meses de trabajo / el chamal busca el comprador / y como pájaro enjaulado / canta para el mejor postor”.

 

La letra de la canción, nacida después de ese viaje, no deja de relatar lo vivido aquel día en el valle del Pocuno, nos habla de la vegetación que rodea esa casa plantada en un paisaje poco habitado por el humano pero no por el Mañío (conífera cuyas hojas terminan en una espina, su madera sirve para la construcción, también le llaman el Pino Amarillo), los hualles (árboles de madera blanda, asimismo citado como Pellín, a aquellos árboles con muchos años), pitrán (árbol pequeño, siempre verde), el avellano.

 

En esta gráfica sonora de Angelita, que inmortalizara Victor, en definitiva, se homenajea al rostro popular de un país, como asevera Guillermo Pellegrino en su obra “Las cuerdas vivas de América” (ed. Sudamericana – 2022). Se invoca y celebra a todo un “colectivo”, denominado “Comunidad Lafkenches”, que por más de 200 años, batallan por mantenerse en pie en territorios que les pertenecen. Sufren las siempre intenciones de despojo, racismo y discriminación. Aún se encuentran vivos en la memoria, los acontecimientos de mayo de 2015 donde “las balaceras” e incendios a las viviendas de Petronila Catrileo Llanquileo, Jorge Lincopan, Daniel Nahuelan y Ana Llempi Huenuman, dieron prueba de ese racismo salvaje que tarda en desaparecer en Chile.

 

A pesar de todo, doña Angelita sigue siendo instrumento de paz, del saber de la “Ñuke Mapu” (Madre Tierra). Brinda alguna que otra herramienta que colabore en el intento de hallar algunas soluciones a ciertas causas que dieran sitio a todo tipo de postergación.

 

Angelita Huenuman, es uno de los tantos ejemplos de mujer decidida por origen y destino certero, a conservar las raíces de su pueblo Mapuche, que desde hace más de 500 años el blanco no deja de intentar cercenar y borrar de la faz del planeta.

 

Su descendencia Huenuman, sus hijos, Luisa Rita, Andrés Segundo y Juanita, todos Marileo Huenuman, al igual que la Mapu (tierra), continúa con el claro mandato de la sangre, de acoger y preservar todas aquellas vivencias, usos y costumbres, que proyectaran sus antepasados en las nuevas generaciones.

 

El telar, al que diariamente se acercaba Angelita y que aquella mañana chilena, mostrara con orgullo a la familia Jara-Turner, ha sido en definitiva un telar de libertad, donde todo lo ocupaba un futuro que fuera de multietnicidad, sin postraciones ni diferencias raciales.

 

Días después de ese encuentro, Victor Jara permaneció horas a orillas de Lago Lanalhue (Lugar de almas en pena) contemplando en silencio (observa Joan), sus aguas peculiarmente tibias, mientras en su telar de seis cuerdas y blanco papel iba naciendo esta canción que el mundo entero conocería después que la grabara en su disco de 1970 “Canto Libre”.

 

Angelita volaba sobre el planeta con la letra y música que la retrataba, pero su humanidad permanecía firmemente en el Valle del Pocuno.

 

* Músico

 

 

Angelita Huenuman

 

Letra y Música: Victor Jara

 

 

En el valle de Pocuno

 

donde rebota el viento del mar

 

donde la lluvia cría los musgos

 

vive Angelita Huenuman.

 

 

Entre el mañio y los hualles

 

el avellano y el pitrán

 

entre el aroma de las chilcas

 

vive Angelita Huenuman.

 

 

Cuidada por cinco perros

 

un hijo que dejó el amor

 

sencilla como su chacrita

 

el mundo gira alrededor.

 

 

La sangre roja del copihue

 

corre en sus venas Huenumán.

 

Junto a la luz de una ventana

 

teje Angelita su vida.

 

 

Sus manos bailan en la hebra

 

como alitas de chincol

 

es un milagro como teje

 

hasta el aroma de la flor.

 

 

En sus telares, Angelita

 

hay tiempo, lágrima y sudor.

 

Están las manos ignoradas

 

de éste, mi pueblo creador.

 

 

Después de meses de trabajo

 

el chamal busca comprador

 

y como pájaro enjaulado

 

canta para el mejor postor.

 

 

Entre el mañio y los hualles

 

el avellano y el pitrán

 

entre el aroma de las chilcas

 

vive Angelita Huenuman.

 

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