Viernes 14 de junio 2024

El hechicero de fuego - Parte III

Redaccion Avances 26/11/2023 - 09.00.hs

Llega a su fin el cuento de fantasía épica “El hechicero de fuego”, una historia de magia, traiciones, poder y venganza. Las primeras dos partes de este relato se pueden leer en el segmento Caldenia, de la página web www.laarena.com.ar

 

Alexis Daurelio *

 

Durante diez años, el rey Sigfred logró bajar la pobreza, la desocupación y la violencia social en el continente Alado. Aumentó el empleo y la clase obrera comenzó a soñar con un futuro mejor. Los siervos, plebeyos y campesinos, con el correr de los años, pudieron comprarse sus propios corceles, atenderse con los mejores maestres y exportar todo tipo de alimentos a continentes lejanos.

 

Al maravilloso contexto, se sumó una ola inmigratoria sin precedentes hacia las seis aldeas que formaban el continente.

 

“Alteza, su esposa, la reina Laura, y su hijo, el príncipe Jofrey, lo buscan”, avisó Milfred, fiel elfo mayordomo del rey Sigfred.

 

Su eminencia terminaba unos trámites de relevancia en la oficina central del castillo. “Termino con estos papeles y bajo”, devolvió.

 

Sigfred salió de su oficina y caminó unos metros hasta arribar al patio delantero del castillo donde saludó a su mujer con un beso en la frente y subió a sus hombros al pequeño Jofrey.

 

Al salir de la fortaleza, Yitru, el minotauro, hijo del fallecido Aristófano, se acercó con su carruaje y llevó a la familia real al salón de festividades para disfrutar del gran banquete de fin de la temporada de cosecha.

 

Era una tradicional festividad, desarrollada, por lo general, a fines de diciembre, cuando los trabajadores golondrinas terminaban la cosecha de algodón y se unían, a modo de regocijo, con las autoridades de la corona. La idea, revolucionaria para muchos, fue una creación de Sigfred.

 

El salón principal estaba decorado con tapiz blanco en las paredes, una decena de mesas rectangulares de importante tamaño, con manteles aterciopelados color oro, y finos candelabros con velas encendidas colgados en las alturas. De fondo se oía suave música tocada por los bardos.

 

Los invitados llegaron al salón y se sentaron para compartir el banquete que se podía visualizar en platones y platones de carne, frutas y las más diversas delicias exóticas del continente.

 

Los camareros, vestidos con trajes negros, y camisas blancas, caminaban la circunferencia del salón con bandejas en sus manos donde le convidaban cuernos de cerveza bien fría a todos los invitados.

 

En media hora, la sala estaba repleta de personas del círculo íntimo de Sigfred y de la reina Laura.

 

Antes de empezar a comer, Sigfred abandonó el trono y se dirigió a la concurrencia. “Estoy muy contento de estar aquí, con todos ustedes, queridos amigos”, inició.

 

“Pasaron diez años de la conquista y hemos establecido un régimen de trabajo, paz y armonía sin precedentes”, rememoró.

 

Los comensales aplaudían mientras probaban las exquisiteces. “Hemos construido una patria soberana y justa, sin lugar para los indecentes, con índices que nos posicionan como uno de los continentes más prósperos del mundo”, aumentó su voz.

 

“Sigfred, Sigfred, Sigfred”. Todos vitoreaban desde sus mesas.

 

“Todos los muertos que dejamos en el camino, muchos inocentes, lo admito, fueron mártires de nuestra causa, hacedores de nuestra libertad, sin ellos, créanme, no tendríamos uno de los territorios productivos más prominentes del planeta”.

 

“Viva el rey Sigfred, viva el soberano”.

 

“Vamos a seguir trabajando para que el continente sea el más poderoso del mundo porque sabemos que contamos con las herramientas: tenemos entusiasmo, una tierra joven y miles de caballeros dispuestos a dejar su vida en la batalla”, prosiguió.

 

Sigfred era amado, respetado y admirado por todos en el gran salón de la festividad. El rey se sentó en el trono real mientras la reina y el príncipe saludaban a los invitados en el salón.

 

Minutos más tarde, todos corrieron las mesas y despejaron la sala para bailar al compás de la música.

