Domingo 25 de febrero 2024

La salud mental de los osos polares...

Redacción 13/08/2023 - 00.22.hs

La estrella de las noticias del mundo animal, esta semana, es la elefanta Tamy, última de su especie en cautiverio en Argentina, quien prontamente será llevada a un santuario en Brasil. Los expertos la están preparando para el viaje que la reunirá con sus congéneres Pocha y Guillermina, que también vivían en el Ecoparque de Mendoza (siempre los mendocinos con sus tendencias retentivas). Lo que no explican es por qué, ya que se tomaron la molestia, no la devuelven directamente a la India, su país de origen, donde acaso podría practicar el viejo oficio de verdugo, aplastando cabezas, y vengando así a sus congéneres achurados para sacarles el marfil y construir teclados de piano.

 

Gus.

 

No mucho más que comentar sobre Tamy, salvo desearle un buen viaje, y pedirle que mande Garotos. En realidad, la columna de hoy estará dedicada a otro amigo animal que el cronista supo visitar en su cautiverio en el Zoo del Central Park neoyorkino. Se trata del oso polar Gus, una verdadera celebridad, quien lamentablemente nos dejó hace unos diez años. Se lo llevó un tumor en la tiroides, pero había llegado a la anciana edad de 27 años, muy por encima del promedio de vida de esos bichos fuera de su hábitat natural.

 

En realidad Gus había nacido, él mismo, en un Zoo de Toledo, Ohio, de modo que nunca conoció otra cosa que esa suerte de Truman Show que son los zoológicos del mundo, donde el placer culposo de estar en la proximidad de estas bestias formidables nos hace corroer el cerebro pensando en cómo tratamos a nuestros primos los animales.

 

Al menos Gus no terminó en un guiso como las vacas, cerdos y pollos que criamos para consumo humano. Se calcula que en el mundo hay aproximadamente unos 940 millones de vacas, y hay quien dice que esa "asociación" de esa especie con la humana ha producido un verdadero "éxito" para los bovinos, ya que en el sistema darwiniano hay quienes crecen y se reproducen, y quienes se extinguen.

 

Neura.

 

Por aquellos años noventa, el oso polar del Zoo de New York se hizo célebre por su comportamiento obsesivo: se pasaba hasta doce horas, todos los días, nadando en su tanque, haciendo siempre el mismo circuito y dibujando con su marcha un número ocho. Era un espectáculo majestuoso, sobrecogedor, hasta que uno caía en cuenta de que estaba presenciando un síntoma de estrés o de algún problema de salud mental más grave.

 

Le hicieron los estudios del caso, y diagnosticaron que Gus estaba bastante aburrido, y que tenía un leve nivel de neurosis. Después de todo, vivía en Manhattan, así que no desentonaba con el habitante promedio de la ciudad. La solución que encontraron fue, primero que nada, medicarlo con Prozac, un antidepresivo que por entonces hacía furor. Y para compensarlo aún más, le instalaron un yacuzzi, le consiguieron juguetes nuevos, y le cambiaron su rutina de alimentación, planteándole desafíos que lo libraran del aburrimiento.

 

El paciente mejoró bastante, y tuvo una vida bastante pasable hasta que falleció su compañera Ida, en 2011, hecho que lo sumió en una depresión de la que no pudo recuperarse. Por lo visto estaba muy apegado a la patrona.

 

Bestia.

 

No conviene tampoco romantizar a estos animales. Como se ve clarito en la película "Grizzly man" de Werner Herzog -un director obsesionado por explorar los confines de la aventura humana- los osos son bien capaces de matar y comerse a los cristianos. Esa fue la suerte del protagonista de la película, Timothy Treadwell, un ecologista algo chiflado que en realidad había elegido vivir en Alaska, cerca de una colonia de osos grizzle, precisamente para denunciar la extinción de su hábitat natural y promover su conservación. De alguna manera lo logró, al menos a un oso le proveyó una cena suculenta.

 

Los osos parecen no conocer el término medio. O están en modo peluche, o se transforman en psicópatas asesinos de un momento para otro. Más que "polares" deberían llamarlos "bipolares".

 

Se rumorea que los osos polares son capaces de deglutir un iglú completo, con todos sus ocupantes, en cuestión de minutos. Tal parece que para ellos es una delicatessen, algo gourmet: crocante por afuera, cremoso por dentro.

 

Como quiera, Gus nunca tuvo necesidad de mostrar su costado asesino. Muy por el contrario, se ganó la simpatía de los veinte millones de visitantes que pasaron por el Zoo durante su vida. Escribieron libros en su honor, lo inmortalizaron en películas documentales y en canciones.

 

Pero ¿realmente lo conocimos? ¿Qué pudimos aprender de él, incluso después de los 25 mil dólares que le pagaron al "experto" que lo estudió en su diván? A lo mejor con esa danza elegante a la que tanto se dedicaba, estaba queriendo decirnos algo, y, por supuesto, no le estábamos prestando atención. A lo mejor no era un número ocho lo que dibujaba, sino el signo del infinito, que es como un ocho acostado.

 

PETRONIO

 

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