Destrucción y entrega
La semana que pasó, el gobierno de Javier Milei, en su proceso de destrucción y entrega del país, concretó el acto que, aunque menos trascendente, posiblemente sea el más negativo de todos: la apertura de sobres correspondientes a la licitación para el manejo de la llamada hidrovía, que dio como ganadora a una firma de origen belga, ya con antecedentes en la materia dentro de la región.
En términos más sencillos, la palabra hidrovía oculta el corredor fluvial Paraná-Paraguay, uno de los más extensos del mundo y que drena una importantísima región agro-ganadera, con los puertos correspondientes. En una visión pragmática o geopolítica si se quiere, esa adjudicación implica dejar en manos extranjeras una vía esencial a la economía y soberanía argentina y, podría decirse, también latinoamericana, ya que en algún tiempo anduvo bogando la idea de conectar las grandes cuencas sudamericanas. De hecho, esta entrega de la soberanía deja abierta la puerta al narcotráfico hacia Europa, una actividad advertida desde hace mucho tiempo. Además, la sola aplicación de peajes y cobro por estadía en los puertos generarán un pingüe negocio para los adjudicatarios.
La libertad para navegar los ríos interiores del país es una vieja aspiración de las potencias occidentales dominantes. Recuérdese que “siguiendo el modelo de los países europeos, el gobierno de Rosas sostenía que la navegación de los ríos interiores de la Confederación era privativa de los buques argentinos, y que toda excepción a esta regla debería ser especialmente autorizada por la autoridad nacional. Esa era la política aplicada por el Reino Unido en el río San Lorenzo, y por Brasil en el Amazonas, a pesar de que, en ambos casos, se perjudicaban los intereses de países ubicados aguas arriba”.
En 1845, y para dar un sesgo definitivo al problema, Inglaterra y Francia dejaron de lado sus diferencias y enviaron al Río de la Plata una gran flota comercial, protegida por una veintena de barcos de guerra. Un sentido efectivo de la soberanía y el patriotismo llevó entonces al gobierno de Juan Manuel de Rosas a enfrentarlos –podría decirse que con éxito— en los memorables combates de “La Vuelta de Obligado” y “Angostura del Quebracho”, con el aditamento de que, finalmente, los invasores reconocieron la soberanía argentina y saludaron a nuestra bandera como desagravio.
Es doloroso recordar que durante el gobierno de Mauricio Macri la cruz que marcaba el sitio del combate del Quebracho fue desplazada del lugar por una entidad comercial, sin miramiento alguno para con su significación histórica. Al menos en la memoria popular –poesía, relatos y canciones, y también en alguna historiografía académica- quedó la epopeya encabezada por aquel “que altivo retaba al cañón de Inglaterra y de Francia”.
Frente a la tibia interpretación de algunos neoliberales, cabe recordar el férreo argumento esgrimido por algunos historiadores nacionales respecto a qué pasaría si barcos de otras banderas intentaran navegar, por ejemplo, el Mississippi sin control alguno por parte del gobierno de los Estados Unidos.
No deja de ser agraviante y doloroso que lo que no pudieron los fusiles y cañones europeos lo consiguiera con mucha menos violencia pero más efectividad un equipo de vendepatrias neoliberales.
Que se sepa, en las fuerzas armadas del país, tan proclives a proclamar su defensa de la nacionalidad, quizás por estar ocupadas en cambiar frutas por repuestos según las directivas del gobierno mileísta, no hubo hasta ahora reacción alguna a la privatización.
Artículos relacionados
