Miércoles 15 de mayo 2024

Los Juegos

Redaccion Avances 18/06/2023 - 15.00.hs

En este artículo, compartimos una reseña del segundo libro del autor santarroseño Alberto Di Francisco. El mismo se enmarca en los géneros de relatos breves y realismo fantástico.

 

H. Manuel Tedín (h) *

 

El libro, como objeto vivo, representa una doble potencialidad que contiene una contradicción interna insoluble: por un lado, el libro producto de la época, esperable, con un recorrido debido al estilo de moda que da cierta previsibilidad; y, por el otro, el libro producto nuevo, original y con un recorrido que aún no ha realizado, que puede sorprender. Cada vez que un libro abandona un anaquel, la vida que emprenda será en uno u otro sentido.

 

Cuando un texto escapa de la norma y aparece disruptivo, algunos, poetas de metáfora rápida, poco esmerada, suelen caracterizarlo como “un soplo de aire fresco”. Otros, prefieren atribuirle, no ya características meteorológicas sino de resistencia: escribir desde la diferencia -de mensaje, de estilo- es un valioso acto de rebeldía frente a productos culturales excesivamente normalizados.

 

En este último grupo se instala esta breve reseña.

 

“Los Juegos” es una recopilación de seis cuentos escritos por Alberto Di Francisco, autor e ilustrador pampeano, quien afirma en el prólogo (ese pequeño manual de instrucciones que los escritores incorporamos como póliza de seguro de existencia del libro) que él es: “un niño que juega, y acaso no hay nada más serio que eso...”.

 

La palabra “jugar” nos remite, de forma invariable, a una “mise en scène”, la puesta de escena de objetos, personas e historias. “To play”, en inglés, se utiliza tanto para el juego como para el actuar teatral. Lo mismo que “Spielen”, en alemán. Así, jugar el juego no se agota en la actividad lúdica del niño sino que se expande a todas las vivencias del adulto frente al mundo: jugar también es actuar en el escenario de la vida. ¿Qué juego nos propone Di Francisco, Niño/Escritor?

 

“Las Manos”, spoiler alert, el primero de los cuentos, está perfectamente ubicado como portal de ingreso al doble juego metafórico de juego/escena y escena/vida, entendiendo la escena como aquello artificioso (lo puesto, lo armado) y la vida como aquello real (lo que ya ha sido dado, que preexiste). Qué es real y qué es juego son las preguntas de una tensión invariable hasta el final, cuando “...la muerte le develó entonces las manos que todo dirigen...”. La dualidad del juego que es puesta en escena y la vida que es puesta en escena, encontrados ambos en el “theatrum mundi” del tablero, se resuelven cuando se conoce a Dios, al demiurgo, al gran arquitecto. Esta idea de la revelación en la muerte, que se repetirá más adelante en otros relatos, nos deja como respuesta el trascendentalismo.

 

El segundo cuento, “La Novela Prodigiosa” enmarca una historia en apariencia sencilla, a partir de libros que son como piezas de un puzzle, o como juguetes, todos desordenados, en un caos (in)descifrable. El protagonista, quien afirma ser versado en ciencias y en filosofía, leído él, también se asombra ante un libro nuevo, como “... niño que ha encontrado un tesoro...”. Ahora, el protagonista se transfigura en Pietro y la puesta en escena se desarrolla en el campo de lo onírico. La resolución, en palabras del autor: “... asomaba en todo momento la promesa de una revelación que nunca llegaba a consumarse...”, la obra inacabada, que no dejaba entrever ni hilos ni manos que la escribieran o que la soñaran. Pietro, ubicado en los márgenes de la existencia, se vuelve cada vez más real cuanto más irreal es la vigilia del protagonista. Sin embargo, la historia no tiene interés alguno en situarse en el lugar cómodo de un pequeño thriller psicológico. Más bien, demanda que la comprensión misma del protagonista/Pietro, del lector/leído, sea el camino del héroe, de un aprendizaje de verdades e ideales más elevados que sólo se revelarán a medida que aquel desentrañe el verdadero significado de sus sueños.

 

El tercero de los relatos continúa con la dinámica de la doble metáfora. Aquí, como una suerte de Walt Whitman telúrico, don Toño vive su larga existencia a través de la escritura de un poema: “Yo quería nombrarlo todo” afirma resignado.

 

El pretérito imperfecto de su lamentación nos presenta la falta última en la empresa y sólo puede ser resuelta por quien intermedie: la palabra que falta, el bastón de fresno, el apoyo del nieto, imágenes espejadas que acercan al escritor a la conclusión de la obra. “Él (el poema) soy yo y yo soy él” dice don Toño cuando mira la eternidad de frente, como quien ha manejado los hilos en la historia escrita para otra posteridad.

 

“Las Campanadas de la Torre”, el cuarto relato, está protagonizado por una señora bajo la latencia de un Alzheimer inminente, doña Negrita. Aquí el libro refuerza la idea de “realidad” al hacer consciente al escritor Di Francisco, quien se ubica como un personaje más. Más arriba dijimos que “lo sagrado” intermedia en el juego de la doble metáfora. En “Las Campanadas...”, lo sagrado es el punto de partida, no sólo de la experiencia vivenciada por el escritor/escrito sino por el discurso narrado por la protagonista. Es doña Negrita quien pone en escena a Di Francisco y le hace vivir un lugar espiritual en este mundo terrenal. Lo sucedido entre los héroes de la historia se vuelve anécdota y, al fin, dice el escritor que escribe sobre sí mismo: “...No sabemos qué momento de nuestras vidas, qué humilde instante, qué pequeño acto, es el punto de partida de algo sagrado...”.

 

Porque, no sabemos cuándo las manos van a mostrar el juego que aquí jugamos.

 

En continuidad con el diálogo establecido anteriormente, “El Cruce” nos encuentra con un poeta que, quizá casualmente, quizá por obra de ese demiurgo políglota “...su lenguaje, compuesto por lenguas menores, hechas de símbolos...”, se encuentra con un libro que lo abstrae de forma gradual y constante, de la vida rutinaria. El protagonista, envuelto en recuerdos, en ideas, en ensoñaciones, se deja secuestrar por el libro y por las ideas del libro al punto que éste se vuelve el portal hacia la puesta en escena irreal, hacia un juego no anticipado, pero evidente. El título del cuento es una trampa, no se trata de con qué o con quién se cruzó el poeta, sino cuál es el amanecer de todos y cada uno de los mañanas que ese cruce, azaroso o no, se han abierto a partir del hecho.

 

“Los Juegos” finaliza con el relato titulado “Tras las Caras del Cristal”, un relato de ficción especulativa en el que los experimentos que realiza Benedicto, con un prisma dispersivo, se convierten en la metáfora de la peregrinación de la luz, del tiempo y de las personas. La figura divina aparece otra vez, mencionada como “...algo de Dios está proyectado en nosotros...” y, al igual que las manos protagonistas del primer relato, las manos y la ciencia de Benedicto hacen ver a la realidad desde puntos de vista diferentes y relativos. ¿Cuál de los puntos de vista es el verdadero? El final sorpresivo del relato es, además de un excelente giro narrativo, una reflexión profunda, necesaria, que nos ubica en el punto de partida: qué hace el hombre, cuál es su responsabilidad, cuando, en definitiva, tiene los hilos de su propia puesta en escena, de su propio jugar los juegos.

 

* Escritor

 

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