El hechicero de fuego
Jueves 22 de febrero 2024

El hechicero de fuego

Redaccion Avances 12/11/2023 - 12.00.hs

En estas hojas, presentamos la primera parte de un cuento de fantasía épica del periodista pampeano Alexis Daurelio. En el transcurso de las semanas, entregaremos las siguientes escenas de esta historia.

 

Alexis Daurelio *

 

Caía el ocaso en la aldea de Sanaloa, al norte del continente Alado.

 

A la luz de las velas, Sigfred Segundo, máxima autoridad de la pequeña ciudad, terminó su abundante cena de pescados, frutas y vino.

 

Sigfred, caballero autoritario, señor de la nobleza, permanecía sentado en la mesa de la sala más sobresaliente de su castillo. Estaba más pensativo que nunca.

 

“¿El señor va a desear algo más?”, apareció Milfred, su elfo mayordomo.

 

“Estoy satisfecho, dígale al personal de cocina que estuvo magnífico”, contestó Sigfred que, apenas segundos después, pegó un grito aturdidor, propio de su carácter bipolar. “Aristófano, Aristófano”. Asustadizo, en cuestión de segundos, el joven minotauro, su fiel mano derecha, apareció en la sala.

 

“¿Dígame, mi lord?”.

 

“Decíme Aristófano, vos que vivís en la periferia de la aldea, ¿qué sabes de ese siervo hechicero tan renombrado en las tabernas?”, preguntó Sigfred.

 

“¿De Amadeo, señor?”.

 

“Necesito saber quién es”, dijo al tomar un sorbo de vino en su redondeada copa dorada.

 

“Su nombre es Amadeo de Cirilla, hijo del viento, señor”, informó el minotauro.

 

“La leyenda cuenta que sus padres murieron en la batalla del sol y que fue criado por guivernos”, acotó.

 

“¿Y por este motivo tiene su poder mágico?”, preguntó el señor de la nobleza.

 

“Poder que utilizó muy pocas veces señor ya que su esposa, Beatriz de Cándido, no se lo permite por moral”, aclaró Aristófano.

 

“¿De qué trata su hechizo?”, preguntó, al grano, Sigfred.

 

“Los amables parroquianos dicen que provoca una llovizna tóxica que mata todo ser vivo sobre la tierra”.

 

“¿Y sabés en que posición económica está, si tiene deudas con alguien, por ejemplo?”, preguntó el señor feudal.

 

“Si, mi lord, es un secreto a voces que Amadeo está en bancarrota desde hace un buen tiempo. Contrajo préstamos en la banca que aún no pudo devolver”.

 

“Entonces, es menester que lo ubiques y lo traigas para el castillo”.

 

Amadeo de Cirilla, de gentil trato y valor guerrero, trabajaba en la cosecha de algodón y apenas le alcanzaba para sostenerse junto a su amada esposa Beatriz. Vivían en una pequeña casa de adobe y no tenían hijos.

 

A raíz de la peste de los mil lamentos, perdió toda la cosecha del año en curso y debió acudir a la banca para sobrevivir.

 

Aquel sábado de cielo cristalino, Aristófano lo fue a buscar y lo convenció de hablar con Sigfred, a solas, y en privado, en el castillo.

 

Aristófano tocó la puerta de la sala de reuniones donde Sigfred terminaba un importante cónclave con los miembros del clérigo, los únicos que sabían leer en la aldea.

 

Minutos más tarde, Sigfred despidió a los nobles curas, cerró la puerta de entrada del castillo, y al regresar caminó en dirección hacia el nuevo invitado.

 

“Así que tu eres el famoso Amadeo de Cirilla, quiero decirte que mis empleados hablan mucho de ti”.

 

“Agradezco sus palabras mi señor, es un honor conocerlo”, lo besó en la mano derecha.

 

“No hagas eso, muchacho, no es necesario”, dijo la autoridad.

 

Luego, llamó con soberbios aplausos al minotauro y pidió despejar todo para establecer una reunión con el hechicero.

