Luces y sombras de las Ferias del Libro
En este artículo, la autora realiza una comparativa entre las ferias del libro de Bogotá y de Buenos Aires, luego de haber presenciado la primera recientemente. Similitudes y diferencias de un encuentro internacional que reafirma la existencia del libro como bien cultural imprescindible.
Adriana Lis Maggio *
La Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 no empieza en la puerta de Corferias: empieza en la fila. Largas, densas, pacientes. Filas para entrar, para pagar, para escuchar, para firmar. Filas que, más que ordenar, revelan algo: que la lectura -lejos de la imagen solitaria- sigue siendo un fenómeno colectivo. Este año, más de 600.000 visitantes confirman que el libro todavía convoca multitudes, incluso en tiempos de pantallas.
Adentro, la feria es una ciudad paralela. Pabellones que se suceden como barrios, auditorios que funcionan como plazas, stands que compiten por la atención como vidrieras culturales. La organización de la Cámara Colombiana del Libro junto a Corferias -tal vez demasiado mercado y poco librero o autor en “ la cocina”- mantiene una maquinaria aceitada: más de 2.000 actividades, agendas superpuestas, una oferta que abruma tanto como seduce.
Intensidad.
El lema de este año “la escucha”, atraviesa la programación, aunque no siempre logra imponerse al ruido. Porque si algo define a la FILBo -y a nuestra Feria en Buenos Aires- es la intensidad: todo ocurre al mismo tiempo. Conversaciones literarias, debates políticos, presentaciones exprés, firmas que se vuelven espectáculo. En ese vértigo, algunas ideas logran abrirse paso. La poeta Piedad Bonnett lo sintetizó en una charla concurrida: “la literatura sigue siendo una forma de entender lo que no sabemos nombrar”.
La frase funciona casi como una defensa frente al contexto: leer, aquí, parece ser tanto un acto de comprensión como de resistencia. En la misma línea, el escritor Pablo Navarrete dejó otra idea que circuló entre pasillos: “la literatura te ayuda a coserte con tus propias manos”.
Pero la FILBo no es solo discurso: es también puesta en escena. El pabellón de India ofrece una de las experiencias más logradas, combinando literatura, estética y tradición en un espacio que se recorre con el cuerpo tanto como con la mirada. En paralelo, el pabellón institucional de Bogotá -con propuestas inmersivas como “LEO: sinfonía del silencio”- intenta correr el libro del pedestal para convertirlo en experiencia sensorial. Son apuestas que funcionan, aunque también evidencian una tendencia: la necesidad de “expandir” el libro para sostener su centralidad.
En el otro extremo, casi como un contrapunto silencioso, el sector de editoriales independientes resiste sin escenografía. Mesas más pequeñas, catálogos menos visibles, pero una energía distinta. Ahí la conversación es más directa, menos mediada por la lógica del evento y el lugar donde todavía es posible el descubrimiento.
Esa tensión -entre espectáculo y búsqueda- atraviesa toda la feria. Filbo y FilBsAs. Las filas más largas no son para descubrir autores sino para confirmar nombres. Las grandes editoriales dominan los espacios centrales, mientras los proyectos independientes orbitan en los márgenes. La pregunta aparece sola: ¿la feria celebra la diversidad o la ordena bajo las reglas del mercado?
Dos ferias a la vez.
La comparación inevitable, este año, ocurre a pocos kilómetros simbólicos: la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en simultáneo, ofrece otra escala y otro clima. Más extensa en tiempo, más fragmentada en su recorrido, nuestra feria argentina tiene algo de tradición acumulada, incluso de ritual. Allí el lector parece moverse con más pausa, menos urgido por el evento. En Bogotá, en cambio, todo sucede con mayor intensidad, como si la feria necesitara reafirmarse en cada edición.
Buenos Aires conserva cierta idea de “capital editorial”, incluso en crisis; Bogotá, en cambio, proyecta vitalidad, crecimiento, expansión. Una parece sostener un legado; la otra, construirlo. Pero ambas comparten una contradicción: la dificultad de equilibrar industria y bibliodiversidad.
En ese sentido, la FILBo quizás resulte más honesta en su exceso. No oculta su dimensión comercial: la exhibe. La convierte en parte del espectáculo. Y, sin embargo, en medio de esa lógica, siguen ocurriendo momentos genuinos: una conversación inesperada, un libro encontrado por azar, un lector que se reconoce en una historia.
Como señaló Laura Restrepo en uno de los encuentros: “contar historias sigue siendo una forma de resistencia”. Tal vez ahí esté la clave. No en la magnitud de la feria ni en sus cifras, sino en esos gestos mínimos que sobreviven dentro de una estructura cada vez más grande.
Al salir, otra vez la fila, ahora en sentido inverso. Y una sensación ambigua: la de haber participado en una celebración cultural y, al mismo tiempo, en una maquinaria perfectamente organizada.
Entre el entusiasmo y la sospecha, la FILBo 2026 y la Feria en Buenos Aires dejan una certeza incómoda y fértil: la lectura sigue viva, pero su sentido -como el de las ferias que la celebran que necesita más federalismo real y políticas de apoyo a la edición- está en disputa.
* Especial para Caldenia
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