 

Familiares, amigos, y conocidos de las autoridades de la corona se congregaron en el salón para unirse en el divertido baile. Se sumaron los elfos, los minotauros, los centauros y los enanos del bosque alado. Todos hermanados por la felicidad común del pueblo.

 

De repente, los invitados hicieron un atronador silencio. Seco. Determinado. Sus rostros enmudecieron al observar a un extraño que entró por la puerta principal con el paso seguro y los ojos directo al suelo.

 

El desconocido tenía colocada una especie de larga bata marrón que le cubría todo el cuerpo, inclusive la cabeza. A los pocos minutos, los bardos dejaron de tocar y escaparon asustados del salón.

 

Todos dejaron pasar al extraño y por alguna razón desconocida le crearon una especie de sendero.

 

El intruso caminó en línea recta en dirección al trono del rey que lo miraba con rostro enmudecido.

 

Los caballeros de la Guardia Real salieron al cruce pero fueron intervenidos por el mismísimo rey. “Déjenlo, por favor, déjenlo pasar”, gritó Sigfred, y su orden fue obedecida. “No temáis, caballeros, y público presente”, agregó confiado el monarca. Fueron segundos de absoluta incertidumbre. De repente, el salón se vio envuelto en un completo silencio adornado por un colchón de murmullos.

 

El encapuchado llegó hasta el trono, levantó la cabeza y fijó sus ojos en la anatomía del rey que seguía sentado. Laura, la reina, y el príncipe Jofrey permanecían entre el tumulto de personas.

 

Sigfred miró al individuo y esbozó una cínica sonrisa. “Qué quieres”, le preguntó el monarca.

 

Sin decir una palabra, el desconocido se sacó la capucha de la cabeza ante la mirada, la sorpresa y la reacción de todos. “Ahhhh”. “Ooooooh”. “Nooooo”.

 

“Buenas noches, rey Sigfred, quizás usted me recuerde de tiempos pasados”.

 

Las palabras no eran de un hombre sino de una mujer. Y no de cualquier mujer. Sino de Beatriz de Cándido, esposa del hechicero de fuego, que volvió a la fortaleza para vengar la trágica muerte de su ser más amado.

 

Los caballeros, en un ruido sincronizado, sacaron sus espadas, y se dirigieron hacia la figura de la mujer. “No la toquen, ordeno que regresen a sus puestos y que no la toquen”, se enojó Sigfred.

 

Los guardianes de la seguridad retomaron a sus puestos mientras los comensales seguían con el incesante palabrerío por lo bajo. “Beatriz de Cándido, no lo puedo creer”, dijo una de las mujeres presentes. “Esto es inaudito, ¿no estaba viviendo, con su nueva familia, en el continente Albano?”, se preguntó otra. “Por todos los dioses, que arresten a esa figura encarnada del diablo”, pidió otro de los invitados a la fiesta.

 

Beatriz, con postura recta, y decidida, se quedó en silencio. Solo miró fijo al rey por varios segundos. Y el hombre le devolvió la mirada al secarse, con el revés de la mano derecha, la transpiración de su frente. “Hace tanto tiempo que no nos vemos”, dijo el monarca. “Uno de los espías de la tierra sagrada me dijo que vivías en Albano”, se sinceró el hombre.“Necesito que me digas los motivos de tu visita”.

 

“Su alteza, vine para comunicarle, de manera personal, que durante estos años entrené un ejército de miles de hombres, minotauros y elfos”, avisó la mujer.

 

Sigfred, con cierta sorpresa, se levantó del trono. “¿De qué estás hablando?”, fue directo.

 

Los caballeros se miraron entre si y se acercaron un poco. “Rey Sigfred, todos estos años me escondí en el otro continente, repleta de rencor y de odio por la injusta muerte de Amadeo de Cirilla”, dijo ella.

 

“No fue injusta, en lo absoluto, prohíbo que digas eso, a tu amado lo encontré con mi esposa, y el adulterio es penado, para ambas partes, con la muerte, señorita”, se justificó la autoridad del continente.

 

“Eso no es cierto, es una injuria, las brujas del continente me lo confirmaron en sus visiones, ustedes cometieron un injusto crimen y ahora lo van a tener que pagar con su propia sangre”, gritó la mujer.