 

La conversación entre Sigfred y su invitado duró poco más de quince minutos a puertas cerradas y bajo un estricto hermetismo.

 

Al finalizar el encuentro, Amadeo se retiró del castillo con rostro serio y dubitativo.

 

“Aristófano, por favor, lleva al muchacho a su casa”, le pidió su patrón.

 

El minotauro trasladó de regreso, en su caballo, a Amadeo y lo saludó en la vieja lengua periférica.

 

“Lilo, caprini teste situ”, se despidió el minotauro.

 

“Lilo, caprini”, devolvió el saludo Amadeo, ansioso por ver a su mujer.

 

“Aristófano, hermano mio, invade nuestra mesa de los más caros alimentos y elixires para un gran banquete”, ordenó Sigfred, mientras abrazaba al minotauro recién llegado al castillo.

 

El señor de la nobleza, por primera vez, invadido de una desconocida euforia, sentó a casi todo el personal en su mesa. Estaba Milfred, Aristófano, los enanos esclavos de la tierra sagrada y las prostitutas de Sanaloa.

 

“Atención, atención, atención, mis amados empleados, hoy es un día muy especial para todos nosotros, haremos una gran fiesta, hasta que el sol resplandezca sobre el cielo azul de la aldea”, anunció Sigfred al incrementar su tono de voz. Todo su personal se unió en un aplauso mientras los cristalinos platos se movían sobre la mesa y los candelabros oscilaban como péndulos sincronizados.

 

Con la promesa de una paga importante, y terminar con sus deudas, Sigfred convenció a Amadeo de trabajar durante un mes para su corte.

 

El pedido al hechicero era sencillo.

 

Debía viajar hasta las aldeas de Lilipu, Calipi y Trone, las tres del norte del continente y desatar su hechizo para poder conquistar el poder de la región.

 

Sin consultarlo con su mujer, y agobiado por la falta de dinero, Amadeo de Cirilla aceptó.

 

Lilipu.

 

Tal como estaba previsto en el plan, Amadeo voló al día siguiente en su corcel blanco hacia su primer destino: la aldea de Lilipu, poblada por mil parroquianos.

 

Arribó pasadas las 5 de la tarde a la plaza central donde se arrodilló con los ojos cerrados.

 

“Lolo, elso, matumba, lolo, elso, matumba, por el poder de la cruz, al cielo de los infiernos te llamo”, gritó Amadeo en dirección al firmamento. Luego, sus brazos quedaron levantados en paralelo y sus manos dispararon una enorme bola de fuego que estalló entre las nubes. Una llovizna atravesó techos, paredes y arrasó con todo a su paso.

 

Lilipu, en solo una hora, quedó poblada de cadáveres dentro y fuera de sus viviendas. “Los enanos ya lo comprobaron mi estimado Amadeo, el ataque fue todo un éxito, hemos asesinado a todos los aldeanos, pronto iremos a saquear sus joyas, su oro y sus comidas”, festejó Sigfred, dándole un abrazo al hechicero y entregándole una bolsa con mil durones.

 

Decenas de guerreros plateados arribaron a Lilipu en sus caballos y la tomaron por asalto. Sigfred ya era su nueva autoridad feudal.

 

Calipi.

 

“Camila, la paloma mensajera, vino a contármelo todo, no hace falta que gastes en explicaciones Amadeo”, le dijo Beatriz, con lágrimas en su rostro adamantino.

 

“Mi querida amada Beatriz, cumplo con mi trabajo y, al terminar con las tres aldeas, ya podremos irnos a vivir una vida mejor al otro continente, te lo prometo”, trató de convencerla.

 

Beatriz no respondió y se fue a dormir a la luz de las velas que encandilaban su oscura morada de adobe.

 

Amadeo y Beatriz mantuvieron una lastimosa distancia durante los siguientes dos días cuando el hechicero viajó en su corcel a la aldea de Calipi, con características distintas a Lilipu, ya que tenía casi el doble de extensión geográfica y poblacional.

