Patria y vida

Redacción 21/11/2021 - 00.23.hs

Este jueves tuvo lugar en Las Vegas, Nevada, la ceremonia de entrega de los premios "Grammy Latino", con los cuales la industria discográfica (o lo que queda de ella) felicita a los artistas más exitosos al sur del Río Bravo. El premio consiste en una estatuilla de un gramófono (de ahí el nombre diminutivo del premio) que irá a parar a los anaqueles de los dichosos premiados, varios de ellos argentinos. Un dato sorprendente es que, tratándose de la vigésimo segunda edición de estos premios para latinos, es la primera vez que la ceremonia se lleva a cabo en idioma español. Ya era hora, ¿no?

 

Argentos.

 

Entre los argentinos premiados desfilaron varios representantes del rock nacional clásico (Andrés Calamaro, Vicentico, Fito Páez) que apenas rondan los sesenta años, pero ya huelen un poco a naftalina. Más interesante resulta la irrupción de figuras nuevas como Nathy Peluso, una veinteañera argentina que reside desde niña en Barcelona, y que cuenta con dosis parecidas de talento y desfachatez: se mete con todos los géneros, provoca, estimula, y hasta produce algunas canciones (como "Buenos Aires") que bien podrían haber sido escritas por Luis Alberto Spinetta.

 

Con el tono bizarro que suelen tener estas ceremonias excesivas, más aún en la ciudad del pecado, se colaron varios polizontes, como Selena Gómez o Christina Aguilera, que de latino sólo tienen el apellido. Fito Páez y y el español Joaquín Sabina andaban a los abrazos, reconciliados después de la escandalosa pelea que los separó después de grabar, veinte años atrás, la colaboración "Llueve sobre mojado".

 

Pero como no podía ser de otra manera, el show estuvo montado para exhibir una vez más lo que en EEUU se considera la quintaesencia de lo latino, esto es, la comunidad cubana de Miami (conocidos en su país de origen como "los gusanos"), fuerza de choque del Partido Republicano, con su sempiterna queja para con el gobierno de la isla, todavía después de sesenta y dos años de la revolución.

 

Cubanos.

 

Los artistas en cuestión son unos raperos (Yotuel, Gente De Zona, Descemer Bueno, Maykel Osorbo, El Funky) de los que llama la atención lo poco cubana que resulta ser su música: una mezcla de reguetón, balada a lo Ricky Martin, y hasta algún coro que recuerda más al candombe uruguayo que a la gloriosa tradición yoruba caribeña.

 

Como suele ser el caso con las producciones culturales de ese gueto, campea la mediocridad ("En los noventa Fidel revienta" era el título de una obra de teatro que se representaba en Miami hace treinta años, donde lo único peor que el guión eran las cualidades proféticas del autor). Sin embargo, la canción acierta con el título, "Patria y vida": es un retruécano al eslogan que solía emplear Fidel Castro, "Patria o muerte", acuñado al calor de la mística combatiente de los barbudos de Sierra Maestra que derrocaron la dictadura de Fulgencio Batista.

 

Y la cuestión termina siendo un caso más de apropiación cultural, de militantes de derecha apropiándose de las banderas del progresismo. Ellos, que idolatran la muerte (en lo posible, la del otro), vienen aquí a presentarse como defensores de la vida. Así como los que destruyeron la educación, después dijeron defenderla durante la pandemia. O como los que destruyeron la salud pública, y luego daban clases sobre manejo infectológico.

 

Románticos.

 

El problema está en que, con estas consignas, se ofrece un punto flaco demasiado obvio. Otro tanto ocurre con nuestro himno -que volvimos a escuchar el martes pasado durante el partido con Brasil-: esa arenga final, "juremos con gloria morir", atrasa bastante.

 

Claro está, los versos del himno nacional fueron escritos por Vicente López y Planes en 1812, dos años después de la Revolución de Mayo, y en pleno auge inicial de un movimiento cultural conocido como Romanticismo, que exaltaba los sentimientos, la nacionalidad, la naturaleza y la creatividad. Produjo maravillosas obras musicales, pero había algo en ese ideario que no se traslada bien al siglo XXI: el Romanticismo exaltaba la muerte, como algo bello, incluso deseable. El poema "La amada inmóvil" de Amado Nervo, por ejemplo, ingresaba directamente en la necrofilia.

 

Estamos hablando de un momento histórico anterior a las dos guerras mundiales que enlutaron al planeta en la primera mitad del siglo siguiente, experiencia tras la cual la humanidad comprendió que la guerra en realidad no era algo deseable ni heroico, sino una carnicería sin sentido, y que defender la vida es mucho mejor que morir con gloria.

 

En Argentina tuvimos nuestro propio baño de sangre durante la dictadura de 1976/1983. Y el candidato que resultó triunfador en las elecciones de ese último año, ganó usando a la vida como tema central de su campaña. Así como durante la pandemia, donde a pesar de algunos discursos esperpénticos, existió un consenso de que lo principal era defender la vida de todos y cada uno de nosotros, aunque sufriera la economía.

 

De modo que, la canción de los gusanos será una desgracia estética e ideológica, pero el título vale. Patria y vida, las dos cosas. Y, ya que estamos, podríamos cambiarle también el nombre a la primera, y llamarla "Matria".

 

PETRONIO

 

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