Miércoles 30 de noviembre 2022

Nos habíamos amado tanto

Redacción 25/09/2022 - 10.37.hs

Esta semana se llevó a cabo en Nueva York la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. La mayoría de los lectores necesitará que se le recuerde de qué se trataba este evento. Muchos, en cambio, se estarán enterando en este momento de la existencia de esa organización creada tras la Segunda Guerra Mundial, y cuya finalidad primordial -y fracaso más miserable- es la preservación de la paz mundial. Que sirva para poco no quiere decir que no sea también divertida y pintoresca, aunque también un poco cacofónica, con todos esos discursos en distintas lenguas y entonaciones.

 

Rocker.

 

En teoría, los jefes de cada uno de los más de doscientos países miembros de la ONU tienen allí sus quince minutos de fama, su oportunidad de iluminar al mundo con su preclaro pensamiento. Convengamos en que no debe ser mal programa pasarse una semanita de fines de verano en Nueva York, con la comitiva, los gastos pagos y unas obligaciones bastante laxas, salvo por supuesto la de decir un discurso ante el pleno de la Asamblea, que nadie va a escuchar (probablemente, ni los pobres traductores).

 

Acaso por eso será que al presidente argentino le dio un raro ataque de frivolidad, y para la sobremesa, tras un regio asado en una parrilla argentina de Manhattan, se fue a visitar un estudio de grabación profesional, de esos míticos en los que grabaron grandes como David Bowie, y hasta posó para la foto (y promoción del estudio visitado) con una despampanante guitarra eléctrica Gibson ES 335 vintage color "cherry red" con herrajes dorados. Si el lector se pregunta por el precio de un artículo semejante, cumpliendo con el mandato periodístico este cronista revisó los sitios de venta locales en internet, y resulta que por apenas unos tres millones de pesitos la cosa está al alcance de cualquiera.

 

Otro que anduvo por allá -no se sabe cómo lo dejaron viajar, con su costumbre de no vacunarse contra el Covid-19- es el por ahora presidente brasileño, Jair Bolsonaro, quien dedicó prácticamente todo su mensaje a hablar pestes de su contrincante en las elecciones presidenciales de la semana próxima. Todo indica que este habrá sido su último viaje a la ONU, ya que las encuestas le preanuncian una escandalosa derrota. Quién le habrá dicho que quedaba bien ir a Nueva York a ventilar las reyertas internas, vaya uno a saber. Creerá que va a ganar votos de esa manera.

 

AMLO.

 

El que no fue personalmente, pese a que le queda ahisito nomás, fue el presidente mexicano, conocido ya en todos lados por la sigla de su nombre, AMLO. El chamaco mandó en cambio a su canciller, a quien le encargó que transmitiera una propuesta de su gobierno para acabar con la guerra en Ucrania, que involucraría la participación como mediadores de grandes referentes de la humanidad, tales como el Papa y el premier de la India. Por suerte, modesto, se autoexcluyó de esa lista. Pero tampoco parece haber conseguido que paren las rotativas con su propuesta. Y al cierre de esta edición, allá en el país eslavo seguían nomás a cuetazo limpio.

 

Ese tema en realidad no era tanto para la Asamblea, sino para el Consejo de Seguridad, un órgano bastante menos masivo, integrado por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial -que tienen, todas, poder de veto- y otros diez miembros no estables que están ahí para hacer número y aparentar que la cuestión de la paz les interesa.

 

Por supuesto que se reunieron, pero la cosa no fue muy fructífera. El supuesto malo de la película -normalmente el que aparece como agresor internacional es el país anfitrión de la ONU, los EEUU- no pareció muy dispuesto a negociar nada, ni siquiera a escuchar las acusaciones que se le dirigieron.

 

El representante ruso llegó tarde, y se perdió así la filípica que le dedicó a su país el representante norteamericano, encocorado ante la falta de respeto y el atropello a la razón de la invasión a Ucrania. El diplomático eslavo -y menos mal que era diplomático- se despachó con su propia sarta de agravios, y llegó a calificar al presidente ucraniano como un "bastardo". Uno tiembla de sólo pensar cómo sonará esa palabra en ruso. Y más aún, cuando se considera que para hacer esa acusación es más que probable que exista una carpeta de la KGB (o como se llame ahora) corroborando los orígenes poco claros del nacimiento del insultado.

 

Retórica.

 

La retórica fue bastante encendida, como se ve. Desde Rusia perciben que la enorme cantidad de armas occidentales facilitadas a Ucrania equivale a una toma de posición en el conflicto. Y francamente, cuesta un poco no darles la razón. Hasta por un momento en esta escalada verbal, se mencionó la posibilidad de que desde Moscú rompan con el status quo y acudan para defenderse a su arsenal de armas nucleares. Después de todo, no es justo que sólo los EEUU se hayan podido dar el gusto de apretar ese botón rojo, como ocurrió dos veces en 1945. Y después de todo, también fue un presidente norteamericano (el anaranjadito) quien intentó dejar sin efecto los acuerdos de no proliferación nuclear que se alcanzaron en la década del '80, poco antes del fin de la Guerra Fría.

 

Después de todo, hay que reconocer que dentro de tanta pirotecnia verbal, existieron puntos de acuerdo en la Asamblea. Todos coinciden en que el mundo "está en un punto crítico, debido a la confluencia de crisis complejas e interconectadas, incluyendo la pandemia del Covid-19, la guerra en Ucrania, desafíos humanitarios sin precedentes, un punto de quiebre en el cambio climático, y las crecientes preocupaciones sobre las amenazas que se ciernen sobre la economía global".

 

Por desgracia, también hay coincidencia en no hacer nada al respecto. Hace demasiado tiempo que las grandes decisiones internacionales no se toman en esos ámbitos políticos, nostálgicos de otros tiempos. Hoy el menú se cocina en los cónclaves económicos, muchos de ellos ni siquiera entre gobiernos, sino entre las grandes compañías multinacionales. Esas que ven al mundo como una gran granja, en la cual, por supuesto, los seres humanos, como todo bicho que camina, estamos en el horno.

 

PETRONIO

 

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