 

El hechicero de fuego arribó un domingo a la mañana donde toda la comunidad estaba en la catedral para celebrar la misa.

 

Mientras sonaba la campana de inicio de la celebración religiosa, Amadeo determinó ir a una calle lejana para evitar la culpa asesina. Se arrodilló y arremetió su hechizo.

 

“Lolo, elso, matumba, lolo, elso, matumba, por el poder de la cruz, al cielo de los infiernos te llamo”. De sus manos salió despedida una imponente bola de fuego hacia el cielo y en apenas diez segundos una leve llovizna intoxicó a todos los aldeanos que cayeron muertos como moscas sobre el resplandeciente piso recién encerado de la casa de Dios.

 

Amadeo cobró el doble de lo pautado y regresó a su hogar.

 

Al arribar a su fortaleza, observó una carta sobre la mesa. Era de Beatriz donde, en solo pocas líneas, le comunicó su partida para siempre de Sanaloa.

 

Amadeo rompió en un modesto pero sentido llanto, tiró la carta y pegó un grito ensordecedor.

 

“Ahhhhh”.

 

Trone.

 

Trone era la última aldea de la región a conquistar. Estaba habitada por unos 500 paganos amantes de la magia negra y la brujería.

 

Sigfred quería poblar sus tierras porque escondía valiosos diamantes entre sus minas.

 

Al arribar en su corcel, Amadeo caminó hasta el centro de la plaza donde toda la comunidad observaba la decapitación de un reo.

 

El hechicero se acercó a la plaza y evocó las palabras mágicas.

 

Los aldeanos celebraban con gritos, aplausos, cerveza y música de los bardos medievales cuando una leve llovizna cayó del cielo. Todos, hombres, mujeres, y niños, comenzaron a toser y a desplomarse entre los adoquines.

 

Amadeo regresó al castillo para cobrar su paga. Mientras volaba por los aires pensaba en recuperar a Beatriz y utilizar su dinero para mudarse al continente Albano y comenzar una nueva vida junto a su amada.

 

El hechicero pidió hablar con el señor feudal en el parque delantero del castillo. Sigfred aceptó.

 

“Señor Sigfred, le agradezco la paga, es realmente generosa, y lo amaré siempre porque terminé con todas mis deudas, pero determiné dedicarme solo a reconquistar a mi amada”, le dijo.

 

El noble lo observó inmutado y llamó a Aristófano.

 

“Deja de pensar en tu amada, que seguro estará con otro siervo infeliz como tu”, fue hiriente su jefe.

 

“Disculpemé señor, pienso que no fue apropiado en sus palabras, dejaré mis cosas en el castillo, mi trabajo aquí ya fue realizado”, contestó Amadeo de Cirilla.

 

“Tu no te irás a ninguna parte, parásito de la magia elemental, te necesito a mi lado porque ahora quiero conquistar las tres aldeas de la región sur, derrocar al rey en feroz batalla y ser el dueño del continente Alado”.

 

“Eso significará demasiada sangre derramada Sigfred, usted enloqueció”.

 

Amadeo rechazó la oferta de manera terminante.

 

“Ya no quiero seguir más con esta locura señor, le pido mis sinceras disculpas, pero necesito recuperar a mi familia, págueme, y me voy de aquí”.

 

El señor feudal comenzó a lanzar potentes carcajadas.

 

“Tu necesitas quedarte aquí, tu te quedarás aquí”.

 

Amadeo volteó y observó una columna de guerreros con plateadas armaduras, filosas espadas y a caballo.

 

El hechicero quiso correr pero fue inútil. Los guerreros lo atraparon y lo encerraron en una gran jaula de hierro.

 

“Tu, de aquí, no te irás jamás”, le dijo Sigfred al hechicero atado de pies y manos con gruesas cadenas de hierro oxidado.

 

El hechicero de fuego permaneció desvanecido, con lágrimas desesperadas, sobre el frío piso de la jaula que le quitó la libertad.

 

“Ayudaaaaa”.

 

“Ayudaaaa por favor”.

 

 

(Continuará)

 

* Periodista

 

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