La honorable cámara psiquiátrica nacional

Redacción 28/11/2021 - 00.41.hs

Un diputado electo de la coalición opositora salió a criticar al oficialismo por haber convocado a una celebración luego de haber perdido las elecciones de medio término. El debutante legislador, neurocientífico de profesión, aventuró un diagnóstico: el presidente padecería de "anosognosia", trastorno cognitivo que impediría tener conciencia del mal que se padece. Y que, por ende, vuelve imposible la cura. Justo lo que necesitábamos, enterarnos de la existencia de una enfermedad nueva.

 

Tranquilo.

 

En realidad, como viene la mano con la pandemia y la malaria económica, si alguien tiene ganas de hacer un festejo habría que dejarlo tranquilo. Hasta felicitarlo. Que convide, si es posible (a lo mejor de ahí proviene el entripado del diputado, que evidentemente no fue invitado). Este año no dan ganas ni de pan dulce, y hasta la fiesta de año nuevo parece poco sensata, hoy que los años se empeñan en venir uno peor que el otro.

 

Pero, bien pensado, quizá debieran repensar esta moda del diagnóstico psiquiátrico como arma política. Y decimos "moda" porque no es la primera vez: hace unos años, un periodista que asistía a un programa de televisión se despachó con un diagnóstico de "bipolaridad" respecto de la entonces presidenta, oh casualidad, miembro del mismo partido que el actual. El comentarista en cuestión invoca la profesión de médico, aunque -que se sepa- lo más cerca que estuvo de la medicina fue cuando comentaba las lesiones de los jugadores de fútbol.

 

El caso es que este recurso político de poner en duda la cordura de los adversarios políticos (bien que acudiendo a la terminología supuestamente aséptica de la psiquiatría), aunque de momento se registran sólo estos dos episodios, podría llegar a generalizarse, y las consecuencias bien podrían ser de manicomio.

 

Divanes.

 

Los políticos son notorios por su constante búsqueda de la aprobación ajena, y de cuantas más personas se trate, mejor. No escatimarán esfuerzos para hacer llegar su imagen a todas las pantallas de TV y PC, en afiches por la calle, en fotos en los diarios y revistas. Se esforzarán porque su voz y su "mensaje" se escuche en todas las radios, en todos los palacios y conventillos. No dejarán mentira sin intentar, ni bebé sin besuquear, hasta ganarse el incauto voto ciudadano. Sinceramente, ¿cuál de ellos podría escapar a un diagnóstico de "narcisista"?

 

Hay otra cosa en la que se destacan: en la perseverancia con la que procuran retornar al poder, incluso después de haber perpetrado gobiernos espantosos, y haber causado más daño que la peste. Los hay incluso que amenazan con que "si me vuelvo loco, puedo hacerles mucho daño". Estos depredadores seriales, ¿no están cerca de la definición de "psicópatas"?

 

Y estos que viven en tribunales, denunciando cualquier cosa, como por ejemplo la presencia de microchips en las vacunas, ¿no califican como "paranoicos"?

 

Si a esto le sumamos que los políticos cada vez más se asimilan con la farándula, y exponen su intimidad con un entusiasmo digno de mejor causa, las consecuencias podrían extenderse como un reguero de pólvora. ¿Qué decir de ese otro diputado, que le cuenta a todo el mundo sobre la tortuosa relación que mantiene con su padre, revelando un Edipo que haría palidecer al mismo Frank Kafka? ¿O aquella otra legisladora, que se jactaba de poder resolver un crimen ocurrido en la Patagonia, porque de niña sus padres la llevaban de vacaciones a aquel inmenso territorio? ¿No están locos como un plumero?

 

Abuso.

 

A veces el abuso de estos diagnósticos ad-hoc se torna irritante. Como cuando, ante la inacción de un gobierno cualquiera, se lo tilda de "autista". La gracia que les hará a los padres cuyos hijos padecen esa grave condición, que los comparen con estos funcionarios, para los cuales cualquiera de esos buenos insultos que se aprenden en el barrio serviría de suficiente calificativo.

 

Si seguimos así, podríamos llegar incluso a patologizar no ya a individuos, sino a ideologías enteras. Miren, si no, estos que ahora se llaman "libertarios" (antes se les decía "garcas", pero ya pasó de moda). Viven rezongando de que el Estado se meta en sus vidas y les cobre impuestos para mantener hospitales y todas esas cosas que no entienden, cuando ellos quieren hacer lo que se les da la gana, y gastar su dinero como mejor les plazca. Si sus padres los hubieran educado bien, y les hubieran enseñado a compartir sus juguetes cuando niños, no tendríamos ahora nosotros que estar aguantando sus berrinches todo el día en la TV.

 

Van a tener que parar la mano, muchachos. En cualquier momento esta fiebre va a terminar por imponer un examen psiquiátrico obligatorio para cualquiera que pretenda aspirar a un cargo público, y entonces, ¿cuántos van a quedar en carrera? O los inhabilitan de por vida, o los obligan a concurrir a sus bancas en el Congreso con camisas de fuerza, o con esos bozales que usaba Hannibal Leckter.

 

Simpática dictadura la que tendríamos entonces: la voluntad popular suplantada por la mirada de Freud y el estadio del espejo lacaniano.

 

No insistan por ese camino, que vamos a terminar mal. Relájense y traten de disfrutar sus quince minutos de fama, total lo estamos pagando nosotros. Y sobre todo, no se olviden de tomar su medicación.

 

PETRONIO

 

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