Viernes 17 de mayo 2024

Baqueano y amigo en Lihué Calel

Redaccion Avances 14/04/2024 - 09.00.hs

Serviliano Salas, del fondo de muchos años emerge el paisaje de este hombre sereno, cordial, hospitalario, baqueano de la sierra, sabedor de sus leyendas y tradiciones.

 

Walter Cazenave *

 

Alguna vez se ha dicho que el paisaje es el hombre, el ser humano, sin cuya percepción no se materializaría la idea, el concepto. Acaso la misma razón, inversa, podría decirse que el hombre es el paisaje o encarna la representación cabal del mismo, tal vez sin advertirlo.

 

En lo que hace a nuestra provincia a poco que se indague, los ejemplos de esa identificación abundan: Chola Domínguez y el Agua de Torres; Cochengo Miranda y las tierras del oeste profundo; Fusil y la antigua Santa Isabel, con los ríos; Bautista Retamales y el río Colorado, con sus trágicas historias de la gran crezca… y más hacia el este provincial Serviliano Salas y la sierra de Lihué Calel.

 

Del fondo de muchos años emerge el paisaje de este hombre sereno, cordial, hospitalario, baqueano de la sierra, sabedor de sus leyendas y tradiciones. Tras la ida de don Pedro Gauna, puestero desde hacía muchos años, y con la expropiación de Lihué Calel con destino a parque provincial primero y nacional después, Salas pasó a ser el referente obligado para los turistas visitantes, para quienes necesitaban auxilio en esas soledades, para los que concurrían al lugar con ánimo científico, apuntando a las tradiciones, la geografía o la historia. Al charlar con él, sintiendo su cordialidad se entraba en el territorio de los nombres y los recuerdos, apoyados en las referencias muy poco conocidas… También de la realidad como cuando corroboraba que, por las condiciones topográficas, el antiguo y sugerente Pozo del Cura debió estar en el poblamiento de un determinado lugar de la serranía...

 

Hombre de a caballo -muy de a caballo- y baqueano caminador donde no se podía acceder montado, indicaba la ubicación de los últimos plantíos de duraznos (esos que tanto intrigan todavía a los historiadores) o el sobrecogedor Valle de los Angelitos. Sin esfuerzo acude a mi mente su imagen recorriendo el roquerío en el pingo y haciendo enojar con el látigo una víbora yarará, de las que recomendaba cuidarse, especialmente cuando el verano recalienta las piedras de la sierra.

 

Con su ausencia se ha ido uno de los referentes que con sus vivencias contribuyeron a cimentar mito y realidad de nuestros desiertos en la zona serrana, especialmente en Lihué Calel. Allí, en la sierra, la suya fue una presencia amiga y cordial durante muchos años, como poblador primero y como guardaparque de la Provincia y de Parques Nacionales después. En su sabiduría y sus relatos también era a menudo poblador y sapiente de una toponimia sugestiva: Las Minas, La Asturiana, el Agua Blanca…

 

Serviliano era miembro de una vieja familia de la zona, pobladora de un puesto en cercanías de la laguna La Amarga, donde su abuelo Justo Salas fue uno de los pioneros. Su presencia en la sierra se remontaba a mucho tiempo atrás, cuando el sitio era propiedad de la familia Gallardo. De aquellos lejanos años le venía su íntimo conocimiento del lugar, que él prodigaba con sabiduría y discreción. En noches de fogón, cuando brindaba su hospitalidad a los viajeros que acampaban en Lihué Calel, por entonces tan poco conocida, al hablar de la serranía lo hacía con fundamento, con propiedad y con respeto hacia esa naturaleza arisca y misteriosa que lo rodeaba, dando la impresión de que ese saber emanaba de una comunión con el entorno. Nadie como él para decir del manantial escondido, único supérstite a la sequía; de la roca de extraña forma que venía a llenar la teoría de algún estudioso o de la pintura rupestre no advertida y hacia la que profesaba el respeto debido a los antiguos.

 

Su baquía rural contrastaba con los tiempos citadinos, cuando en sus años mozos había vivido en Buenos Aires, adonde había ido para conocer el mito de la urbe. Después había regresado al desierto y el oasis de la sierra que sentía visceralmente.

 

Poco antes de su muerte Aníbal Ford, aquel intelectual porteño enamorado del país profundo, me envió un disco que testimoniaba una noche lejana y compartida; de allí surgen voz y guitarra de Serviliano en horas de canto y conversación pobladas de leyendas y sucedidos, con los truenos y la oscuridad envolviendo la Casa de Piedra, donde por entonces vivía, mientras sus relatos -hablados o por milonga- dicen de simplezas y misterios de la tierra.

 

La vida no fue demasiado generosa con Serviliano, desde aquel lejano caballo que lo había lisiado, pese a su condición de buen jinete, hasta la trágica muerte de una hija adolescente. El, sin embargo, siempre tenía la sonrisa afable y el gesto amigo que lo caracterizaban en esos años de poblador de la sierra. Ahora que se ha ido para siempre retraemos su recuerdo, despidiéndonos con su mano levantada, enmarcado por la sierra con la que tenía un diálogo personal y profundo.

 

* Investigador. Colaborador

 

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