 

Beatriz además le rememoró al rey que antes de una ejecución se debía iniciar el debido proceso, como rige en los pergaminos de la ley. “Ustedes lo mataron como a un perro y era inocente, ahora van a pagar, todos y cada uno, con la muerte más agónica y cruel”, amenazó la amada del hechicero de fuego.

 

“Silencio, por favor, silencio”, gritó Sigfred, a la cada vez más eufórica concurrencia.

 

“¿Un ejército vendrá a mi propia tierra y me matará como si nada?, se preguntó irónico. “Eso nunca se ha visto”. Beatriz fue contundente. “El ejército no vendrá, ya está aquí, en la puerta de su castillo, y a la espera de mi orden”. “Mis soldados solo aguardan una cosa rey Sigfred”.

 

“¿Qué cosa?”, preguntó el rey.

 

“Mi orden”, resumió ella.

 

Sigfred ordenó que la arrestaran. Dos caballeros tardaron pocos segundos en esposarla para llevarla a la celda de los días oscuros.

 

“Ustedes podrán encerrarme, podrán matarme, pero perecerán”, advirtió Beatriz.

 

En ese momento, a minutos de ser encarcelada en una celda, la mujer gritó a los cuatro vientos. “Ordeno que se levanten en armas, que luchen por la sangre”.

 

En ese instante, una parva de hombres, minotauros y elfos, todos con armaduras y espadas, pertenecientes al ejército de Beatriz de Cándido, entró al castillo a los gritos y comenzó a apuñalar a los invitados de la manera más bestial.

 

Un elfo se dirigió hacia el trono del rey y, antes que llegara su custodia, le clavó la espada en la aorta para darle una muerte inmediata. El rey quedó desplomado en el escenario de un salón retumbado por los gritos. Dos caballeros atraparon al elfo y le cortaron la cabeza.

 

Un musculoso minotauro tomó a la reina Laura y le cortó el cuello aunque luego un caballero lo atrapó y le ensartó una filosa espada en la columna a la criatura.

 

Un enano apuntó su arco y disparó una certera flecha contra la frente del pequeño Jofrey que cayó muerto en el momento, ante los desconsolados gritos de sus primos y parientes.

 

Tres caballeros de la Guardia Real corrieron hacia el enano y lo arrestaron para trasladarlo a la misma celda donde permanecía Beatriz de Cándido. No lo mataron. Nunca se supo bien porqué.

 

 

Apenas minutos más tarde, el salón de fiestas se convirtió en un campo de batalla medieval. Los caballeros de la Guardia Real emprendieron una lucha, cuerpo a cuerpo, con los soldados de Beatriz de Cándido. Todos contra todos. A golpe. A sangre. Y a espada.

 

Trompadas, patadas, decapitaciones, trozos de cuerpos mutilados que volaban por los aires, sangrientas torturas y una lucha sin precedentes atormentaba a los pocos comensales que permanecían vivos y que buscaban escapar.

 

Todo era golpes, corridas, gritos desaforados y euforia asesina.

 

Y todo terminó una hora después con 150 caballeros de la Guardia Real muertos en combate y otros 100 lesionados. Las pérdidas, del lado rival, del lado de Beatriz, fueron mucho menos significativas. “La ley indica que el vencedor en batalla se convierte en propietario de la tierra en disputa. Ahora, el trono, será ocupado por nuestra legítima reina, Beatriz de Cándido”, lo ratificó uno de los elfos al tomar el pergamino con sus manos.

 

Beatriz y el enano de su ejército fueron liberados y trasladados junto con sus compañeros al centro del salón que permanecía repleto de cadáveres y manchas de sangre. El ejército de Beatriz tomó prisionero a varios caballeros de la Guardia Real que lograron sobrevivir. La nueva reina les dijo que no los mataría sino que pronto serían parte de la nueva Guardia.

 

La carpa, que el ejército de la mujer del hechicero tenía en las inmediaciones, era pura alegría. Música, litros de cerveza y bailes desenfrenados caracterizaron una fiesta que coronó el definitivo destierro del rey Sigfred Segundo.

 

Comenzaba una nueva era en el continente.

 

La era dirigida por una valiente mujer que vengó la injusta muerte de su ser más amado.

 

* Periodista

 

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