Sabado 15 de junio 2024

Una serie desnuda una realidad que cada vez más se parece a la ficción

Redacción 01/06/2023 - 08.02.hs

El capítulo final de la cuarta y última temporada de “Succession" generó tal repercusión en EEUU que parece más una noticia política que cultural. Probablemente la mayor sorpresa sea que hay poco de novedad en lo que cuenta: no es nuevo que el mundo emocional de los hiper ricos apesta.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Este domingo se emitió el capítulo final de la cuarta y última temporada de “Succession" ("Sucesión") a través de una plataforma de "streaming" también disponible en nuestro país. Por la repercusión que este final está teniendo en EEUU, parece más una noticia política que cultural. Y no sólo por el nivel de atención generado, sino porque la serie -que promete incrustarse como uno de los artefactos fílmicos más influyentes de nuestro tiempo- no sólo refleja como ninguna el actual clima político de Occidente: también desnuda hasta qué punto ese mundo "real" en que vivimos, se parece cada vez más a la ficción.

 

Roy.

 

La historia desplegada es relativamente simple, y de algún modo, ya ha sido narrada antes. Un empresario exitoso a nivel global, creador de un enorme imperio de medios de comunicación y entretenimiento, lanza, ante su muerte inminente, una suerte de competencia final entre sus cuatro hijos (tres varones, una mujer) para determinar quién estará al frente de las empresas y continuará su legado.

 

Hay antecedentes ilustres como "Citizen Kane" de Orson Welles, pero también hay ejemplos de la vida real que aparecen insoslayables. El Logan Roy de esta ficción se parece demasiado a Rupert Murdoch, ese australiano monstruo de los negocios que ha prostituido el periodismo global a través de sus tabloids británicos y -sobre todo- de su cadena Fox News. A su vez, eso de poner a los hijos a competir despiadadamente recuerda un poco a las costumbres de otro empresario, no tan exitoso, llamado Donald Trump.

 

De los cuatro hijos, ninguno parece dar la talla, ni -sobre todo- tener el carácter necesario. Shiv es una mujer independiente y muy bien preparada, pero vulnerable. Connor tiene dificultades para involucrarse y tomar decisiones, y cierta tendencia al delirio. Roman tiene problemas psicológicos evidentes, y Kendall, también muy preparado, tiene antecedentes serios de adicciones.

 

Ken.

 

Este último es, en cierta forma, el personaje central, y el que mayor empatía genera, entre un hato de personas despreciables que cometen todo tipo de crueldades con sus semejantes. A Ken las cosas parecen importarle. Sobre todo, su relación con el padre, al que venera, pero a su vez, intenta "matar" simbólicamente para emerger como líder. Es interpretado por un actor enorme llamado Jeremy Strong, poco conocido -como el resto del elenco- pero que a partir de ahora comenzará sin dudas a aparecer como un digno sucesor de sus admirados Dustin Hoffman y Al Pacino. Como éstos, practica un estilo de actuación inmersivo, donde casi desaparece la persona del actor, que termina practicando una suerte de "atletismo emocional".

 

Parte de su conflicto con ese padre terrible -debe decirse que la madre de estos chicos es también bastante desastrosa- es la diferencia de concepción. Ken no sólo intenta innovar y llevar la empresa a un contexto más global y tecnológico. También pretende basar su conducta empresaria en su formación académica. Su padre, en cambio, ama los periódicos de papel, y considera que el mundo de los negocios "es una competencia para ver quién la tiene más grande".

 

En el fondo, busca el amor, pero sólo recibe desprecio por mostrarse débil ante un padre todopoderoso.

 

Hay momentos en que esta relación conflictiva entre padre e hijo remite a Shakespeare, con una trama a medio camino entre "Hamlet"y "King Lear". Pero la mayor parte del tiempo el clima recuerda las sagas mafiosas como "El Padrino" o "The Sopranos".

 

Amor.

 

"Yo los amo, pero ustedes no son gente seria", les espeta Logan a sus hijos en determinado momento. Casi no podría decirse que son "gente", por haber crecido en el privilegio absoluto, y practicado toda la vida la cultura del empleador, donde todas las personas pasan a ser empleadas (palabra que se usa aquí como sustantivo y verbo al mismo tiempo) y donde el orgasmo perfecto se alcanza en el momento del despido.

 

En ese clima de relaciones tóxicas, Tom (el marido de Shiv) acuña un término que seguramente pasará a engrosar el léxico común: "pain sponge". Para demostrar su competencia en el trabajo -donde siempre está por debajo de su esposa millonaria- afirma que él es "una esponja del dolor", alardeando de su capacidad para soportar todas las humillaciones y desaires.

 

Probablemente la mayor sorpresa sea que, para una obra de tan alto impacto, hay poco de novedad en lo que cuenta. No es nuevo que el mundo emocional de los hiper ricos apesta. No es nuevo que las mega-empresas de comunicación manipulan el sistema político, al punto de importarles un pito la democracia y promover candidatos fascistas. Tampoco asombrará ver el desfile de políticos besando la mano de estos popes indignos.

 

Quizá lo que atrapa sea la futilidad de todo este ejercicio. ¿Por qué motivo un grupo de personas, que de todos modos son billonarias, podrían dedicarse a cualquier cosa y acceder a todo lo que desean, se someten al sufrimiento inútil de esta competencia perdida de antemano?

 

Quizá la respuesta la haya dado Slavoj Zizek, cuando en su impugnación del budismo -una filosofía que procura disipar la ilusión del mundo para evitar el sufrimiento humano- responde desde el psicoanálisis: en realidad, lo que queremos los seres humanos es sufrir.

 

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